Pastor ¿Cómo Va Tu Pastorado?

Pastor ¿Cómo va tu pastorado?

“SI UN [PASTOR] TIENE CIEN OVEJAS Y SE DESCARRÍA UNA DE ELLAS, ¿NO… VA… A BUSCAR LA QUE SE HA DESCARRIADO?” (Mateo 18:12)

En una de las ilustraciones de Jesús, un hombre fue asaltado y dejado por muerto en el camino de Jericó. Esto es lo que pasó: “Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y al verlo pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, al verlo pasó de largo” (Lucas 10:31-32). Seguro que la actitud de esas dos personas nos sorprende. Pero ¿qué diríamos si la razón por la que no se ocuparon del hombre no fue falta de compasión sino que andaban con el tiempo justo para dar un estudio bíblico o llegaban tarde a una reunión del concilio? ¿Tendrían justificación? Escribe un pastor:

“No le presté mucha atención a esa parábola hasta después de haber pastoreado durante un buen número de años. Había pasado al lado de tanta gente a quien podría haber ayudado, pero al estar demasiado distraído con las actividades de la iglesia esas vidas rotas en el camino no encajaban en mi agenda. El amor no es algo eficiente, ni que se pueda programar. El hombre malherido del ejemplo no podía esperar tres semanas para una cita, ni a que el samaritano creara una ONG para cuidar a las víctimas de asaltos”.

Las experiencias más gratificantes de la vida raramente llegan de forma ordenada. Nos topamos con ellas en encuentros inesperados y en momentos críticos de la vida de la gente. En efecto, pocos recordarán tu último sermón pero esos mismos podrán repetirte con todo detalle lo que les dijiste cuando los visitaste en el hospital o cuando tomaste un café con ellos un día, porque eso los tocó personalmente. Resulta muy seductor pensar que tu trabajo por las multitudes justifica tu omisión de cuidar de aquellos que solamente son alcanzados individualmente. Jesús dijo: “Si un [pastor] tiene cien ovejas y se descarría una de ellas, ¿no… va… a buscar la que se ha descarriado?” (Mateo 18:12). Cuando Pedro manifestó: “Señor; tú sabes que te amo”, Jesús respondió: “…Pastorea mis ovejas” (Juan 21: 16 RVR1960). Pastor, hoy el Señor te está diciendo eso a ti.

“YO SOY EL BUEN PASTOR; EL BUEN PASTOR SU VIDA DA POR LAS OVEJAS” (Juan 10:11)

A veces los pastores se esconden detrás de su apretada agenda para evitar tratar con ciertas personas y tener que negarles algo. Jesús sabía cuándo actuar y cuándo cuando no. Aprende de Él. Nunca serás capaz de funcionar eficazmente si te sientes obligado a satisfacer continuamente toda necesidad que surge. Y Dios tampoco te lo pide. Él te pide que respondas a lo que Él te muestra. Escribió un pastor: “Nunca se me olvidará la cara que puso mi consejera cuando le dije que iba a ser pastor. ‘¡Pero si a ti ni siquiera te gusta la gente!’ Exclamó. Recuerdo que pensé ‘¿Y qué importa?’ El pastorado consiste en predicar y llevar a la congregación a nuevas cotas de espiritualidad. No tengo que preocuparme de los “individuos”. Eso es una falacia. No podemos estar tan centrados en los programas que huimos de las personas que Dios nos envía.

Me sorprende cómo se esfuerza la burocracia por cambiar los sistemas para abordar ciertos problemas en lugar de hacer alguna excepción que los resolvería fácilmente. Las necesidades personales son demasiado importantes para encuadrarlas en la rigidez de un proyecto. Algunos piensan que el peligro de manejar necesidades individuales es que se pueden multiplicar. Además, pensamos, los planes y estrategias existen para evitar que nos agotemos ¿no? ¡No! Es verdad que si aplicas la teoría de que “lo que haces por uno lo tienes que hacer por todos” eso hará que te quemes. Pero Jesús pasó mucho tiempo ministrando a individuos. Y dijo: “…El buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Para cumplirlo tienes que dar cabida en tu vida a lo inesperado.

