¿Cual Es El Ángulo Muerto En Tu Vida Cristiana?

Tu Ángulo Muerto Según La Biblia

“…¡PERDONA, SEÑOR, MIS FALTAS OCULTAS!” (Salmo 19:12 DHH)

Hay partes de ti que nunca verás sin la ayuda de Dios. Por un lado, te conoces a ti mismo mejor que nadie. Sólo tú tienes acceso a tus más íntimos pensamientos, sentimientos y juicios. Pero por otro, te conoces a ti mismo peor que nadie. ¿Por qué? Porque racionalizamos, justificamos, minimizamos, olvidamos y embellecemos nuestro comportamiento, sin ni siquiera darnos cuenta. No solemos ser objetivos e inclinamos la balanza a nuestro favor. Reclamamos demasiado nuestros méritos y no queremos aceptar nuestra culpa. Prestamos atención a los expertos que están de acuerdo con nuestras opiniones, mientras que ignoramos o desacreditamos cualquier prueba que indique lo contrario. Nuestros recuerdos no reflejan la realidad exacta de las cosas y siempre favorecen a nuestro ego.

El libro Egonomics (Egonomía) cita una encuesta en la que el 83 por ciento de los encuestados se creía capaz de tomar buenas decisiones, pero solamente el 27 por ciento consideraba que sus colegas eran capaces de tomar buenas decisiones. Nos sorprende sobremanera cuando alguien ve lo profundo de nuestra alma, más allá de las apariencias. No es que la persona sea un genio por descubrirlo, es que nos encontramos estancados en el lugar donde está nuestro ángulo muerto (el punto ciego del retrovisor donde no se ve todo el panorama por detrás), y sin la obra del Espíritu Santo en nosotros la mayoría de las veces no conseguimos ver nuestro pecado.

El salmista escribió: “¿Quién se da cuenta de sus propios errores? ¡Perdona, Señor mis faltas ocultas! Quítale el orgullo a tu siervo; no permitas que el orgullo me domine. Así seré un hombre sin tacha; estaré libre de gran pecado. Sean aceptables a tus ojos mis pablaras y mis pensamientos, oh Señor, refugio y libertador mío” (Salmo 19:12-14 DHH). Ésa es la oración que deberías repetir, día tras día.

“¿QUIÉN SE DA CUENTA DE SUS PROPIOS ERRORES?…” (Salmo 19:12 DHH)

A veces, intentar ver tu verdadero ser es como intentar ver la parte interior de los ojos. “¿Quién se da cuenta de sus propios errores?…” preguntó el salmista. Por suerte, no estás solo; el Espíritu ya está operando en ti. A ti sólo te corresponde escuchar y responder. Tu enemigo no es la culpa sino el pecado. El Espíritu de Dios te traerá a menudo convicción, y cuando eso ocurra, la respuesta adecuada no será intentar suprimir el sentimiento de culpa, sino tratar con el problema. Si no lo haces, esos problemas se podrán acumular como si fueran colesterol en las arterias. En un momento de gran crisis, Sansón quiso emplear su fuerza, “pero no sabía que el Señor ya se había apartado de él” (Jueces 16:20). Se había vuelto i ndiferente y había perdido su sensibilidad a Dios.

Nuestro cuerpo tiene la gran capacidad de avisarnos de lo que le aflige, si aprendemos a captar las señales que nos emite. Tener dolor en el pecho puede ser indicio de un problema de corazón, y hay otros síntomas más sutiles. Se nos enseña a detectar los síntomas de un infarto y se nos dan pautas de primeros auxilios para cuando suceda. Si estás abierto y dispuesto, Dios hará que seas capaz de ver lo que le ocurre a tu alma. Si dependiera de ti, buscarías justificarlo o defenderte. Serías como “los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo” (Isaías 5:20). O por el contrario, te podrías volver un neurótico que lo analiza todo minuciosamente. Madame Guyon nos previno contra el “depender de la diligencia de nuestro propio escrutinio en lugar de depender de Dios para reconocer y descubrir nuestro pecado”. ¿Qué hacer, entonces? Deja que tus pensamientos y acciones sean guiados por el Espíritu Santo.

