VII. UN TESTIMONIO PERSONAL [SUICIDIO EN LA BIBLIA]

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Aquella mañana mientras atendía a una junta de consejo con mis colegas, Elliott llamó para decirme que había perdido el transporte para el colegio. Eso fue a las 10:00 horas.

Elliott era un muchacho brillante – su C.I. era cercano al 170-. Había aprendido a leer antes de entrar a la escuela, sin que nadie lo ayudara. A los siete años de edad él leyó los siete volúmenes de las Crónicas de Narnia, y tuvo total comprensión de ésto. De hecho, leyó las Crónicas en tres días. Cuando yo le leía a mi hijo mayor, el seguido me miraba y me decía, dale la vuelta a la página Papá, porque yo ya leí eso.

Me puse en contacto con mi Alma Mater, Johns Hopkins, quien era notable por sus trabajos realizados con niños precoces, y por su recomendación tomó a Elliott para que realizara una serie de exámenes psicológicos y educativos. Los resultados me dejaron sorprendido y asustado. Tenía un hijo más listo de lo que yo fui.

El hecho me intimidó en un principio. Me sentí retado. Pero conforme transcurrió el tiempo, crecí disfrutando de tenerlo a él y viendo como aprendía más rápido que yo. Por ejemplo: escogió electrónica y se puso a reparar tanto aparato eléctrico descompuesto encontraba en la casa. Me encantaba observar como Elliott aprendía.

Pero no solo era brillante sino que también era muy sociable. Virtualmente casi cada persona que lo conocía a excepción de uno que otro maestro mediocre que no podía mantener su interés, le amaban. Era cálido, amistoso, extrovertido, la clase de muchacho que hacía amigos fácilmente en cualquier esfera.

Era importante la destreza que tenía porque Elliott se brinco el quinto, la mitad del sexto y toda la secundaria, lo cual lo convertía en el estudiante más joven de preparatoria, obteniendo tan solo notas de A en todos los niveles académicos. Socialmente él estuvo desubicado como por dos semanas. Luego comenzó a hacer amigos, unirse a clubes, desarrollar hobbies.

Uno de sus favoritos era escalar montañas. Pero no cualquier cosa sino un alto nivel de destreza en las técnicas para escalar. Verticalmente de cara a las escarpadas montañas de Colorado. Me mataba del miedo observarlo, pero a él le encantaba. El skie también era su pasión. En su tercer viaje a las zonas de skie de las montañas Rocallosas, él gritaba mientras bajaba las pendientes, pero amaba cada minuto de esto.

Como la mayoría de los niños precoces, él tenía un agudo sentido del humor que nos mantenía desternillados de la risa. Él amaba la vida y la gente y le encantaba aprender por él mismo.

Mi teoría consiste en que los inteligentes saltan una generación. Él era muy parecido a mi papá. Él también tenía un intelecto agudo, era una enciclopedia ambulante y su conocimiento abarcaba un amplio número de materias, tenía un cúmulo de experiencias y un seco sentido del humor. Como era de esperarse, él estaba muy cerca de su corazón. A mi padre le encantaba que él fuera a Annapolis donde le enseñó el canotaje y a navegar, explorar museos de arte, edificios históricos y conversar todo lo imaginable posible.

Esa mañana en febrero de 1986 cuando él me llamó se oía bien. Sus asignaturas nunca fueron un problema así es que le sugería que se tomara ese día de descanso. Tres horas más tarde estaba muerto.

Después del lunch ese mismo día sentado tras mi escritorio sonó el teléfono. Mi vecino se identificó y me dijo con voz de pánico que me fuera inmediatamente a mi casa y colgó.

Imaginando que algo andaba muy mal, telefoneé a casa. “Voluntario del Departamento de Bomberos, ¿en qué puedo servirle?”, una voz extraña contestó. Pero se rehusó a darme otro tipo de información a pesar de mis súplicas – “poliza”-, él dijo.

“¿¡Pero qué le pasa!?”, grité, “estoy a 45 minutos de mi casa”.

“Lo único que puedo decir es que hubo un deceso en su casa, le recomiendo que venga inmediatamente”.

“Algo terrible pasa en casa, me tengo que ir para allá”, le llamé a un compañero de trabajo y me fui directo a casa.

