Reglas Para Controlar La Ira Según La Biblia

Reglas Para Controlar La Ira Biblicamente

HABLAD VERDAD CADA UNO (Efesios 4:25)

Dos personalidades fuertes en una relación son como dos ríos que se juntan en uno: va a haber una gran corriente. La ira puede ser instantánea como un relámpago, o prolongada, como un trueno. A veces chocamos y nos hacemos daño, otras veces nos distanciamos y abandonamos la relación en silencio. Sin embargo la ira, si se maneja de manera apropiada, no tiene por qué ser destructiva. Veamos las reglas de Dios para controlar la ira.

Regla nº 1: Sé sincero contigo mismo.

“Desechando la mentira, hablad verdad airaos, pero no pequéis” (Efesios 4:25-26). Cuando estés enojado, no lo niegues. La ira puede ser constructiva. Tenemos derecho a enfadarnos cuando la gente es maltratada o no se rectifican los agravios. Decir “me he sentido airado, y porque valoro nuestra relación, quisiera hablar de ello” es ser franco, no amenazante y da pie a una solución. Pero ten en cuenta que: a) no hacer caso, aguantarse, reprimirse o pretender que no estás enfadado no es en realidad ser sincero contigo mismo; b) otra forma de mentir cuando estás airado es la exageración: “Nunca me escuchas”; “nunca haces lo que yo quiero”; “aquí nadie hace nada, sólo yo”. Estas generalizaciones son mentiras y a lo único que conducen es a agravar y polarizar la situación, haciendo que el verdadero problema quede tapado y no se resuelva; c) otra forma de mentir cuando tienes ira es culpar a alguien: “Si hubieras llegado a tiempo, no habría tenido que sermonearte”, o “si no me sermonearas tanto, a lo mejor empezaría a llegar pronto”. Culpar a otro es una forma de evadir tu propia responsabilidad mientras señalas a alguien con el dedo. Eso hace que el otro también se enfade, que persista tu ira y que nunca produzca el resultado esperado. La manera de Dios es “hablad verdad cada uno…” (Efesios 4:25). Y funciona cuando hablas la verdad en amor.

HABLAD VERDAD CADA UNO (Efesios 4:25)

Regla nº 2: Que al airarte no “mates” a nadie.

Pablo escribió: “Airaos pero no pequéis” (Efesios 4:26). ¿Qué significan esas palabras? No dejes que la ira llegue hasta el punto de herir. No uses tus palabras como un arma o como un mecanismo de control. Es bueno expresar las emociones de forma pacífica, pero no pierdas el control. Tu meta debe ser resolver el problema y fortalecer la relación, no “desahogarte” y dejar a la otra persona herida. ¿Es fácil hacer eso? No. Necesitas una buena dosis de gracia para hacerlo. Las palabras que se dicen medio en broma, el sarcasmo, el fariseísmo o “la indignación justa” hieren, y a veces de forma permanente. “La perversidad de [la lengua] es quebrantamiento de espíritu”. (Proverbios 15:4) ¿Quién sostendrá a un ánimo angustiado? (Proverbios 18:14). “La muerte” [está] en poder de la lengua (Proverbios 18:21). Las palabras con enojo, una vez expresadas, “penetran hasta las entrañas”. (Proverbios 26:22). Tus palabras pueden quedarse en el corazón y en la memoria de la persona y hasta puede que ésta se las lleve a la tumba. Dice el refrán: “A palabras necias, oídos sordos”, pero no es verdad. Una persona puede morir por un espíritu quebrantado y aquél que dijo las palabras se arrepentirá del daño que hizo y que nunca podrá reparar. Sin embargo, la ira manejada correctamente nunca necesita arrepentimiento. Por lo tanto, aprende a diferenciar entre el enfado que sientes y las palabras que dices. La ira, si se analiza bien, puede revelar información importante sobre cambios que se necesitan. Haz hincapié en eso y pide a Dios que te muestre qué debe cambiar la otra persona ¡y que debes cambiar tú!

HABLAD VERDAD CADA UNO (Efesios 4:25)

Regla nº 3: Mantente en guardia.

Solo tú eres el más perjudicado al acumular ira en tu disco duro. Al rememorar viejos resentimientos guardados del pasado y ver cómo se reproducen en tu mente, crece tu amargura. “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Cuando estés enfadado, procura solucionarlo enseguida. No dejes pasivamente que el tiempo decida por ti, ni te quedes ahí esperando a que la otra persona se de cuenta de lo que ha hecho y pida perdón. “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve tú [a] él”. (Mateo 18:15). Trata de resolver el problema y restaurar la relación. Cuando reprimes la ira, es como que estás guardando “un cadáver más en el armario”. Antes o después, según los médicos, lo notarás en el tejido de tu estómago, atacará tu sistema inmunológico, te predispondrá a problemas cardíacos, cánceres y otros desórdenes físicos, sociales y emocionales. Y entre tanto, te angustiará, disminuirá tu energía, coartará tu creatividad y estorbará tu relación con Dios, tus amigos y los otros creyentes; sin mencionar que no le brindará al ofensor la oportunidad de limpiar su conciencia, arrepentirse y ponerse a cuentas con Dios y contigo.

