¿Eres verdaderamente libre?

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“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” Juan 8:31-32

Muchas personas se sienten hoy agobiadas y atrapadas por la vida que llevan, el trabajo, las obligaciones, la rutina, la falta de motivación, lo que hacen no les agrada y anhelan dedicar su tiempo a otras cosas que nunca llegan. Se sienten esclavos de lo que son y de lo que viven. El concepto de libertad que tienen o bien se relaciona con deshacerse de las obligaciones, o la hacen dependiente del poder económico, si pudiera adquirir esto o aquello, mi vida sería distinta.
Sobre todo los jóvenes, relacionan la libertad con poder hacer todo lo que les viene en gana, no tener que ajustars e a límites ni reglas, decidir sin condicionamientos qué y cuánto.

El mundo nos enseña que si podemos hacer lo que queremos somos libres y nos sentiremos satisfechos con nosotros mismos. El problema es que mucha veces “lo que queremos” al alcanzarlo ni nos da libertad ni nos hace sentir satisfechos. Sucede que muchas veces “lo que queremos” no lo tenemos tan claro y poco tiene que ver con lo que Dios quiere y lo que es bueno para nosotros mismos. “Lo que queremos” muchas veces nos esclaviza y nos llena de frustraciones.

Jesús dijo que si permanecemos en su Palabra, conoceremos la verdad y esa verdad nos hará libres.

Parece ser que existe una verdad, que cambiando la manera de pensar y la motivación para vivir de quién es capaz de apreciarla, tiene poder para conducir a la verdadera libertad.

¿Te interesa conocer esa verdad? Miremos a Jesús, pues nada de lo que Él enseñó o dijo, dejó de ser testificado con su vida.
Jesús fue u n hombre absolutamente libre. Dios decide hacerse hombre y venir al mundo en calidad de siervo y morir por nosotros por elección propia. Nadie le obliga, Él lo decide y lo hace.

En Jesús había un conocimiento que le daba esa libertad. Jesús tenía una motivación: una humanidad reconciliada con Dios.
Había en él un convencimiento. Había entendido a qué venía, había comprendido la razón de su existencia humana, y aunque en su humanidad, el calvario le angustia y entristece (hasta la muerte) lleva obedientemente la voluntad de su Padre hasta el fin. No por obligación sino por convencimiento y propia elección.

Jesús era libre porque eligió hacer lo que debía y eso que debía era en definitiva lo que quería. Somos verdaderamente libres cuando llegamos a entender y hacer nuestro ese sentir que tuvo Jesús, lo que elijo hacer, aunque no es lo que mi naturaleza carnal quisiera, lo hago porque debo y porque entiendo y sé que es lo mejor para mí o para la situ ación que vivo. Vencemos al “yo” carnal solamente cuando Cristo nos libera de él. Juan 8:36: “Si el Hijo os libertare seréis verdaderamente libres.”

Cuando podemos dimensionar el amor mostrado por Cristo en la cruz es que somos contagiados de ese mismo sentir que le movió a Él. Pues ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí y todo lo que hago lo oriento a agradarle a Él.

Entender que Jesús subió a la cruz para morir por mí, porque me amó a mí, ser conscientes de cuál hubiera sido mi destino si el Padre no nos hubiera amado primero, contemplar la vida de Jesús, el Cristo, y caer de rodillas ante ese hombre lleno de dolores, de simpleza y humildad y darnos cuenta que era Dios mismo poderoso e ilimitado, éstas son algunas de las verdades más importantes que tienen poder para hacernos libres.

Ante este descubrimiento, y ante de la aceptación de Jesús como el Señor de nuestras vidas, no hay cadenas que se resistan, que importa ya “lo yo que quier o”, más importante aún es “lo que quiere Aquél” que se dio completo por mí. Mejor aún cuando descubro que “lo que quiere Aquél” me llena de paz, de satisfacción y me hace verdaderamente libre.

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