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Discipulado Cristiano – Enseñar como Jesús enseñó

discipulado_al_maximoLa disciplina de observar a Jesús mientras enseñaba a individuos, a los Doce o a las multitudes nos proveerá de abundantes principios para aplicar en nuestros propios ministerios.    

«Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mateo 7.28–29 [BA]). El comentario del autor del primer evangelio revela cuán profundamente impactó a las multitudes la enseñanza de Cristo cuando predicó el Sermón del Monte. Y no solamente aquella multitud, sino que, a lo largo de los siglos, generación tras generación ha sentido el mismo impacto dramático de esta enseñanza que no pierde su vigencia, a pesar de que han transcurrido casi 2.000 años desde que fue predicada. No exageramos al afirmar que ¡Jesús es un maestro sin igual!

Todos aquellos que hemos recibido el llamado al ministerio de la enseñanza deberíamos considerar como un paso indispensable para el desarrollo de esta gracia la observación cuidadosa de los métodos y procedimientos que Jesús empleó para comunicar las verdades del Reino. Observar a Jesús mientras enseña es algo que nunca debe perder su atractivo para nosotros. En lo personal, el estudio de la vida de Jesús es una de las actividades que mayor rédito han aportado a mi vida. Cada vez que me acerco a su persona descubro una multitud de nuevos tesoros que continúan modificando la perspectiva que poseo acerca del proceso de formar a otros mediante la enseñanza.

Quisiera en este espacio, entonces, compartir algunos de los elementos más llamativos que he observado en el Maestro.

Utilizó su herramienta más poderosa

Una de las tentaciones más tenaces que enfrentamos en la enseñanza es la de enfocarnos en el contenido. Invertimos incontables horas en el estudio y la preparación del material que queremos enseñar en la materia, el curso, o el seminario que vamos a dictar. No quisiera desmerecer la preparación diligente a la que todo maestro debe someterse, pero a menudo no invertimos ni una décima parte de este esfuerzo en un elemento de mayor peso: la vida misma del maestro.

No me cabe duda de que una de las razones por las que Jesús impactó tan profundamente la vida de sus oyentes es la calidad de su propia vida. De hecho, no encontramos en los evangelios ni un solo caso en que él haya enseñado un principio del Reino sin que él mismo no lo haya vivido. Nunca enseñó solamente sobre la teoría de los temas que abordaba, sino que su enseñanza surgía de su propio compromiso absoluto con la verdad eterna. Por esto, la enseñanza de sus discípulos no era la transmisión de los «apuntes» que habían tomado durante los años que permanecieron junto a él. Más bien se dedicaron a hablar de las hechos que habían visto y oído, que habían contemplado y palpado con sus manos (1 Juan 1.1–3). Es decir, hablaron de la clase de persona que era el Maestro con el que habían convivido.

Cuando nuestra enseñanza es «de oídas», porque se basa solamente en el conocimiento de la teoría de los temas que compartimos con otros, enseñamos sin autoridad, porque nuestra vida contradice la eficacia de las verdades que pretendemos que otros incorporen a su propia vida. No podemos enseñar a otros a orar, evangelizar o servir, si nosotros no oramos, evangelizamos o servimos. Aunque nuestros estudiantes no accedan a nuestra vida personal, ellos claramente percibirán cuándo nuestra enseñanza está respaldada por la vida misma de su maestro. Ellos nos escuchan de una manera enteramente diferente cuando nuestros apuntes y nuestra vida comunican exactamente el mismo mensaje.

Estimuló el aprendizaje

Los evangelios registran una rica diversidad de situaciones en las que Jesús abrió el diálogo con otros por medio de una pregunta. Cuando quiso revelar su identidad a los Doce, por ejemplo, les preguntó primeramente acerca de lo que en el pueblo se comentaba sobre su persona. Luego que ellos le dieran las diferentes versiones que habían escuchado por la calle, él llevó la pregunta a un plano personal: «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16.15). De esta manera, obligó a los discípulos a reflexionar sobre el asunto, en lugar de proveerles directamente la respuesta.

El incidente ilustra un importante principio en la enseñanza: el buen maestro nunca comunica a sus estudiantes una verdad que ellos pueden descubrir por sí mismos. Mediante el uso hábil de preguntas logrará guiarlos a descubrir por sí mismos los principios que desea compartir con ellos. La razón de este proceder es sencilla: tendemos a olvidar rápidamente las enseñanzas que hemos recibido de otros, pero aquellas verdades que descubrimos nosotros quedan grabadas en nuestros corazones para siempre.

