[CE-Peru]Esclavos del Señor.

Bendeciré al Señor a todas horas; mis labios siempre lo alabarán. Yo me siento orgulloso del Señor. ¡Óiganlo y alégrense, hombres humildes! Alabemos juntos y a una voz la grandeza del nombre del Señor (Salmo 34,1 – 3).

 

Desde nuestra llegada a este mundo hasta la vida eterna a la que hemos sido destinados, todo procede de Dios como un inmenso regalo. Él nos hizo a su imagen para no morir, pero por el maligno entró la muerte al mundo. La vida de los que siguen a Dios está en sus manos, y Él los prueba como plata en el crisol (Salmo 66,10). Confiando en el Señor comprenderemos la verdad, permaneciendo fielmente a su lado con amor. Hemos sido elevados, sin mérito de nuestra parte, a la dignidad de hijos de Dios, pero por nosotros mismos no sólo somos siervos, sino siervos inútiles (Lucas 17,10), incapaces de llevar a cabo lo que nuestro Padre nos ha encargado si Él no nos ayuda. La gracia divina es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos para trabajar por Cristo. Nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia santificante para nada serviríamos. Somos lo que el pincel en manos del artista; si somos humildes, si somos conscientes de que somos siervos inútiles, nos sentiremos impulsados a pedir la gracia necesaria para cada obra que realicemos. A cada uno de nosotros Dios lo ha puesto en un lugar particular para que sirva a la construcción del Reino, como profesionales, otros como empleados, como padres de familia, como hijos, etc. En cada una de nuestras actividades estamos obligados por nuestro bautismo a construir el Reino, que de acuerdo con Pablo es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, y una vez que hayamos hecho crecer la justicia en nuestros lugares de trabajo o estudio, que hayamos sido un vehículo para fomentar la paz y la concordia en nuestras familias y vecindarios, y cuando hayamos sembrado la semilla de la alegría en todo nuestro alrededor, lo único que podremos decir es: No he hecho sino lo que era mi obligación hacer como discípulo de Cristo.

 

El servir a Dios nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión; es Él por el contrario quien da la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que le siguen y le sirven, beneficiándolos por el hecho de seguirle y servirle, sin recibir de ellos beneficio alguno. Cuando servimos a Dios y a los demás, no le estamos haciendo a Jesús ningún favor, nos lo estamos haciendo a nosotros mismos, porque servir es lo propio del ser espiritual; por eso Él no ha venido a ser servido sino a servir. Servir es una exigencia del amor a Dios; es un deber cristiano. ¿Por qué es mejor servir que ser servido, dar que recibir?  Porque al servir crece nuestra capacidad de amar y por tanto, nuestra capacidad de ser felices. Por el contrario, el que no piensa más que en sí mismo, se hace egoísta; y el egoísta es como un saco roto, insaciable y triste. Pero servir cuesta, como cuesta todo lo que vale la pena. Hemos de aprender a decir no a nuestros gustos, a nuestra comodidad, a nuestra soberbia.

Ningún hombre se escapa a algún tipo de servidumbre. Unos se postran delante del dinero; otros adoran el poder; otros, la relativa tranquilidad del escepticismo; otros descubren en la sensualidad su becerro de oro. Y lo mismo ocurre con las cosas nobles. Nos afanamos en un trabajo, en una empresa de proporciones más o menos grandes, en el cumplimiento de una labor científica, artística, literaria, espiritual. Si se pone empeño, si existe verdadera pasión, el que se entrega vive esclavo, se dedica gozosamente al servicio de la finalidad de su tarea. El Señor cuida de los hombres honrados y presta oído a sus clamores. El Señor está en contra de los malhechores, para borrar de la tierra su recuerdo (Salmo 34,15 – 16).

Nada hay mejor que saberse esclavos de Dios por amor, porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos. Y aquí se manifiesta la diferencia al afrontar las honestas ocupaciones del mundo con la misma pasión, con el mismo afán que los demás, pero con paz en el fondo del alma; con alegría y serenidad, sin depositar nuestra confianza en lo que pasa, sino en lo que permanece para siempre.

Pablo enseñó que Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito (Filipenses 2, 13). Esta acción divina es necesaria para querer y realizar obras buenas; pero ese querer y ese obrar son del hombre: la gracia no sustituye la tarea de la criatura, sino que la hace posible en el orden sobrenatural. Debemos pedir constantemente esa ayuda divina, de la que andamos tan radicalmente necesitados. El Señor no la niega nunca, cuando la pedimos con humildad y confianza. Nosotros pondremos todo nuestro empeño en lo que tenemos entre manos, como si todo dependiera de nosotros. A la vez recurriremos al Señor como si todo dependiera de Él. El Señor atiende al clamor del hombre honrado, y lo libra de todas sus angustias. El Señor está cerca para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza (Salmo 34,17 – 18).

¡Qué maravilla sentirnos cooperadores de Dios en la gran obra de la Redención! Para que el pincel sea un instrumento útil en manos del pintor ha de subordinar su propia cualidad al uso que de él quiera hacer el artista, y debe estar muy unido a la mano del maestro, pues si no hay unión, si no secunda fielmente el impulso que recibe, no hay arte. Nosotros que queremos serlo en manos del Señor, nos mantendremos muy unidos a Él y le pedimos continuamente su gracia.

 

¡¡¡Jesús, yo quiero servir, ser útil a los demás amando de verdad, día a día, servicio a servicio. Ayúdame a seguir tu ejemplo de entrega; ayúdame a seguir el ejemplo de tu Madre María que se hizo la esclava del Señor (Lucas 1,38). Ayúdame a seguir el ejemplo de tantos cristianos que han hecho de su vida una vida de servicio a los demás!!!
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Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre Dios te mire con amor y te conceda la paz. 
Juan Alberto Llaguno Betancourt
Lima – Perú
                               
 
 
 
 


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Sobre Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre de 2 hijos maravillosos, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su servicio con la palabra de Dios se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas. Es director ejecutivo y consultor de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

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