“…OS HABÉIS QUITADO EL ROPAJE DE LA VIEJA NATURALEZA” (Colosenses 3:9 CST)

La Biblia habla de “quitarse” ciertos pecados. Y de “ponerse” ciertas características de Cristo. Usando esta analogía de la ropa, veamos los siguientes aspectos:

1) Resentimiento.

¿Cómo va tu irritabilidad estos días? ¿Te irritas con más (o menos) facilidad? ¿Y cómo están tu amargura y tu falta de perdón? Cuando alguien te hace daño, ¿atacas o te retiras? ¿Estás mejorando en el área del resentimiento, vas peor o sigues igual?

2) Ansiedad.

Del uno al diez, ¿qué nota le das a tu desánimo estos días? ¿Tienes menos (o más) preocupaciones relacionadas con el dinero, la salud, el trabajo o el qué dirán? ¿Dejas que esos miedos te impidan hacer lo que Dios quiere? ¿Crees que tu desasosiego te motiva a o rar más?

3) Codicia.

La codicia no es más que un deseo descontrolado. Entonces, ¿está mejorando tu dominio propio, va peor o sigue igual? ¿Vives con más transparencia y te escondes menos que antes? O sea, ¿vives más en la luz? ¿Crees que tus deseos y satisfacciones coinciden cada vez más con lo que Dios quiere para ti?

4) Superioridad.

¿Te obsesionas menos con tu “yo”? ¿Piensas más en los demás y en Dios, así como en la obra que Él tiene para ti? ¿Cada cuánto hablas de las características positivas de otros en lugar de las negativas cuando conversas con alguien? ¿Das la impresión de ser alguien duro, insensible y cínico? ¿Pasas más (o menos) tiempo sirviendo a los demás? Hoy mismo pídele a Dios que te ayude a sondear tu corazón y que te dé la gracia para tratar con lo que te encuentres.

“…DESEO QUE TE COMPLAZCA TODO LO QUE… PIENSO” (Salmos 19:14 PDT)

Jesús dijo que cuando viniera el Espíritu Santo, nos convencería del pecado. Pero la convicción no equivale a “ser pillado”. Cuando nos “pillan” haciendo algo malo, nos duele, aunque eso no es necesariamente la convicción de pecado; muchas veces no es más que la vergüenza del qué pensarán los demás. Si supiéramos que nadie se iba a enterar, no nos dolería. La convicción tampoco es lo mismo que el miedo al castigo; es darse cuenta de lo que eres capaz. ‘¿Cómo me he convertido en alguien capaz de mentir, de adjudicarme los méritos de algo que yo no hice, de actuar como un cobarde o de utilizar a la gente para mis propios fines?’. Éstas son preguntas que no te harías normalmente.

La Biblia dice: “Y ésta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz…” (Juan 3:19). Cuando Dios está operando en tu vida, no te duele lo que sepa la gente ni te preocupan las consecuencias; ésas son cosas externas. El dolor de convicción es interno y tiene que ver con tu ser interior. Si no se limpia el parabrisas, se corre el riesgo de acabar en la cuneta, y como no se le puede limpiar mientras se conduce, entonces para eso se hicieron los limpiaparabrisas. Del mismo modo, el Espíritu Santo se encarga de revelarte el pecado, ayudarte a arrepentirte y limpiarte para que puedas ir adonde Dios quiere llevarte. Necesitas orar así a diario: ‘Señor, envíame la luz necesaria para mantenerme en pie. Quita la suciedad de mi parabrisas para que vea más claro. Límpiame’.

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2 comentarios

  1. Blanca Sanders

    Como ser un lider para el senor? y que debo hacer para instruir almas nuevas para el senor.

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