Versículos Bíblicos Sobre La Queja ¿Que Dice La Biblia?

Versículos Bíblicos Sobre La Queja ¿Que Dice La Biblia?

EN TODO CUANTO HAGÁIS, EVITAD QUEJAS (Filipenses 2:14, Castilian)

Dos grupos de alumnos de psicología hicieron un experimento: tenían que llevar durante un tiempo unos micrófonos ocultos y hacer vida social. Un grupo sabía que el experimento consistía en medir el grado de queja que se producía en una conversación normal; el otro desconocía el propósito. Al concluir la prueba, ambos grupos se sorprendieron de la frecuencia con la que se quejaban. Los que sabían el objetivo de la prueba se quejaron tanto como los que no. La queja es la actitud más antigua de la Biblia ¡literalmente! Cuando somos confrontados por nuestras acciones y decisiones, la reacción más espontánea es quejarnos: Fue culpa suya, no mía; si no hubieran yo no habría.. Adán no necesitó clases en el arte de la queja. Cuando Dios le pilló “in fraganti”, éste le respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio y yo comí. Eva, por su parte, dijo también: La serpiente me engañó, y comí (Génesis 3:12-13). Ninguno de los dos se responsabilizó de sus actos. Y dado que Dios no ayuda a las personas que no se responsabilizan de sus actos, sacó a los dos “quejumbrosos” del Paraíso. No sabemos si después de eso, Adán y Eva aprendieron la lección respecto a la queja; lo cierto es que si lo hicieron, no se la pasaron a sus descendientes, el pueblo de Israel: “Aconteció que el pueblo se quejó a oídos del Señor” y ardió su ira. Se encendió entre ellos un fuego que consumió uno de los extremos del campamento (Números 11:1). Date cuenta de que todas las quejas fueron “a oídos del Señor”, sin embargo a Dios no le agrada en absoluto escuchar quejas. Escribe Pablo: “Tampoco debemos quejarnos como algunos de ellos lo hicieron. Por eso el ángel de la muerte los mató. Todo eso le sucedió a nuestro pueblo para darnos una lección” (1 Corintios 10:10-11 Biblia en Lenguaje Sencillo). ¡Cambia tu forma de hablar! Proponte detectar, rechazar y desechar toda palabra de queja de tu vocabulario.

EN TODO CUANTO HAGÁIS, EVITAD QUEJAS (Filipenses 2:14, Castilian)

La queja contamina, tanto al que se queja como a todo aquél que la escucha. A veces pensamos que con nuestra queja vamos a ayudar. Pensamos que “si nadie dice nada, nunca van a cambiar las cosas”, como si las palabras negativas pudieran producir cambios positivos. Pensamos que hemos contribuido a algo bueno con nuestra queja, pero en realidad, en lugar de contribuir a cambios constructivos, nos quejamos porque tratamos de esquivar el problema y evitar solucionarlo, lo que nos hace ser parte del mismo, y no de la solución. Cuanto más te quejas, más te centras en el problema y cuanto más te centras en el problema, más te quejas. En última instancia, el más perjudicado vienes a ser tú. Decía el salmista: Me quejaba y desmayaba mi espíritu” (Salmo 77.3). Tal vez nadie haga caso a tus palabras, pero tú sí, porque antes de decirlas las has pensado, puesto que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Y cuando las dices, las escuchas y te las crees, tal y como harías con las palabras de alguien en autoridad. Cada vez que las repites, refuerzas el poder que ejercen sobre ti, hasta que acabas tú mismo siendo la víctima de tus propias quejas. Tu espíritu (actitud) es abatido, no por los problemas y las dificultades que la gente te presenta, sino como consecuencia directa de tus propias quejas. Por lo tanto, “En todo cuanto hagáis, evitad quejas” para que nadie pueda reprocharos nada. Vuestra vida debe ser pura y sencilla, porque sois hijos de Dios que, en medio de una generación maligna y depravada, resplandecéis como estrellas en el mundo (Filipenses 2:14-15 Castilian).