“…SE SALVARÁN SOLO SI REGRESAN A MÍ Y DESCANSAN EN MÍ…” (Isaías 30:15 NTV)

Dios dijo: “…Se salvarán solo si regresan a mí y descansan en mí. En la tranquilidad y en la confianza está su fortaleza; pero no quisieron saber nada de esto” (Isaías 30:15 NTV). Cuando estás agotado emocional y espiritualmente por las expectativas de los demás, es fácil hacerte insensible a las emociones humanas. Y aunque estar libre de emociones negativas parezca un alivio, también estás bloqueando las positivas, porque no sientes nada, ni bueno ni malo. Cuando llegas a esa situación es probable que seas dirigido por cosas como:

1) una agenda muy apretada;
2) mala gestión del tiempo;
3) demasiado hincapié en tu desempeño;
4) falta de límites;
5) tolerancia de relaciones perjudiciales y de malos hábitos
6) heridas que no han sido curadas;
7) metas equivocadas.

¿Cuál es la solución?

“…Se salvarán solo si regresan a mí y descansan en mí…” (Isaías 30:15 NTV). En lugar de esforzarte cada vez más por avanzar, haz una pausa y habla con Dios de lo que está pasando en tu vida. En lugar de sentirte aislado y abrumado por lo difícil de la situación, incluye a Dios en ella y ora:

“Señor, ayúdame a mantener mi mente puesta en ti. Durante este tiempo tan ajetreado y estresante ayúdame a ordenar mi escala de prioridades según Tu voluntad, a pensar Tus pensamientos y a dejar que la mente de Cristo tenga Su autoridad en mi vida. Dices en tu Palabra que has venido para darme calma. Eres mi fortaleza y mi libertador, así que no voy estar temeroso ni turbado. Gracias por guardar mi corazón y mi mente en paz por medio de Jesucristo. Amén’.

“VENID VOSOTROS APARTE… Y DESCANSAD UN POCO” (Marcos 6:31)

Hay dos clases de “cansancio”. La diferencia entre ellas es la misma que existe entre las nubes que traen chubascos en primavera y las nubes que preceden a los tornados. El primer tipo de cansancio es pasajero y natural. Se deriva de una labor bien hecha y con un poco de reposo la persona vuelve a la normalidad. El segundo es una fatiga crónica que se acumula a lo largo de los meses y no siempre se manifiesta en agotamiento físico. De hecho, a veces se oculta detrás de una actividad frenética y de comportamientos compulsivos como:

1) no eres capaz de relajarte mientras comes o te tomas un café;
2) compruebas constantemente tus mensajes y tus correos;
3) hay una pila de publicaciones en tu mesita de noche que lees porque piensas que “te van a dar la delantera”;

4) te resulta imposible tomar un día libre;
5) no haces pausas y tampoco vas de vacaciones;
6) no duermes bien;
7) el tiempo libre lo dedicas a actividades “escapistas” como comer, beber, gastar o ver la televisión sin discernir lo que miras.

Wayne Muller comentó: “Sin descanso, perdemos el norte. Contaminados por la creencia de que los logros solo llegan a través de una determinación incansable y de continuos esfuerzos… nuestras vidas corren peligro por falta de reposo”. Mientras estás ocupado trabajando duro y sintiéndote importante, puedes perder la capacidad de oír la voz de Aquel que te llamó al pastorado en primer lugar. Es verdad que Dios quiere que te esfuerces, pero no que pongas en peligro tu salud, tu tiempo con Él y a tu familia. Si ese es el estado en que te encuentras, Jesús te está diciendo: “[Ven] aparte… y [descansa] un poco” (Marcos 6:31). Si eres sabio y deseas llegar lejos, le prestarás atención y harás lo que te dice.

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