Proveyó enseñanzas claras y prácticas

Uno de los aspectos en los que se falla mucho al enseñar es el de permanecer en el marco de la teoría, sin propiciar que los principios universales que se enuncian invadan la realidad cotidiana de los estudiantes. Quedan atrapados en generalidades ya conocidas, pues el maestro no señala el camino que se debe recorrer para posibilitar la vivencia de esas verdades. Si la conclusión de una enseñanza sobre el amor, por ejemplo, es que todos debemos amar a nuestro prójimo, no habremos sido de mucha ayuda a las personas que nos escuchan. Lo más probable es que la mayoría de ellos ya estaban enterados de ese mandamiento. Lo que les sigue faltando es el cómo amar al prójimo.

En este sentido Jesús buscaba que sus enseñanzas fueran claras y prácticas. En una diversidad de situaciones echó mano de elementos de la vida cotidiana para explicar las verdades más complejas del Reino. Usó elementos con los que su audiencia estaba bien familiarizada —una moneda perdida, una perla extraordinaria, la semilla, una medida de levadura o el aceite para las lámparas. En las conversaciones que sostuvo con diferentes personas individualizó la verdad a la situación particular de cada una, de modo que no les quedaba duda acerca de lo que Dios esperaba de ellas.

El buen maestro debe conocer el contexto particular de sus estudiantes, las luchas, los desafíos, las aspiraciones y los temores que enfrentan en su vida, de modo que sus enseñanzas resulten relevantes a la realidad que cada cual vive en su propio mundo. Debe buscar la forma en que ellos puedan ver cómo la verdad afecta el desarrollo de sus vidas en el contexto particular en que se encuentran. Es en lo cotidiano que se produce la verdadera transformación y no en el marco del aula.

Respetó las etapas del desarrollo

Cuando Pedro confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios (Mateo 16), el Señor juzgó que estaban dadas las condiciones para compartir con ellos una revelación difícil de admitir. El evangelio señala claramente que es «a partir de este momento» que él comenzó a anunciar a sus discípulos que era necesario que sufriera muchos padecimientos a manos de los sacerdotes y los escribas, y que fuera entregado a muerte. Del mismo modo, poco antes de su muerte confesó a los Doce: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar» (Juan 16.12). Jesús sabía que existe un tiempo en que resulta particularmente apropiado comunicar ciertas verdades, y por eso manejaba con inteligencia los momentos en que entregaba la verdad a los suyos.

Uno de los puntos más débiles en nuestra enseñanza es que exponemos a nuestros estudiantes a verdades para las que ellos aún no están listos. Como ha observado alguien, los educadores nos abocamos a contestar preguntas que las personas no se están planteando, y por esto caemos en la irrelevancia. Hablarle a un grupo de jóvenes solteros acerca de los principios que deben guiar la crianza de los hijos nunca provocará el mismo impacto que pudiéramos lograr si los enseñáramos a padres que están comenzando a andar el camino de la paternidad. Por dar a destiempo la enseñanza derrochamos nuestros esfuerzos y desperdiciamos el tiempo de los que nos escuchan.

Entendió que el aprendizaje es un proceso

En muchas escenas de los evangelios observamos variantes de esta situación: «Entonces dejó a la multitud y entró en la casa. Y se le acercaron sus discípulos, diciendo: Explícanos la parábola de la cizaña del campo» (Mateo 13.36). Ellos no siempre lograban captar las verdades que él compartía en público y procuraban, en privado, que les proveyera explicaciones adicionales que despejaran sus dudas y preguntas. Jesús no dudó en ampliar para ellos la verdad o en añadir algún elemento adicional que no había compartido en público. La razón es sencilla: incorporar nuevas verdades a la vida no ocurre en un momento, sino que es el fruto de un proceso sostenido a lo largo de un período de tiempo.

Por esto, entonces, el maestro sabio nunca da por sentado que lo enseñado en público fue claramente comprendido por todos. Las personas filtran lo que enseñamos a través de las particularidades de su propia cultura y experiencia personal, por lo que le dan una interpretación a la verdad que no siempre es acertada o completa. Solamente por medio de diálogos posteriores se logrará que ellos obtengan una comprensión más acabada de la enseñanza. Las conversaciones personalizadas con el maestro son una ventaja, pues permiten adaptar la verdad a la situación particular de cada uno. La forma en que una persona comparte el evangelio con otra, por ejemplo, no será igual si se trata de un vecino del barrio que si está ante alguien a quien le acaban de diagnosticar un cáncer terminal. Solamente en ese diálogo posterior se logrará realizar los ajustes necesarios a los principios eternos para que sean aplicables en un contexto particular.