Un año antes compré una granja con bastante ayuda de mis padres en el Estado de Colorado. 35 millas a las afueras de los Springs de Colorado, donde yo trabajé. A través del paso de los años habíamos tenido muchos problemas y dolores y necesitábamos un descanso, un lugar donde pudiéramos sanar de nuestras heridas y un lugar donde nuestros hijos Elliott, Raquel y Josué pudieran crecer con aire puro y grandes valores. Esta era nuestra casa soñada. Una vieja granja construida en 1906, nuestro propio estanque, árboles cubriendo nuestros cerca de 10 hectáreas, y otras 30 hectáreas de ricos pastos para nuestros caballos, ovejas, cabras y pollos.

Pero nuevamente mi mundo se había ensombrecido, pero en esta ocasión más profunda y completamente que antes.

Al comenzar mi travesía de 45 minutos un sudor corría por todo mi cuerpo. Sabía que uno de mis familiares había muerto – mi esposa, uno de mis hijos, alguno-. Quizá sea una herida grave, pensé, pero la nube de pesar continuó presionándome e instintivamente me puse a orar.

Acepté a Jesucristo como Señor y Salvador en 1967, y me decidí a seguirle fervientemente. En mi interior yo me sentía enamorado de Cristo, Él era entonces a pesar de todos mis dolores de corazón y aún sigue siendo así hoy, todo en mi vida.

Mientras estuve en la preparatoria y la universidad, me convertí en un profundo activista dentro de la política y con una marcada preocupación por el racismo y la guerra de Viet Nam. Crecí en Baltimore , la cual en 1950 estaba dividida con mucho de intolerancia y prejuicios. Cuando era niño todos mis amigos eran partidarios de la filosofía de los blancos, pero yo era como un pez fuera del agua con ellos. mis dos padres estaban en el área de ciencias – mi papá era profesor de Biología y Oceanografía y más tarde director del Instituto de Bahía Chesapeac de la Universidad The Johns Hopkins y mi madre estaba como investigadora técnica en la escuela de __________________ haciendo investigaciones en Anatomía y Farmacología.

No solo eran inteligentes sino que también me amaban sin condiciones, me forjaron valores de piedad, me enseñaron a orar y que el racismo era fundamentalmente equivocado. Mis papas no eran del todo liberales, se preocupaban profundamente por la gente sin importar el color de su piel. Mis padres en esencia eran muy patrióticos. Ellos eran sinceramente creían que todas las personas tenían igualdad de derechos a los que todos podían aspirar. En consecuencia ellos despreciaban el racismo.

Manejando hacia mi casa el 11 de febrero de 1986, rodeado por sentimientos de profundo temor, yo oré.

Quizá por el hecho de mis estudios en justicia social, nunca se me ocurrió culpar a Dios por las consecuencias de nuestro pecado y rebelión. El mal existe en el mundo seguramente, pero Dios no es culpable de eso. Todo el mal proviene de Satanás que es el dios de éste mundo debido a nuestro pecado y rebelión.

Calladamente oré por 45 minutos por fortaleza y para poder soportar el dolor para cualquiera situación que se encontrara en casa, y para tener el valor de sujetarme fuertemente a Jesús fuente de toda esperanza.

Pude ver las luces de emergencia cuando estaba a una milla de distancia de la granja. Paralizado caminé por el corredor que llega hasta mi hogar, y vi la tristísima cara de uno de los bomberos que estaba parado a un lado. El era nuestro vecino, todos los voluntarios eran nuestros vecinos. De alguna manera me alentó que mi corredor estuviera lleno de amigos y no de gente desconocida.

Al tiempo de bajar del automóvil, uno de ellos me dirigió suavemente hasta la ambulancia que estaba a un lado del camino con las luces parpadeando. Dentro estaba mi esposa, Kathy, sentada sobre la camilla, otro de los bomberos y un amigo nuestro, sentado junto a ella sosteniendo la máscara de oxígeno sobre su boca y nariz. Gene un amable compañero en sus 50´s pero que más bien parecía tener 70 por muchos años de trabajo duro manejando un garaje local.

Con el oxígeno suspendido a un paso de distancia, Kathy, pálida y blanca, dijo temblando:

“Es Elliott. Está muerto”.

Mi corazón se hundió. Olas de profunda y terrible pena me inundaron. Mi primer pensamiento fue salir de la ambulancia, sentía claustrofobia como atrapado.

“Tengo que salir de aquí”, dije mientras salía de la ambulancia empujando al otro bombero al camino. Estaba consciente de que ellos estaban observando mi más mínimo movimiento en caso de que tuviera un colapso o necesitara ayuda médica. Todos ellos eran paramédicos así como bomberos entrenados.

Fuera de la ambulancia sobre el camino abracé a mi esposa fuertemente y le repetía al oído “El Señor da, el Señor quita, bendito sea el nombre del Señor”. Esto fue lo que salió espontáneamente de mi corazón.

