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Cielo nuevo y tierra nueva

Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. Lo pasado quedará olvidado, nadie se volverá a acordar de ello (Isaías 65,17).
  
  Esta profecía encontrará su cumplimiento al final de los tiempos (Apocalipsis 21,1). Haciendo referencia al poder infinito de Dios, el profeta trataba de comunicar a los israelitas desterrados que les esperaba algo totalmente nuevo creado por Dios; así como los hebreos cautivos en Egipto habían sido llevados a la tierra prometida, estos desterrados serían devueltos a una nueva tierra prometida, la nueva Jerusalén. Las imágenes usadas para describir la nueva ciudad representaban las maravillas que todos esperan alcanzar: vida prolongada, casas, cosechas abundantes, goce del producto del trabajo, bendición del Señor, paz y ausencia de dolores y sufrimientos. La nueva creación llevaría al pueblo de Dios a la plenitud de la vida verdadera.
  
  Señor, yo te alabo porque tú me libertaste, porque no has permitido que mis enemigos se burlen de mí (Salmo 30,1).
  
  El Señor quiere centrarnos para que lo descubramos como el único Dios, con quien entramos en una relación de amor y en un auténtico compromiso para dar testimonio de la Verdad, no sólo con nuestras palabras, sino con nuestra vida misma. Creer que su Palabra es viva y eficaz, amoldar nuestra vida a ella, a pesar de que no contemplemos aún los cielos nuevos y la tierra nueva, es iniciar el camino de la verdadera renovación en nosotros. Sólo así podremos, no por nosotros, sino por la presencia de Dios en nosotros, darle un nuevo rumbo a nuestro mundo. Si no creemos en la Palabra del Señor ni la vivimos, estamos indicando que esa Palabra ha quedado ahogada en nosotros porque los bienes pasajeros y las preocupaciones de cada día, han embotado nuestro espíritu.
  
  Señor, me salvaste de la muerte; me diste vida, me libraste de morir. Ustedes, fieles del Señor, cántenle himnos, alaben su santo nombre. Porque su enojo dura un momento, pero su buena voluntad, toda la vida. Si lloramos por la noche, por la mañana tendremos alegría (Salmo 30,3 - 5).
  
  Jesús ha llamado a la fe a los judíos, a los samaritanos y finalmente a los paganos. Dios quiere que todos los hombres se salven. Sin embargo lo único que se pide a todos es la fe en Jesús y la fidelidad a su Palabra. Quien lo acepte a Él, aceptará a quien lo envió; quien lo rechace a Él, rechazará a quien lo envió. Juan nos dice que en Él estaba la vida, a cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su Nombre, les dio capacidad para ser hijos de Dios. En esto culmina nuestra fe en Jesús. No llegamos a Él para que nos tienda la mano en los momentos difíciles (Juan 4,48), llegamos a Él porque queremos participar de su misma vida y en Él llegar a ser hijos de Dios. Entonces pasaremos de la muerte a la vida; entonces quedarán atrás nuestra enfermedades espirituales que nos impedían dar testimonio de Aquel que por nosotros murió y resucitó.

  Señor, óyeme y ten compasión de mí; Señor, ayúdame. Has cambiado en danzas mis lamentos; me has quitado el luto y me has vestido de fiesta. Por eso, Señor y Dios, no puedo quedarme en silencio: ¡te cantaré himnos de alabanza y siempre te daré gracias! (Salmo 30,10 - 12).
  
  No sólo queramos esa vida de Dios en nosotros, sino que oremos a Dios para que su vida llegue a todos, a pesar de que pareciera que la persona ya no tiene remedio y está a punto de morir y convertirse en una pesadilla para todos. Recordemos las palabras de Jesús: Para los hombres parece imposible, mas no para Dios; para Dios todo es posible. Tal vez vivamos instalados en nuestras cosas pasajeras. La voz del Señor y el clamor de los pobres ya no resuenan en nuestros corazones. El Señor nos pide que volvamos y reconstruyamos nuestras relaciones fraternas. La ciudad terrena que prepara la futura no la constituyen los edificios, ni las cosas que hay en ellos. Una ciudad ricamente construida y adornada, pero vacía de personas, no tiene sentido. Somos nosotros quienes constituimos los pueblos. A nosotros corresponde iniciar nuevamente el camino fraterno, que nos haga solidarios de los demás y signo de alegría y gozo para ellos.
  
  ¡¡¡Padre santo, te doy gracias por lo que me has querido dar mediante la creación del cielo y la nueva tierra. Permíteme saborear esta nueva creación ahora mismo, mientras ansío recibirla en su plenitud cuando Cristo, tu Hijo amado, venga de nuevo!!!
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  Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre Dios te mire con amor y te conceda la paz.

                     

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Acerca de Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre del hijo más sabio, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su trabajo con la palabra de Dios y con jóvenes se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas a millones de personas, siendo director ejecutivo de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

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