EN TODO CUANTO HAGÁIS, EVITAD QUEJAS (Filipenses 2:14, Castilian)

Pero ¿qué importa? Al fin y al cabo la queja no es más que meras palabras No, ¡es mucho más!

Primero, al quejarte, les otorgas tu autoridad a las personas y circunstancias de las que te quejas, y te conviertes en su víctima.

La queja restringe tu capacidad de buscar soluciones, condiciona tu mente de forma negativa y limita tu entendimiento para recibir ideas creativas de Dios. ¡Los resultados positivos no crecen en terreno negativo! No puedes quejarte y crear algo positivo al mismo tiempo. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?… ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? (Santiago 3:11-12). Las quejas son expresiones verbales de creencias negativas. Anulan las intenciones y confesiones positivas y te dejan desarmado para cosechar las bendiciones de Dios. La queja se centra en un pasado que no se puede cambiar. Hace que te pongas a “escarbar” en basura antigua, buscando pruebas de “quién”, hizo esto, ¿cuándo?, ¿por qué?, etc. mientras el presente se te escapa de las manos sin fruto alguno.

Segundo, la queja contamina las relaciones.

¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? (1 Corintios 5:6). La queja invita a que otros hagan otro tanto. Es como un veneno que se inyecta e intoxica todas las partes del cuerpo. De forma sutil va contaminando tus relaciones, tu familia, tu lugar de trabajo, tu iglesia y tu entorno. La queja es un revulsivo para las relaciones. Aquellos que evitan el estrés, la ansiedad y el negativismo empiezan a distanciarse de ti. La muerte y la vida están en poder de la lengua (Proverbios 18:21); se refiere a tu muerte y a tu vida, pero también a la de los demás. Por lo tanto, ora así: Pon guarda a mi boca, Señor (Salmo 141:3); ayúdame a no quejarme.

EN TODO CUANTO HAGÁIS, EVITAD QUEJAS (Filipenses 2:14, Castilian)

Sin duda dirás: ¿Y qué pasa si mi queja es justificada? Vamos a ver. Existen causas justas como la injusticia, el abuso, la traición, el robo, la murmuración, la calumnia, el prejuicio, el daño físico infringido a tu persona o a tu familia, y otras muchas. Y si no hago nada al respecto, ¿no estaría eludiendo mi responsabilidad? ¡Correcto! Eres llamado a ser sal y luz de este mundo, a resolver los problemas que surgen en tu vida diaria, ejerciendo principios espirituales. Si no hicieras nada en tales casos, serías irresponsable y desobediente a Dios. Pero quejarte de tales cosas no es precisamente hacer algo, al menos según los parámetros de Dios. Veamos entonces; puesto que Dios no aprueba la queja, ¿cómo enfrento entonces las causas justificadas?.

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En primer lugar, no hagas nada hasta que no hayas hablado con Dios.

Si te tomas la molestia de buscar el consejo adecuado, darás los pasos correctos. La oración aclara tus alternativas y ordena tu perspectiva. También calma tu ira, devolviéndote la objetividad y el pensamiento racional. Es mucho más probable que des pasos correctos si lo primero que haces es buscar la sabiduría de Dios, como dice en Santiago 1:5: “Pídala a Dios”.

En segundo lugar, antes de decir o hacer nada, analiza cuál es tu actitud.

Haz un alto y pregúntate a ti mismo: ¿Qué es lo que estoy buscando aquí? ¿Es demostrarles que yo tengo razón y ellos no? ¿Es resolver este asunto de forma que yo parezca el bueno y ellos los malos? ¿Es obtener una victoria personal, o resolver el problema de modo que glorifique a Dios Antes de hablar, escudriña tu corazón: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Cuando la actitud de tu corazón agrade a Dios, entonces estarás listo para proseguir con cualquier reclamo justo.

