Oracion

Aprende Las Distintas Formas De Orar

Aprende Las Distintas Formas De Orar

“…EL ESPÍRITU INTERCEDE POR NOSOTROS…” (Romanos 8:27 NTV)

Alguien que es mucho mejor que tú en el tema de la oración ya está trabajando por ti. “El Espíritu Santo nos ayuda en nuestra debilidad… Nosotros no sabemos qué quiere Dios que le pidamos en oración, pero el Espíritu Santo ora por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y el Padre, quien conoce cada corazón, sabe lo que el Espíritu dice, porque el Espíritu intercede por nosotros…” (Romanos 8:26-27 NTV). El Espíritu Santo “intercede”, es decir, nos hace presentes delante de Dios. A veces nos cuesta mucho estar presentes en la oración. Todos sabemos cómo es conversar con alguien cuya mente se encuentra en otra parte. ¿Qué hacer? Apunta lo que pasa por tu mente cuando estés orando. Los dos obstáculos principales para una oración eficaz son:

a) nos distraemos con facilidad con otros pensamientos; b) nos cansamos.

Cuando el escritor John Ortberg compartió esas dos frustraciones con un amigo, éste le sugirió que se fuera a caminar e invitara a Jesús a ir con él. Ortberg escribe: “Al día siguiente fui a la playa, me quité el calzado, empecé a correr e invité a Jesús a que viniera conmigo. Pasó algo muy curioso. Cuando pensé que “estaba obligado” a hablar con Él, me di cuenta de que lo estaba haciendo sin el más mínimo esfuerzo. Ahora que sabía que lo único que tenía que hacer era invitarlo, no podía dejar de pensar en Él; mi mente seguía reflexionando en el hecho de que Él estaba conmigo. Y yo le iba señalando los pelícanos y las olas. También me vinieron a la mente personas y situaciones preocupantes y le hablé a Jesús de eso. Todo cambió”. Entonces, invita a Jesús a que vaya contigo hoy y comparte todas las cosas de la vida con Él.

“EZEQUÍAS TOMÓ LA CARTA…Y LA DESPLEGÓ DELANTE DEL SEÑOR” (Isaías 37:14 NVI)

Ezequías, rey de Israel, recibió una carta amenazante de alguien mucho más poderoso que él: el rey de Asiria. El soberano asirio le pedía la rendición incondicional y le instó a que no confiara en su Dios. La carta era bien explícita, advirtiéndole de que si se resistía los israelitas tendrían que “…comer su propio estiércol y beber su propia orina…” antes de morir (2 Reyes 18:21). Entonces Ezequías fue al templo y “desplegó [la carta] delante del Señor”. Luego clamó: “…Dios de Israel, que moras entre los querubines, solo Tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste los cielos y la tierra. Inclina, oh Señor, tu oído, y oye; abre, Señor, tus ojos, y mira…” (Isaías 37:16-17).

Lo que Ezequías dijo fue: ‘Señor, por favor lee esto ¡y haz algo!’ Y Dios lo hizo. De hecho Su intervención fue espectacular. “Entonces el ángel del Señor salió y mató a ciento ochenta y cinco mil hombres del campamento asirio. A la mañana siguiente, cuando los demás se levantaron, ¡allí estaban tendidos todos los cadáveres!” (Isaías 37:26 NVI). Entonces, ¿qué documento quieres desplegar delante del Señor? ¿Un extracto de la cuenta bancaria que te abruma? ¿Una demanda de divorcio? ¿Un diagnóstico médico? ¿Un correo electrónico desagradable? Cualquier documento que te preocupe puede ser una invitación a orar, así que preséntaselo al Señor. Es importante para ti y para Él. Si nunca has hecho eso hasta ahora, pruébalo. Entrégaselo al Señor, confía en Él y observa cómo interviene a tu favor.

“…ME QUEDÉ POSTRADO ANTE [EL SEÑOR]” (Deuteronomio 9:25 NVI)

Busca el estilo de orar que mejor vaya contigo. En la Biblia vemos a personas orando de pie, de rodillas, tumbadas en el suelo, sentadas, elevando las manos, levantando el rostro hacia el cielo o inclinándolo hacia la tierra. Descubre el método que mejor se ajuste a ti y úsalo. Algunos oran mejor cuando se están moviendo. Si eres uno de ellos, vete a caminar, da una vuelta en el coche o corre. Eres libre de usar tu postura corporal para que te ayude a fijar la mente y el corazón en Dios. Si estás reconociendo los pecados, tal vez sería apropiado inclinar la cabeza y arrodillarte; eso te ayudará a experimentar y recordar la humildad del momento. Si alabas al Señor, quizás quieras levantar el rostro.

Si estás pidiendo guía, a lo mejor te ayude el poner las palmas de la mano hacia arriba como expresión corporal de ‘Señor, haz lo que quieras’. Cuando ores por alguien, en un restaurante por ejemplo, mira a la persona a los ojos mientras hablas con Dios y di ‘Padre te doy gracias por esta persona. Tú sabes lo que necesita. Dale lo que su corazón anhela’. Si estás alabando a Dios, escucha un CD de música y canta a la vez. Lo importante es que te acerques a Dios con la alegría, emoción y sencillez de un niño que corre a los brazos de su padre amoroso. Así como tus huellas digitales son únicas, también lo es tu temperamento. Por lo tanto, acércate a Dios en el modo que te resulte más natural, espontáneo y con el que te sientas más a gusto.

“ME INVOCARÁ Y YO LE RESPONDERÉ…” (Salmos 91:15)

Cuando intentamos pasar un período largo en oración, nuestra mente tiende a divagar. Si sucede eso, ¿se enfada Dios con nosotros? No. Cuando nuestra mente divaga, el Espíritu de Dios sigue presente. A veces esas imaginaciones pueden, en realidad, dirigir tus oraciones. Escribe alguien: “Empiezo a orar y enseguida me imagino logrando algo grandioso. O recuerdo una conversación con alguien que me disgustó. O trato de encontrar una solución a un problema que me preocupa. Solía considerar esos pensamientos como obstáculos a la oración, pero ahora los veo como plegarias que deben ser ofrecidas a Dios. Quizás la razón por la que aparecen en mi mente no sea porque tengo poca concentración, sino porque estoy realmente preocupado por esas cosas. Así pues, en lugar de intentar reprimir esos pensamientos, es mejor hablarle a Dios de ellos. Así vuelvo al ritmo de la oración. En realidad somos libres para orar en la forma que nos ayude mejor a vivir disfrutando del gozo de la presencia de Dios”.

Por supuesto que cosas como la cita de la peluquería o del taller son distracciones. Cuando surjan, simplemente anótalas para que no se te olviden y vuelve a la oración. Desarrollar una vida rica y gratificante de oración no es algo que se consiga de repente; tienes que trabajar en ello. Pero la recompensa merece con creces el esfuerzo. No eres el único; todo el mundo batalla con distracciones en la oración. Aquellos que las superan son los que aprenden a manejarlas.

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