“¿Qué sucedió?” Me lo repetía varias veces sin encontrar respuesta.

Gene finalmente replicó con su siempre gentil y amorosa voz llena con profunda compasión que solo puede provenir de alguien que ha sufrido mucho.

“Encontramos una nota”.

“¿Suicidio? ¿Elliott cometió suicidio?” Pregunte incrédulo. Podía creer que estuviera muerto, pero jamás en mi vida imaginé que sería porque él mismo se quitaría la vida. Somos una familia cristiana, amamos y respetamos la vida, todo lo que se refiere a la vida, “pro-vida” en todo el sentido de la palabra.

Kathy asintió con la cabeza.

“¿Cómo? ¿Qué hizo?”, pregunté varias veces. Las respuestas venían lentamente a mi parecer, o quizá porque la vida se va como en cámara lenta.

“Se disparó con un rifle” fue la final réplica de Kathy.

Fue como me percaté del transporte de la escuela.

“Le pedimos al chofer que dejara los otros niños con los Conry” alguien dijo.

Lloyd y Barbara Conry eran nuestros más allegados vecinos, cerca de un cuarto de milla arriba. Nosotros compramos nuestra granja por ellos. Ellos pagaron la hipoteca por nosotros y nos hicimos cada vez más cercanos a ellos. Ellos eran la clase de provincianos bonachones de los cuales se lee. Cualquiera de ellos haría hasta lo imposible por ayudar. De hecho, siempre están buscando la forma de ayudar, y nos lo mostraban regularmente arreglando cosas, plantando plantas o cualquier cosa que se necesitara.

“Les tengo que decir a Raquel y a Josué”, dije determinantemente. “No quiero que ellos pasen por la agonía que yo pasé esta mañana”.

El hijo de Gene nos llevó hasta la casa de los Conry.

“Sé como se sienten”, él dijo, “perdimos a nuestro pequeñito hace un par de años. Sólo tenía tres años. Fue realmente muy doloroso”.

Sentí una ráfaga de compasión por él. Quería abrazarme a mi hermano y llorar con él, pero mis emociones permanecían encerradas dentro de mí.

Raquel y Josué estaban en la sala mirándonos ansiosamente a través de la ventana. Mi güerita Raquel de once años y mi pequeño de ocho años estaban abrazados fuertemente.

Caminé hacia ellos, los abracé poniéndoles mis brazos alrededor fuertemente, y dije:

“Chicos, es Elliott. Está muerto. Dios está con nosotros. Jesús jamás nos dejará. Debemos sujetarnos de Él y entre nosotros. Él nos hará que salgamos adelante. Lo necesitamos a Él y a nosotros mismos más que nunca”.

Los dos estaban sollozando incontrolablemente.

“¿Qué pasó?”, Raquel sollozó.

“Se mató con un rifle” dije.

“¿Él se mató? ¿Elliott se mató? ¿Por qué, oh por qué tuvo que hacer eso?” ella preguntó.

“No lo sé” contesté, “pero lo que si sé es que Jesús está aquí, y que Él nos ama, y que nos ayudará, es todo lo que sé”.

Para ese momento los brazos de Kathy estaban alrededor de todos nosotros. Los cuatro estallamos en llanto de una profunda pena por una herida que nos envolvía a los cuatro.

La terrible agonía de la pérdida que nos sobrecogió, pero que afligía nuestros corazones en una tristeza permanente, es una emoción que no tiene descripción. Aún años más tarde después de la tristeza de sentirnos paralizados, del llanto y de que los miedos se fueron, todavía permanece una herida que nos aflige, un dolor interno, un pequeño espacio que sigue sangrando dentro del corazón y que nunca cambiará.

Y, si la verdad se hubiera conocido, no quisiéramos que cambiara. La tristeza permanente, la enternecedora pena interna que ya no es tan dolorosa al recordarla. Nos recuerda de la vida, en nuestro caso, la vida de nuestro hijo y hermano, que nos tocó muy profundamente; nos recuerda del amor que tuvimos para él para siempre. Perder esa sensibilidad de pena, sería como perder amor. Es decir, que en esencia profunda y fundamentalmente nunca cambiaron nuestras vidas por el hecho de haber conocido a Elliott. Es algo más que el que viva en nuestra memoria, es el contacto con él que nos bendijo, cambió, enriqueció, que nos hizo más humanos, más alertas a la vida y el amor. La tristeza interna que aún sigue sangrando, pero no es tan dolorosa como fue en la agonía de un principio. Ahora es como una dulce pena que emana de nuestras fibras más sensibles, de las grandes misericordias de Dios.

