(Cristo) abrirá, y nadie cerrará;cerrará, y nadie abrirá. Isaías 22:22; Apocalipsis 3:7.

Todo se abre

En el momento en que Jesús entregó el espíritu, todo se abrió (léase Mateo 27:50-54):

El lugar santísimo se abrió, el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo.
La tierra tembló y las rocas se partieron (abrieron).
Los sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían dormido resucitaron.
La boca del oficial romano y la de sus soldados se abrieron para declarar: Verdaderamente éste era Hijo de Diosí.

El acceso al lugar santísimo significa para nosotros que, por la muerte de Cristo, el camino hacia Dios está abierto. Los creyentes tienen plena libertad para acercarse a Dios. Cuando el Señor Jesús vuelva dirá a su Iglesia, constituida por todos sus redimidos: Sube acá. Pero también será el fin del tiempo de la gracia. Los que no hayan aceptado a Cristo como su Salvador se hallarán ante una puerta cerrada que nadie abrirá.

El terremoto nos recuerda que la creación también será liberada de la esclavitud de corrupción (por el pecado del hombre) para gozar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:21).

Los sepulcros abiertos de los santos confirman que los que creyeron en Dios, como Abraham, fueron justificados y salvos por la fe. Aparecieron en la ciudad como testimonio de la victoria de Cristo sobre la muerte, pero sólo después de la resurrección del Señor. Finalmente, el centurión, un hombre de las naciones, abrió su boca para confesar el origen divino del Crucificado. Abramos las nuestras para adorarlo.

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