Pensamientos acerca de la oración – Parte 2

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Pensamientos acerca de la oración – Parte 2

“ME INVOCARÁ Y YO LE RESPONDERÉ…” (Salmo 91:15)

La oración es una actividad antinatural. Desde que nacemos se nos enseña las reglas de la seguridad en uno mismo. Cuando crecemos, aspiramos a conseguir la autosuficiencia. La oración es una afrenta a esos valores tan arraigados. Es “una acusación” a la vida independiente. Para la gente en “la pista de carreras rápida”, la oración es una interrupción embarazosa, totalmente ajena a nuestra naturaleza humana orgullosa. Y sin embargo, en algún punto, en algún lugar, todos llegamos al momento de caer de rodillas y orar. Tal vez miremos alrededor para asegurarnos que nadie está mirando. Es posible, incluso, que nos ruboricemos; pero a pesar de lo extraño de la actividad, oramos. ¿Por qué? Porque la comunión más íntima con Dios sólo se consigue mediante la oración.

Pregúntale a la gente que haya pasado por una tragedia o prueba, angustia o desconsuelo, fracaso o temor, soledad o discriminación. Pregúntale qué pasó en su alma cuando, por fin, se arrodillaba y derramaba su corazón al Señor. “No lo puedo explicar, pero me sentí como si Dios me entendía. Sentí un consuelo y una paz que nunca antes había conocido”.

¿Y no es eso lo que el Señor prometió? Escucha: “Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6,7). ¡No te puedes imaginar los cambios que van a ocurrir en tu vida una vez que estés convencido en lo más profundo de tu ser que el Señor está dispuesto, que es capaz, y que te ha invitado a venir delante de su trono a “hacer negocios” orando!

Nos encanta ser generosos con nuestros hijos. Por eso, Jesús dijo:

“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). Pero a muchos de nosotros nos cuesta aceptar los regalos que nuestro Padre celestial nos da, sobre todo, las cosas materiales. Una señora decía:

“Recuerdo con toda claridad aquel día cuando creí que no me merecía lo que el Señor me estaba dando. ¿Por qué iba a hacer eso por mí? De hecho, me sentía culpable, como si de alguna manera hubiera adquirido algo que Él no quería que yo tuviera realmente”. ¿Te suena familiar?

Piensa lo crueles que serían las siguientes palabras si reflejaran tu actitud siendo padre: (a) Estoy demasiado ocupado; no quiero saber nada de la bicicleta que has perdido ni de tu problema en la escuela; (b) No me molestes con tus peticiones personales. Me ocuparé de todos los demás, excepto de ti. Si me amas, sobrevivirás con pan y agua; (c) Claro que soy rico, pero ¿por qué te tengo que dar algo? ¡Piérdete!

Los buenos padres no hablan así, porque no piensan ni actúan de esa manera respecto a sus hijos; sólo quieren lo mejor para ellos. Así que, toma el sentimiento de un buen padre hacia su hijo, multiplícalo de manera exponencial, y te harás una pequeña idea de lo que tu Padre celestial siente respecto a ti. Cuando le hablas, no hay una voz tan dulce como la tuya. Nada en el mundo le va a distraer de poner toda su atención en las peticiones que le hagas. Entonces, ¿a qué estás esperando? ¡Habla hoy con Él!

Un ejército enemigo acababa de llegar con la intención de aniquilar a Israel. Así que Moisés le dijo a Josué: “Toma a tus mejores soldados y sal a su encuentro. Yo me llevo a Aarón y Hur, subiré al collado que domina las llanuras, levantaré mis manos al Cielo y oraré para que ganes la batalla”. Mientras las manos de Moisés se extendían hacia el Cielo, las tropas de Josué prevalecían. Pero cuando Moisés bajaba los brazos, porque se cansaba, “la suerte” de la batalla cambiaba delante de sus ojos y las tropas de Josué perdían. Moisés volvió a levantar los brazos hacia el Cielo, llevando la situación delante del Señor. Inmediatamente, el ímpetu de la batalla cambió a favor de Josué. Entonces Moisés se dio cuenta: Si quería abrir la puerta a la intervención sobrenatural de Dios aquí en la Tierra, debía mantener sus manos hacia el Cielo en oración (ver Éxodo 17:8-13).

Aquí hay una lección para aprender: Si estamos dispuestos a invitar al Señor para que se involucre en nuestra vida diaria, experimentaremos su poder en nuestra casa, en nuestras relaciones, en nuestra carrera, y donde sea que fuera necesario.

Pero “el otro lado de la moneda” nos debería poner sobrios: Es difícil que Dios derrame su poder en nuestra vida si “nos metemos las manos en los bolsillos” y decimos: “Esto lo arreglo yo solo”. Si lo hacemos, no nos sorprendamos si nos viene el sentimiento fastidioso de que la tendencia de la batalla se está yendo en contra de nosotros, y de que nos sintamos impotentes sin poder hacer algo al respecto. Demasiadas personas hay que están dispuestas a conformarse a pasar el resto de sus vidas viviendo de esa manera; ¡no seas tú una de ellas…!

LEE LA PRIMERA PARTE DE PENSAMIENTOS ACERCA DE LA ORACION AQUI

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