Cuando Elliott se quitó la vida, estaba vestido como si fuera a ir a un largo viaje – chaqueta de cuero, mascada alrededor del cuello, lentes obscuros puestos -. Y que había salido afuera a recoger a su gato, quien se encontraba exclusivamente afuera. Él dejó una nota en la que decía que no estaba deprimido, “simplemente quería tratar una nueva vida”.

Nadie esperaba la muerte de él, nadie se imagino que se acercaba. Él tenía una novia con la que se llevaba muy bien, tenía dos muy buenos amigos quienes se vieron impactados, otros amigos casuales, y maestros que se preocupaban por él, estaba en el equipo de lucha libre, sus notas en la escuela eran casi perfectas, él había planeado ser ingeniero médico. Su suicidio vino sin aviso, lejos de alguna tristeza.

El funeral fue una horrorosa experiencia. El amplio auditorio de la histórica Iglesia Bautista en el centro de Colorado Springs estaba lleno con compañeros de las dos preparatorias a las que él asistía, todo su grupo del curso al cual estaba atendiendo recientemente, amigos, parientes y personas de la iglesia que formalmente yo pastoreaba, y otras muchas personas que yo desconocía. La asistencia en total fue de 600 personas.

El funeral fue muy largo, algunas veces parecía un show ostentoso, resaltado por predicadores invitados, de los cuales ninguno de ellos había conocido a Elliott íntimamente.

A un lado de la sepultura, luego que el pastor oró, de mi corazón le compartí a la gente lo siguiente:

“Uno de mis queridísimos amigos una vez me dijo que cuando nos enfrentábamos con algo de lo cual desconocemos, debemos respaldarnos en lo que si conocemos y entendemos”. (El pastor Chuck Smith me lo dijo).

“No entiendo porqué murió Elliott. No sé porqué le hizo eso a su familia y amigos que nos ha causado tanto dolor. Pero si hay mucho de lo que si conozco”.

“Pero, cuando me estoy enfrentando con lo que no entiendo, tengo que aprender a recargarme en lo que sí entiendo. Sé algunas cosas el día de hoy en medio de esta confusión, pena y dolor. Se que Dios nos ama, se que su amor es gratuito a través de su Hijo Jesucristo, se que nuestra salvación descansa en el trabajo terminado de Jesucristo en la cruz, se que Jesucristo murió en la cruz para perdón de nuestros pecados, pagó la pena que nosotros merecíamos, y que Él vive, se que el perdona a todo aquel que llama en su nombre y cree en Él, se que su amor es sin condiciones, es eterno y es hoy, yo puedo y debo descansar en ese amor. No sé lo que sucedió aquí, pero sé que Jesucristo es Señor de mi vida, que lo seguiré todos los días de mi vida, y que su amor es para siempre. Yo quiero que ustedes experimenten ese amor”.

La multitud alrededor de nosotros estaba empujando y empecé a sentir nuevamente claustrofobia, así es que les pedí a Joe y Neva (amigos que se encargaron de los arreglos del funeral) que terminaran lo más pronto posible para podernos ir.

Ellos iban manejando – uno manejaba la limosina en la que íbamos y el otro la carroza con los restos de Elliott-. Fue sepultado en un precioso cementerio por el cual se apreciaba Pikes Peak – lugar que más tarde yo amaría-.

Lugar que visitaría los siguientes cinco años para ver la tumba de mi hijo seguido. Se convirtió en mi lugar favorito. Raquel y Josué se sentían incómodos ahí – a todos nos dolía, pero individualmente, pero a nuestra manera, así es que ese era un lugar especial y muy privado-.

Kathy me ayudó a plantar flores ahí, y yo le puse otros floreros que mantenía siempre llenos con flores de plástico todo el año. En Navidad cubría la tumba con una capa de pasto verde, arrancaba la mala hierba, y lloraba en quieta agonía. Nadie ha amado nunca a un hijo como yo he amado a Elliott.

En frente de la tumba decía:

ELLIOTT LOWELL

TAYLOR

1971 – 1986

“HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA”

JUAN 10:10A

En el reverso se leía:

TAYLOR

“BENDITO SEA CUYA TRANSGRESIÓN ES PERDONADA Y

SU PECADO ES CUBIERTO”

SALMO 32:1

Mucho de mi tiempo en la tumba era tiempo de oración. Oraciones de agonía porque extrañaba a mi muchacho profundamente, más tarde, oraciones de acción de gracias por habérmelo permitido todos esos años y muchas veces oraciones preguntando por qué. ¿Por qué sucedió? ¿Qué fue lo que estuvo mal? ¿A quién se debe culpar?.

