No soy digno que entres a mi casa.

  ¡Qué alegría cuando me dicen: Vamos al templo del Señor! Jerusalén, ya estamos dentro de tus puertas. Jerusalén, ciudad construida para que en ella se reúna la comunidad. A ella vienen las tribus del Señor para alabar su nombre, como se le ordenó a Israel. En ella están los tribunales de justicia, los tribunales de la casa real de David. Digan ustedes de corazón: Que haya paz en ti, Jerusalén; que vivan tranquilos los que te aman. Que haya paz en tus murallas; que haya seguridad en tus palacios. Y ahora, por mis hermanos y amigos diré: Que haya paz en ti. Por el templo del Señor nuestro Dios, procuraré tu bien (Salmo 122)
  
  Jesús vino a salvar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ni la mujer cananea ni el soldado romano eran parte del pueblo judío. Sin embargo Jesús se maravilló tanto en uno como en otro caso ante la insistencia de la fe de estos paganos. Qué extraño y maravilloso poder tiene la fe cuando procede del amor y de la humildad. Jesús aprovecha la circunstancia del encuentro con el centurión (Mateo 8,5 - 13) para advertir a los judíos su falta de fe. La carencia de ella en éstos, en contraste con la fe de aquellos que no pertenecían al pueblo de la Alianza, se hacía aún más evidente. A nosotros, cristianos, nos puede suceder algo parecido cuando no valoramos la riqueza espiritual y los medios de salvación que conservamos en la Iglesia, cuando sentimos que la rutina amenaza nuestra vida cristiana, o cuando permitimos que las angustias y los problemas de la vida vayan corroyendo la paz de nuestra alma.

Si la vivencia no es asidua, si no nos mueve a crecer, a pedir perdón y a levantarnos; si ya no tenemos tan claro en nuestra mente y corazón que hemos sido llamados personalmente por el Señor a la plena felicidad, entonces es quizás el momento de escuchar de nuevo las palabras que Cristo nos dirige. Y más aún, es hora de renovar nuestra conciencia y nuestra respuesta a Cristo. Nada de lo que digamos o hagamos es indiferente ante Él. La fe es capaz de mover montañas. El profeta Isaías dijo que en los últimos tiempos la luz de la montaña del Señor guiaría a muchos a puerto seguro, como lo hace la luz de un faro situado en un peñón (Isaías 2,2). La luz del Señor es su palabra, es la palabra-Cristo. Cristo, el más hermoso y luminoso de los montes.  Pero, ¿dónde puede la gente encontrar hoy esta montaña del Señor? ¿Dónde se ve la luz del Señor? Nosotros somos la montaña del Señor; nosotros somos su luz. Como cristianos estamos llenos de Cristo, la Luz del mundo. Jesús no habita solamente
para brindarnos luz y sanación en el corazón; desea llenarnos tanto de su amor que su presencia, la majestad del Altísimo, brille en nosotros como una luz y sirva de guía para que muchos otros se acerquen a él hasta el día de su regreso. Por nuestra manera de vivir, paz, generosidad, honestidad e integridad que demostremos, podemos señalarles el camino hacia Cristo. No nos cohibamos ni escondamos nuestra luz. Comprobemos que cada día la luz de Cristo brille en nosotros para mirar cómo otras personas ven esa luz y descubren la consolación y la esperanza del Señor en el mundo. Su palabra es paz, no más pueblo contra pueblo, ni pueblo sobre pueblo, sino pueblo con pueblo, en fraterna solidaridad. Que los pueblos abran sus fronteras, derriben sus barreras y pongan fin a la guerra, a la desconfianza y a la explotación. Que las armas nucleares se conviertan en centrales de energía luminosa; que las armas biológico-químicas se transformen en abonos; que las armas convencionales se
capitalicen para la lucha contra el hambre, la enfermedad y el subdesarrollo (Isaías 2,4). En los últimos tiempos, es decir ya.
  
  ¡¡¡Te alabo, Señor y Salvador mío, por alumbrarnos con tu luz. Te doy gracias por llamarme a tu reino y te pido que tu luz se proyecte desde mi vida para que otros puedan verte y confiar en Ti!!!
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  Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre Dios te mire con amor y te conceda la paz.
  Juan Alberto Llaguno Betancourt
  Lima - Perú - SurAmérica

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Sobre Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre de 2 hijos maravillosos, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su servicio con la palabra de Dios se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas. Es director ejecutivo y consultor de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

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