EN TODO CUANTO HAGÁIS, EVITAD QUEJAS (Filipenses 2:14, Castilian)

Cuando tu reclamo es justo, primero habla con la persona con la que tengas el asunto pendiente. Cuando estás molesto, la tentación es decírselo a todo el mundo, porque lo ves como algo correcto, justificado y ¡hasta terapéutico! Algunos amigos, con sus mejores intenciones, promoverán ese tipo de comportamiento y hasta te ayudarán a divulgarlo. “Te sentirás mejor cuando te hayas desahogado” te dirán. Pero la Palabra de Dios condena resolver así las quejas. Si lo haces, echarás más leña al fuego, porque estarás desobedeciendo a Dios y no esperes que Él vaya a cooperar contigo si infringes su Palabra: “Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo estando tú y él solos; si te oye, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15).Para enfrentarte con tu ofensor a solas, necesitas demostrar valentía, humildad y sabiduría, sin embargo ése es el modo de Dios. Al hacerlo, queda contenido el conflicto, se minimiza el sentimiento de vergüenza y es mucho más probable que se llegue a una resolución y restauración, que al fin y al cabo es lo que Dios desea por encima de todo. Luego habla con amor, no con palabras hirientes. Haz que tus palabras sean conciliatorias, misericordiosas y encaminadas a hallar una solución, no procurando quedar tú siempre de pie. La Biblia nos dice: Siguiendo la verdad en amor, crezcamos (Efesios 4:15). El fin es tu crecimiento en Cristo; el hablar la verdad en amor es el medio para llegar a ese fin. Asegúrale al ofensor que tu meta no es humillarlo ni vengarte, sino resolver las diferencias, fortalecer la relación y honrar a Dios. En lugar de hacerte enemigos de aquellos que se te oponen, haz que lleguen a ser tus aliados y se unan a ti para un cometido que beneficie a todos y que glorifique al Señor.

EN TODO CUANTO HAGÁIS, EVITAD QUEJAS (Filipenses 2:14, Castilian)

Consideremos tres observaciones más acerca de la queja.

Primera: no hagas una queja sino una petición.

Aunque tu reclamo sea justificado, el receptor lo captará como queja, y eso hará que se reduzcan las posibilidades de un resultado satisfactorio. Sea cual sea la causa, es más probable que consigas lo que pides de buenas maneras a que se rectifique lo que has expuesto en tu queja. Si le preguntas a la otra persona si está dispuesta a modificar su forma de proceder, y lo haces con respecto y con claridad, eso evitará que haya disputas acerca de asuntos pasados que ya no pueden cambiarse, y siempre aporta mejores resultados.

Segunda: Cuando ya lo has dicho, deja que Dios actúe.

Sólo Él puede cambiar a las personas, así que quítate del medio, sé paciente y dale una oportunidad. ¿Pero no es necesario que alguien supervise la situación para comprobar que cambian de verdad? Pues no, ¡a menos que la persona en cuestión esté en la cárcel y tú seas su carcelero! Deja que Dios haga su trabajo, no te inmiscuyas en Sus asuntos y Él hará lo que tú no puedes, porque tiene recursos que tú ni siquiera te imaginas. Cuando se le deja que se encargue totalmente del asunto, ¡Él cumple su parte a la perfección!

Tercera: ¿Qué debes hacer mientras esperas que Dios actúe?

Bueno, o bien puedes quedarte rumiando la situación, con resentimiento, dándole vueltas a lo sucedido, o puedes aprender unas enseñanzas de José. Éste tenía motivos más que suficientes para quejarse del tratamiento recibido de su familia y para vengarse cuando se volvieron las tornas a su favor. Pero en lugar de eso, con gran sabiduría y consciente de cada paso, hizo lo que tenía que hacer: buscar los momentos estratégicos que brinda cada problema y determinar que él iba a ser parte de la solución. Así lo hizo, la familia fue reunida y Dios le ascendió a posiciones de mayor bendición. ¡Aprende de él!

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