¡Den gracias al Señor! ¡Proclamen su nombre! Cuenten a los pueblos sus acciones. Canten himnos en su honor. ¡Hablen de sus grandes hechos! Siéntanse orgullosos de su santo nombre. ¡Siéntase alegre el corazón de los que buscan al Señor! Recurran al Señor, y a su poder; recurran al Señor en todo tiempo (Salmo 105,1 - 4).

El ejemplo del juez injusto y la viuda pobre nos ilustra perfectamente cómo debe ser nuestra oración: insistente, perseverante, continua, hasta que Dios se moleste y nos atienda (Lucas 18,1 - 8). Es fácil orar un día, hacer una petición cuando estamos animados, pero mantener ese contacto espiritual diario cuesta más. Nos cansamos, nos desanimamos, pensamos que lo que hacemos es inútil porque parece que Dios no nos está escuchando. Sin embargo lo hace;  presta mucha atención y nos toma en serio porque somos sus hijos. Pero quiere que le insistamos, que vayamos todos los días a llamar a su puerta. Sólo si no nos rendimos nos atenderá y nos concederá lo que le estamos pidiendo desde el fondo de nuestro corazón. La Palabra es siempre activa en nuestro corazón y en el de los acontecimientos, pero muchas veces no la oímos, permanecemos envueltos en el silencio. Sabemos que el Señor nos da muestras de su poder; obedeciendo su órdenes toda la creación cambió por completo su naturaleza para
que sus hijos no sufrieran daño alguno (Éxodo 14,19 - 22). 

El Señor nos enseñó de muchas maneras la necesidad de oración y la alegría con que acoge nuestras peticiones. Él mismo ruega al Padre para darnos ejemplo de lo que habíamos de hacer nosotros. Bien sabe Dios que cada instante es nuestra existencia es fruto de su bondad, que carecemos de todo, que nada tenemos. Jesucristo quiso darnos todas  las garantías posibles, al mismo tiempo que nos mostraba las condiciones que ha de tener siempre la petición. El amor de los hijos de Dios debe expresarse en la constancia y en la confianza. Pidamos, busquemos, insistamos. Dios nos reserva lo que no nos quiere dar de inmediato, para que aprendamos a desear vivamente las cosas grandes. Orar y no desfallecer.

¡¡¡Espíritu Santo, ilumíname para entender los caminos de Dios y para no cuestionar ni dudar de su presencia. Lléname de reverente admiración y gratitud al contemplar su obra!!! 

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