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Matrimonios Cristianos – Consejos que salvan matrimonios

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Matrimonios Cristianos – Consejos que salvan matrimonios

El amor es lo que importa

La decisión de amar a su cónyuge tiene un enorme potencial. Aprender su lenguaje principal de amor hace que ese potencial se vuelva una realidad.

El amor no es solamente una necesidad emocional. Los sicólogos han observado que entre nuestras necesidades básicas está la necesidad de seguridad, de valor personal y de significado. El amor, sin embargo, se interrelaciona con todas ellas.

Si me siento amado por mi cónyuge puedo descansar sabiendo que mi compañero o compañera no me hará ningún daño. Me siento seguro en su presencia. Puedo tener muchas incertidumbres en mi carrera y hasta tener enemigos en otras áreas de mi vida, pero con mi cónyuge me siento seguro.

Mi valor personal aumenta por el hecho de que mi cónyuge me ama. Después de todo, si me ama debo ser digno de amor. A lo mejor mis padres me han dado mensajes negativos o no muy claros en cuanto a mi valor personal, pero mi cónyuge me conoce como un adulto y así me ama. Su amor edifica mi autoestima.

El sabernos amados por el cónyuge mejora nuestro sentido de importancia. Pensamos: “Si alguien me ama, debo ser importante”.

Soy importante porque estoy en la cúspide del orden creado. Tengo la capacidad de pensar en términos abstractos, comunicar mis pensamientos por medio de palabras y tomar decisiones.

Soy importante, la vida tiene sentido. Hay un propósito más alto. Quiero creerlo. Pero no me siento importante hasta que alguien no me expresa amor. Cuando mi cónyuge invierte tiempo, energía y esfuerzo en mí, creo que soy importante.

Sin amor, puedo pasar toda la vida buscando significado, valor personal y seguridad. Cuando experimento amor, esto impacta positivamente en todas esas necesidades.

Soy libre para desarrollar mi potencial. Estoy más seguro de mi valor personal y puedo dirigir mis esfuerzos hacia fuera, en vez de estar obsesionado con mis propias necesidades. El verdadero amor siempre libera.
El amor no es la respuesta para todo, pero crea un clima de seguridad en el que podemos encontrar las respuestas para las cosas que nos inquietan. En la seguridad del amor una pareja puede tratar las diferencias sin acusarse.

Allí se resuelven los conflictos, y dos personas diferentes pueden aprender a vivir juntos en armonía. En ese ámbito descubrimos cómo encontrar lo mejor en el otro. Ese el premio del amor.

La decisión de amar a su cónyuge tiene un enorme potencial. Aprender su lenguaje principal de amor hace que ese potencial se vuelva una realidad. El amor hace que “el mundo gire alrededor”. Al menos eso fue lo sucedió con Leticia y José.

Habían viajado tres horas para llegar a mi oficina. Se notaba que José no quería estar allí. Leticia lo había obligado, lo había amenazado con dejarlo –no sugiero este método, pero las personas no siempre conocen mis sugerencias antes de venir a verme–. Tenían treinta y cinco años de casados y nunca habían estado en consejería.

Leticia comenzó la conversación:

–El problema es que no siento ningún amor de parte de mi esposo. Para nosotros, la vida es una rutina. Nos levantamos en la mañana y vamos a trabajar. En la tarde él hace lo suyo y yo hago lo mío.
Generalmente comemos juntos, pero no hablamos. Él mira la televisión mientras comemos, luego se duerme frente al televisor hasta cuando le digo que es hora de acostarse. Esta es nuestra rutina cinco días a la semana. El sábado juega golf por la mañana, trabaja en el jardín por la tarde y vamos a cenar juntos con otra pareja en la noche. Conversa con ellos, pero cuando entramos al auto para volver a casa, la conversación cesa. Una vez en casa se duerme frente al televisor hasta que nos vamos a la cama.
El domingo por la mañana vamos a la iglesia. Siempre vamos a la iglesia los domingos por la mañana, doctor Chapman –recalcó–. Luego vamos a almorzar con algunos amigos.

Cuando llegamos a casa, se duerme frente al televisor toda la tarde del domingo. Por lo general, volvemos a la iglesia el domingo por la noche, luego regresamos a casa, comemos palomitas de maíz y nos vamos a acostar.
Esa es nuestra rutina todas las semanas. Eso es todo. Somos como dos compañeros de cuarto viviendo en la misma casa. No tenemos nada entre los dos. No siento ningún amor de parte suya. No hay cariño, no hay emoción, todo es vacío, todo es muerto. No creo que pueda soportar esto por mucho tiempo más.
Leticia lloraba. Le pasé un pañuelo de papel y miré a José. Su primer comentario fue:

–No la entiendo.
Después de una breve pausa continuó:
–He hecho todo lo que puedo para demostrarle que la amo, especialmente en estos últimos dos o tres años, desde que se ha quejado tanto. Parece que de nada sirve. No importa lo que haga, ella sigue quejándose de no sentirse amada. No sé qué más hacer.

Podría decir que José estaba frustrado y enojado. Le pregunté:
–¿Qué ha hecho para mostrar su amor a Leticia?
–Bueno, una cosa –dijo–, llego a casa del trabajo antes que ella, así que comienzo a preparar la cena todas las noches. En realidad, quiero que sepa la verdad, tengo la cena casi lista cuando ella llega a casa cuatro noches a la semana.

