¿Quién manda?

“Pero con el Señor su Dios no actuarán así, sino que buscarán el lugar que el Señor su Dios escoja de entre todas sus tribus para poner allí la residencia de su nombre, y allá acudirán para llevar sus holocaustos y sacrificios, diezmos, ofrendas elevadas, sus votos y ofrendas voluntarias, y las primicias de sus vacas y de sus ovejas; allí también comerán ustedes y sus familias delante del Señor su Dios, y se regocijarán en todo lo que hagan y en lo que el Señor su Dios les haya bendecido. No harán nada de lo que ahora hacemos aquí, donde cada uno hace lo que mejor le parece, porque hasta el momento no han entrado al reposo y a la tierra que el Señor su Dios les da. pero cruzarán el Jordán, y habitarán en la tierra que el Señor su Dios les da como herencia, y él los hará reposar de todos los enemigos que los rodean, y vivirán tranquilos” Deuteronomio 12:4-10

Muchas veces creemos que el propósito de nuestras vidas se resume en cumplir nuestros sueños, en lograr nuestras metas, obtener lo que anhelamos, llegar a nuestra “tierra prometida”, pero así como el pueblo hebreo, llegar a la tierra prometida es apenas el comienzo.


Dios sabe que obtener lo que queremos puede ser peligroso, porque podemos olvidarnos de la época donde no lo teníamos, o peor aún, olvidarnos del Dios que nos permitió alcanzar nuestros sueños.


Por eso Dios le dice a su pueblo, y nos dice a nosotros, que no vamos a hacer lo que queramos, que vamos a buscar su rostro a su manera y no a la nuestra, que mientras el mundo levanta altares donde quiere y como quiere, Dios nos indicará donde y como debemos adorarle y buscar su rostro ¡y eso está revelado en su palabra!


Dios nos dice a través de este pasaje: Puedes lograr el propósito que tengo para ti, puedo llevarte a la tierra prometida, puedo darte lo que anhelas, pero hay un precio, no actuarás como actúas en este momento, no puedes tomar decisiones sin consultarme a mi, no harás lo que quieras sino lo que yo quiero, y muchas veces no querrás hacerlo pero tendrás que hacerlo.  


Y yo me pregunto, en estos momentos ¿quien manda en mi vida? ¿Dios? ¿Yo? ¿Otra persona?


Lo bueno es que tenemos una hermosa promesa: si obedecemos a Dios, si cumplimos su palabra,  si le escuchamos, si le hacemos caso ¡nos regocijaremos en todo lo que hagamos!



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