el mejor piropo

                     

El mejor Piropo 
El marco era inmejorable para el gran acontecimiento. Aquella soleada
y cálida mañana de otoño, en la pequeña aldea, presagiaba un
inolvidable evento.
En cualquier calle del poblado se podía respirar el ambiente a
fiesta. Todos los vecinos caminaban en una única dirección: la pista
de atletismo, ubicada a pocas cuadras del casco urbano.

El “Centro Deportivo”, como le llamaban orgullosamente los lugareños,
estaba rodeado por una verde “alfombra” de césped y daba muestras
inequívocas de ser celosamente cuidado.
El bullicio de los muchos concurrentes a la carrera de 400 metros
llanos, reservada para niños de hasta 14 años, expresaba el
entusiasmo que la prueba había logrado despertar en la rutinaria vida
de aquel pueblito casi perdido entre grandes cerros.

De pronto, los gritos se apagaron y el tenso silencio anunció la
inminencia de la partida.
Los puños crispados, el respirar contenido y la mirada clavada en el
horizonte de los jóvenes competidores, fue abruptamente interrumpido
por el disparo de largada.

Rápidamente, un chico flacuchento tomó la iniciativa y se alejó
varios metros del pelotón. Por la plasticidad de sus largos pasos y
el ritmo armonioso que imprimía a sus piernas, parecía ser el seguro
vencedor.
Luego de la sorpresa inicial, gritos de aliento comenzaron a surgir a
la vera de la pista: ¡Dale Jorge! ¡Vamos José! ¡No aflojes Juan! ¡No
te quedes Carlos!.

A medida que aumentaba el griterío, el niño de piernas largas y andar
seguro, que había “picado en punta”, fue cediendo en su ritmo y
resignó el primer lugar del pelotón. En pocos metros un nuevo
competidor lo superó y luego otro y otro…hasta quedar rezagado,
inexplicablemente, en los últimos lugares del grupo de atletas.

Al fin, un estallido de euforia quebró la histérica gritería y los
aplausos premiaron a los más rápidos corredores.

Mientras se entregaban los trofeos, en medio de vítores y cánticos,
un protagonista de la prueba estaba, curiosamente, fuera de escena.
Alejado de la fiesta y de espaldas al palco, aquel pálido
flacuchento, dueño de la partida, estaba sentado en la alfombra
verde, con la cabeza entre sus piernas y el pecho jadeante.

Una señora advirtió tremendo cuadro y se acercó:

– “¿Lloras porque has perdido?”

– “No, no señora, yo lloro porque a mí nadie me alentaba”.

El chiquito era huérfano.

De aquellos gritos de aliento, los numerosos nombres pronunciados,
ninguno iba dirigido al desgarbado de largos pasos.
Aunque partió primero y tenía evidentes condiciones para ganar, de
pronto, sintió que ya no tenía fuerzas para mantener su marcha.
El no necesitaba de un estratega o un maestro de atletismo, ni de un
preparador físico a el solo le faltaba reconocer su nombre en los
cientos de voces de la multitud entusiasta. Sin embargo, como una
cruel paradoja, en medio de tanto alboroto, de tan fenomenal
bullicio, a él le invadió un sepulcral silencio…en el alma.

El nombre propio que nos identifica, suena como el mejor piropo nos
rescata de entre la multitud y nos dice que somos alguien para
alguien. Actúa como un icono de identidad, un símbolo lingüístico y
una representación sonora de lo que somos. Demuestra además, aunque
parezca tan obvio, que existimos y formamos parte del contexto que
nos toca compartir.

Una de las más grandes torturas en los campos de concentración,
constituyó siempre el reemplazo del nombre propio por un número de
prisionero. Despojar del nombre significa resignar, en esas
circunstancias, un seguro de existencia, borrarle el título a una
historia y perder el referente exclusivo de identidad.

ALGUIEN PRONUNCIA TU NOMBRE

 Cuando nace un niño, se inicia, en ese mismo
instante, un proyecto de vida. Ese plan fundante lo acuna su madre
desde que mece al niño en sus brazos.

En uno de los libros de la Biblia, en Isaías 49, dice: ” Dios me
llamó desde el vientre, de las entrañas de mi madre, tuvo mi nombre
en memoria”.

Nadie tiene exclusividad con estas palabras ni existen privilegiados.
Cuando Dios dice esto está hablando de vos y de mi.
No logro imaginar a un Dios que pueda crear seres anónimos. El no
permite ver la luz a las personas como quien fabrica productos en
serie.
El no llama a las masas ni convoca a “simples esquirlas” de una
explosión demográfica él llama a individuos originales e irrepetibles
como vos. Dios no es fabricante él es artesano y cada obra suya es
expresión cabal y total de su arte.

Por eso, vos no sos el resultado de un proceso de producción
standarizado, sino la consecuencia de una inspiración el fruto del
placer de Dios en crear algo nuevo, original, irrepetible y especial.

Puede que, en medio del desaliento, en medio de ensordecedores
problemas, que te sobrepasan y te postergan, no escuchés la voz de tu
creador que te está llamando.

Creo, sinceramente, que a la vera de la pista de la vida, él te está
alentando, está EVOCANDO con amor incomprensible y tierna voz tu
nombre. En un desafío de fe, podés escuchar su aliento.

¿Elegiste ya tu norte, tu derrotero? ¿hacia donde corresí ¿Tenés
sueños y metas que cumplir?.

Entre tantas voces crueles de espectadores indiferentes que omiten tu
identidad, escuchá a tu Dios él te conoce bien.
No importa cuan escuálida y flacuchenta esté tu alma, oí su voz, con
él, la carrera recién empieza.

¡¡¡¡¡¡NO TE QUEDES EN LA LARGADA!!!!!!
Dios te dice en Isaias 43:1

«No temas, que yo te he redimido;

   te he llamado por tu *nombre; tú eres mí@.

 
 
                                                                   

    fondo X Yoly                                             
 

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Sobre Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre de 2 hijos maravillosos, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su servicio con la palabra de Dios se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas. Es director ejecutivo y consultor de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

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