Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu…
El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto,
y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera,
y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.

Mateo 27:50 y 54.

Confesión al pie de la cruz

       Entre los centuriones romanos que mandaban las fuerzas de ocupación en Palestina en el tiempo de Jesús, los evangelio de Mateo y Lucas mencionan a aquel que vigilaba la crucifixión de Jesús y de los dos ladrones. Quizás él había permitido que sus soldados se burlaran cruelmente de Jesús, que lo escupieran y lo golpearan. Sin duda, no era la primera crucifixión que presenciaba, pero esta vez quedo sorprendido; primero por la noble actitud de su víctima, quien no pensaba en sí mismo sino en los demás. Luego, en pleno mediodía, espantosa tinieblas cubrieron toda la tierra hasta que aquel que fue crucificado como el ?Rey de los judíos? exclamó solemnemente: ?Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?? (Mateo 27:46).

       Después, cuando volvió a aparecer el sol, Jesús expiró clamando a gran voz. Generalmente los crucificados morían por asfixia, cuando no tenían más aliento para expresarse.

       Por último, un terremoto sacudió las rocas. Entonces, delante de todo le centurión reconoció: ?Verdaderamente éste era Hijo de Dios?.

       Hasta el final, los jefes religiosos se endurecieron en su odio contra Jesús y rehusaron ver en él al Hijo de Dios. En cambio ese centurión, muy ajeno a la religión judía y no enceguecido por los mismo sentimientos, admitió las cosas como eran: sus ojos se abrieron ante la grandeza del Hijo de Dios que se hizo hombre.

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