Elliott recibió a Cristo como su salvador personal a la edad de diez años. Iba a la iglesia regularmente y era nacido de nuevo. Estaba también profundamente confundido con algunas cosas e influenciado por el enemigo como para destruirse a sí mismo, pero hoy se encuentra en el cielo en donde no hay sombra ni duda.

Y mi pecado, el cual influenció a mi hijo a tomar su vida, o por lo menos contribuyó, ha sido confesado y olvidado, y desde luego perdonado por medio de la sangre de Jesucristo, y se ha ido para siempre, nunca más recordado por Dios.

Al paso de los años, personalmente he experimentado cada emoción en este pequeño librillo. Sé de primera mano que la pena, el dolor, la culpa, el miedo, la tristeza, la ansiedad y el sufrimiento que se siente por la pérdida de un pequeño que se suicidó. Elliott se había profundamente envuelto en el vídeo juego de Dungeons and Dragons y regularmente escuchaba música secular. Estaba demasiado ignorante para darme cuenta que esto lo estaba llevando, hasta que fue demasiado tarde. Sé de la tristeza por la pérdida, pero también sé del consuelo que proporciona el Espíritu Santo. Sé del perdón de Dios. Sé perfectamente que Dios puede tomar una vida rota y destruida dentro de su belleza y gracia. Fuera de las cenizas Él restaura, fuera de la vida, Él da vida.

Nuestra sociedad esta plagada de la escoria del pecado, y nunca comparados con el horror del suicidio que parece incrementarse día con día. Como creyentes en Cristo Jesús tenemos la respuesta: La respuesta es una relación con el Dios vivo Jesucristo, quien nos ama y puede perdonarnos, restaurarnos, consolarnos y sanarnos. Cuando Él regrese, nos encontrará trayendo su amor que sana a otras personas.

Cualquier muerte, pero especialmente el suicidio, pero particularmente a los familiares les deja sentimientos de culpa. De alguna manera nosotros fallamos como padres. De alguna manera no me di cuenta de los síntomas, fallé en no darme cuanta de las llamadas de atención. Algo debió haber ido mal. Yo tenía un PH.D. en consejo, había sido pastor por años, fui el capellán de un hospital, estaba de tiempo completo como pastor consejero con familias problema. Aconsejaba también en un hospital psiquiátrico y a distintos departamentos de servicio social. Se supone que debía conocer las respuestas. se supone que ésto no me podía suceder a mí.

Pero no tenía respuestas, y ésto me sucedió a mí.

Hay muchos aspectos del dolor y uno de ellos es la confusión. Por muchos años me sentí confundido, incapaz de armar el rompecabezas de ¿por qué me pasó?. Y gradualmente, desde luego, en su tiempo, ya que estaba capacitado para recibir y entender, Dios me fue mostrando todo lo que necesitaba saber. No es el panorama completo pero si lo suficientemente completo.

Un número de factores contribuyeron a la muerte de Elliott, pero el factor más importante fue mi propio pecado. En un sentido real, yo lo maté, mi pecado enterró a mi muchacho.

Remarcablemente puedo decir libre de culpa que Jesucristo murió en la cruz aún por ese pecado, y que estoy perdonado. Que Él ha restaurado y renovado mi espíritu y corazón. Y debería mencionar para otros afligidos por la muerte de un ser querido que pudiera estar leyendo esto, que mi caso es inusual y único. En mis dos años de estar como consejero pastoral que nunca conocí a otra persona cuyo pecado haya sido legítimamente la causa de un ser querido. La culpabilidad psicológicamente es destructiva y un verdadero entendimiento de la crucifixión es la única solución a esto.

Además yo sé donde está Elliott. Jesús murió por sus pecados también, incluyendo el pecado de suicidio. Nuestra salvación no descansa en nuestras obras sino en su gracia. La gente dice que Dios no puede perdonar el suicidio, porque la persona no tiene tiempo de arrepentirse. Todos los nacidos de nuevo, cristianos, se arrepienten en palabra, pensamientos y obras de todos los pecados que cometen antes de morir?. Nuestra salvación no depende de nuestra habilidad de arrepentirse, pero solamente en la habilidad de Dios para perdonar a todos aquellos que vienen a Él a través de Cristo.

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Sobre Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre de 2 hijos maravillosos, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su servicio con la palabra de Dios se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas. Es director ejecutivo y consultor de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

2 comentarios

  1. leyendo su testimonio senti que era yo,mi hijo se suicido por lo mismo .

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