Proveyó el marco ideal para el crecimiento 

Cuando Jesús llamó a los Doce, el evangelista comenta que una de sus metas era que ellos «estuvieran» con él (Marcos 3.13–15). El relato posterior de la aventura que vivieron a la par de Jesús revela que él cultivó con ellos una profunda relación por la que alcanzaron comprobar, en una diversidad de situaciones, que estaba absolutamente comprometido con ellos. En ocasión de la última cena, Juan comenta que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin» (13.1). En el momento íntimo que compartió con ellos, después que les hubo lavado los pies, les aclaró: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre» (Juan 15.15).

La profundidad de esta relación proveyó el marco ideal para que pudiera enseñarles. Al saber del amor incondicional de su Maestro hacia cada uno de ellos, recibían las enseñanzas de otra manera. Aun cuando Cristo les hablaba con dureza, ellos no dudaban que él se había comprometido en caminar con ellos hasta el fin, y esto sostenía con firmeza el proceso de aprendizaje, aun en los momentos de duda o tribulación.

Un maestro nunca conseguirá impactar profundamente la vida de sus estudiantes si limita su relación con ellos a simplemente enseñarles. El esfuerzo que demanda aprender sus nombres, mezclarse con ellos, crear oportunidades para que hablen de sus vidas y experiencias, fortalece los vínculos afectivos que le darán un peso adicional a la enseñanza fundamental. Ellos deben percibir que nosotros estamos interesados en mucho más que simplemente «dictar» nuestra clase. Deben sentir que sus vidas son de gran valor para el maestro.

Aprovechó las oportunidades de la vida

Jesús era sumamente sabio a la hora de convertir las situaciones más diversas de la vida en oportunidades para enseñar. Cuando los discípulos se encontraron frente a un hombre ciego, por ejemplo, y preguntaron acerca del origen de su enfermedad, aprovechó la inquietud de ellos para hablarles sobre nuestra responsabilidad de realizar las obras que Dios ha preparado para nosotros (Juan 9.1–3). Cuando los discípulos le comunicaron que los fariseos se habían escandalizado por algunas de sus declaraciones, utilizó el comentario para hablar sobre el liderazgo a ciegas (Mateo 15.12). En un sentido, el currículo de sus enseñanzas lo iba determinando por las experiencias particulares en que se veían involucrados en el curso de cada día.

El buen maestro nunca se ata a sus apuntes ni se exige, a toda costa, cumplir con «el programa». Permanece atento a las inquietudes y preguntas de sus estudiantes y está dispuesto a detener sus actividades para aprovechar situaciones idóneas para enseñar algún principio del Reino. Aun cuando desarrolle sus clases exclusivamente en el ámbito del aula, las intervenciones de los alumnos y los espacios que va creando para que ellos compartan sus perspectivas pueden proveer oportunidades ideales para compartir principios de la vida eterna. Incluso, en ocasiones será sabio detener por completo alguna actividad planificada, porque una situación particular demanda otro enfoque enteramente diferente. Supongamos, por ejemplo, que uno de los estudiantes acaba de ser despedido de su trabajo. En lugar de simplemente avanzar con el programa, esta es una circunstancia ideal para que el maestro invite al resto del grupo a unirse en oración a favor de su compañero. Por otro lado, quizás también el momento sea propicio para hablar, con ternura, sobre los elementos que proveen de verdadera seguridad a quienes estamos en Cristo. El hecho es que debemos dejar espacio para que sea el Espíritu el que dirija nuestro ministerio de enseñanza, y no nosotros mismos.

Una fuente inagotable

Estos son apenas algunos de los principios de enseñanza en el ministerio de Cristo que han impactado mi propia vida. Aunque llevo treinta años leyendo los evangelios, sigo descubriendo en ellos nuevas formas de impactar la vida de mis estudiantes. Por esto, vuelvo al texto una y otra vez, intentando aprender de aquel que fue tan extraordinario Maestro durante su paso por la tierra. Del mismo modo, le animo a usted a que no se quede con mis propias observaciones. Acérquese a la persona de Jesús y obsérvelo mientras enseña a las multitudes, a los Doce o a los individuos que se cruzaban por su camino. Lo que descubre en su estilo de enseñanza podrá afectar dramáticamente la forma en que usted enseña a otros.

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Sobre Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre del hijo más sabio, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su trabajo con la palabra de Dios y con jóvenes se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas a millones de personas, siendo director ejecutivo de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

Un comentario

  1. excelente, las recomendaciones de obrar en la enseñanza a nuestros hermanos que se decidieron por su fe a entregarse a cristo…las bendiciones que el nos hace llegar nos dara mas sabiduria para poder llevar sus palabras a los que nos necesitan… aleluya …gloria a dios .. siempre estare con mi señor que cambio mi vida y el de mi familia que ya se encuentran en las sendas de nuestro dios… ETV. 

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