La otra noche comemos fuera. Después de la comida, lavo los platos tres noches a la semana. La otra noche tengo una reunión, pero tres noches lavo los platos después de la comida.

Paso la aspiradora a toda la casa porque a ella le duele la espalda. Hago todo el trabajo del jardín porque ella es alérgica al polen. Doblo la ropa cuando sale de la lavadora…

Continuó contándome otras cosas que hacía por Leticia. Cuando terminó me pregunté:
–¿Qué hace esta mujer? No había casi nada para que ella hiciera.

José continuó:
–Hago todas esas cosas para demostrarle que la amo; aun cuando ella se siente allí y le diga todas esas cosas que ha dicho estos últimos dos o tres años: que no se siente amada, etcétera. No sé qué más puedo hacer por ella.
Cuando miré a Leticia, me dijo:
–Doctor Chapman, todo eso está bien, pero quiero que él se siente en el sofá conmigo y me diga algo. Nunca hablamos. No hemos hablado en treinta años.
Siempre está lavando los platos, cortando el césped, limpiando. Siempre está haciendo algo.
Quiero que se siente en el sofá y me dedique algún tiempo, me mire y hable de nosotros, de nuestras vidas.

Estaba llorando otra vez. Era obvio que su lenguaje principal de amor era “Tiempo de calidad”. Lloraba porque necesitaba atención. Quería ser tratada como una persona, no como un objeto. Las ocupaciones de José no le permitían ver esa necesidad. Al conversar más adelante con José, descubrí que él tampoco se sentía amado, pero no hablaba de eso. Él razonaba:
–Si uno ha estado casado treinta y cinco años y se pagan todas las cuentas y no se discute, ¿qué más puede hacerse?
Eso es lo que pensaba. Pero cuando le pregunté:
–¿Cómo sería una esposa ideal para usted? Si pudiera tener una esposa perfecta, ¿cómo debería ser ella?
Me miró a los ojos por primera vez y preguntó:
–¿Quiere que le diga toda la verdad?
–Sí –le contesté.
Se sentó en el sofá y cruzó sus brazos. Apareció una gran sonrisa en su cara y dijo:
–He soñado con eso. Una esposa perfecta para mí sería una que llegara a casa por las tardes y me preparara la cena. Yo estaría trabajando en el jardín y ella me llamaría para comer. Después de la comida, ella lavaría los platos.
Probablemente le ayudaría algo, pero ella tendría la responsabilidad. Me cosería los botones que le faltan a mis camisas.
Leticia no pudo contenerse más. Se volvió a él y le dijo:
–¡No te creo! Me dijiste que te gustaba cocinar!
–No estoy pensando en cocinar –respondió José– pero él me preguntó qué sería lo ideal.
Supe cuál era el lenguaje principal de amor de José: “Actos de servicio”.

¿Por qué piensa usted que José hacía todas esas cosas para Leticia? Porque ese era su lenguaje de amor.
En su mente, esa era la manera de demostrarle amor: haciendo cosas. El problema era que el “hacer cosas”, no era el lenguaje de amor principal de Leticia. Para ella no significaba lo que sí hubiera significado para él que ella hubiera hecho esas cosas.

Cuando se hizo la luz en la mente de José, lo primero que dijo fue:
–¿Por qué alguien no me dijo esto hace treinta años? Me hubiera sentado en el sofá para hablar con ella quince minutos cada noche, en vez de estar haciendo todas esas tareas.

Entonces se volvió a Leticia y le dijo:
–Por primera vez en mi vida entiendo lo que quieres decir cuando dices que no hablamos. Nunca pude entender eso. Pensé que sí hablábamos. Siempre te pregunté: “¿Dormiste bien?” Pensé que hablábamos, pero ahora entiendo.

Tú quieres que nos sentemos en el sofá quince minutos, cada noche, que nos miremos el uno al otro y conversemos. Ahora entiendo lo que quieres decir, y ahora sé por qué es tan importante para ti.
Es tu lenguaje emocional de amor y comenzaremos esta noche. Te daré quince minutos en el sofá todas las noches por el resto de mi vida, si eso te hace sentir amada.

Leticia y José regresaron a casa y comenzaron a amarse el uno al otro en los lenguajes de amor correctos. En menos de dos meses estaban en una segunda luna de miel. Me llamaron para decirme que se había operado un cambio radical en su matrimonio.
¿Puede renacer el amor en el matrimonio? ¡Por supuesto. La clave es aprender el lenguaje principal de amor de su cónyuge y decidir hablarlo!

Tomado del libro: Los cinco lenguajes del amor, de Gary Chapman, Editorial Unilit.

Acerca de Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre del hijo más sabio, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su trabajo con la palabra de Dios y con jóvenes se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas a millones de personas, siendo director ejecutivo de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

2 comentarios

  1. Yo necesito consejeria matrimonial cristiana urgentemente. Vivo en Houston, Texas y he buscado pero nu he encontrado. Si usted me podria ayudar a buscar un lugar se lo agradeceria mucho.
    Dios le bendiga.

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