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No arrastres más el pasado, ni trates de chantajear a los culpables del mismo sacando “los trapos sucios” en momentos precisos, tramando la venganza y pasando el resentimiento a la siguiente generación. Pide a Dios que te de la humildad y el coraje de tratar hoy mismo con los problemas de hoy. Cuando tu cabeza se pegue a la almohada está noche, que sepas que tus cuentas están al día con Dios y con todos los demás ¡y que duermas bien!

HABLAD VERDAD CADA UNO (Efesios 4:25)

Regla nº 4: Céntrate en la solución.

La comunión entre dos personas es la “común unión”; si el uno se separa, o si tratar de cobrar ventaja en una disputa, los dos pierden. Pero si unidos buscan salvar y fortalecer la relación, los dos ganan. Así que cuando hables, mira que tu palabra “sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29). Trata de entender lo que necesita la otra persona. No saques a la luz ofensas anteriores; no hagas que otras personas se involucren; no hagas bromas del peso de alguien, o su altura, el color de su piel, su capacidad intelectual, sus limitaciones físicas, mentales o emocionales; no saques a relucir cosas que no tienen que ver con el tema porque podrían enturbiar el asunto e impedirte que encuentres una solución. Y no levantes la voz con el fin de intimidar o manipular.

Dios te hizo con capacidad de sentir ira porque ésta, cuando se maneja de forma apropiada, es el combustible que produce los cambios necesarios y la medicina que sana. Por lo tanto: a) busca una solución, no una “victoria”. Poner motes y hacer un recuento de faltas sólo empeora la situación. No debes hacer hincapié en lo que hicieron sino en qué podéis hacer juntos para resolverlo; b) reconoce tus propios errores y pide perdón. Puesto que “es cosa de dos”, el reconocer tus propias imperfecciones ayuda a que los otros, a su vez, reconozcan las suyas; c) cada vez que des alguien “una de cal”, ofrécele también “otra de arena”. “Si hay virtud alguna” en esto pensad. (Filipenses 4:8). Por cada una de las discrepancias con las que te enfrentas a otros, ofrece un cumplido: “Estoy seguro de que lo que te he dicho no ha sido fácil para ti. Te agradezco la paciencia con la que me has escuchado“. Al hacer hincapié en buscar una solución positiva, les ofrecemos a los demás la posibilidad de que salgan a la superficie, en lugar de dejarlos que se hundan.

HABLAD VERDAD CADA UNO (Efesios 4:25)

Regla nº 5. Los “trapos sucios” se lavan en casa.

“Quítense de vosotros toda[o]” enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia”.Cuando estás enfadado, es difícil resistir la tentación de propagar el chisme. Pero los comentarios maliciosos son como los incendios sin control, consumen a quienes los propagan y a quienes los escuchan. No saques a relucir los trapos sucios, deja que “todo quede en casa”. Los trapos sucios se airean de dos maneras: 1) Haciendo pasar vergüenza deliberadamente. Lo dices cuando sabes que otros (como tú) lo van a oír. 2) Sutilmente. Haces bromas de su figura, sus familiares, sus amigos, etc., con el fin de despreciarlos. La persona con la que estás enfadada se siente molesta por ello, se aumenta la desavenencia y se hace imposible la reconciliación. Salomón escribió: “El de espíritu fiel lo guarda todo”. (Proverbios 11:13, RV 1960) y “el amor cubre todas las falta” (Proverbios 10:12). Y escribe Pablo: “Sed niños en cuanto a la malicia y maduros en cuanto al modo de pensar”. (1 Corintios 14:20).

Regla nº 6. Sé parte del equipo que “recoge los platos rotos”.

Podemos decir: “Ellos mismos se metieron en eso, que salgan solos”. Tal vez lo merezcan, pero no podemos irnos de ahí y dejar que las heridas abiertas se infecten. “perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. (Efesios 4:32). ¿Cómo nos perdonó Cristo? ¿Fue después de reconocer y confesar nuestros pecados y arrepentirnos? No. “Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Romanos 5:10). Dios tomó la iniciativa, así que tú perdona antes de que la otra persona te pida perdón. Y si hubieran de ser tus enemigos el resto de la vida, perdónalos de todas formas. Eso es lo que significa “recoger los platos rotos”. Sólo entonces vas a ser tú mismo perdonado, las heridas que has causado sanadas y tu deuda delante de Dios saldada.

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