La naturaleza de la murmuración

La murmuración no es un tema popular, pero sí una actividad popular. Muchas personas pasan gran cantidad de tiempo participando en conversaciones frívolas acerca de los demás, generalmente con la intención de dañar a alguien. A menudo, los creyentes son tan culpables de la murmuración como los no creyentes.

La Biblia pone a la murmuración dentro de un par de categorías detestables. Pablo la coloca en medio de pecados afines, como el engaño, la malignidad, la detracción y la soberbia (Ro. 1:29, 30); la murmuración es insidiosa, y está acompañada de crueldad y orgullo. Todas éstas son características de los “aborrecedores de Dios”, según el apóstol. En 2 Ti. 3:1-3 encontramos otra lista de pecados contra los cuales Pablo previene a Timoteo; allí, él coloca a la murmuración justo en el medio. Y, la lista que todos reconocemos es los Diez Mandamientos, una de cuyas órdenes finales es: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”.

La murmuración no cuadra con lo que somos como hijos de Dios. Así como no es posible que de una misma fuente salgan veneno y agua pura, tampoco es posible que de un creyente surjan una conversación que honre a Dios, y la murmuración. Si sale malignidad de nuestros labios, eso indica lo que realmente tenemos en el corazón. Pero Dios se ocupa de limpiar los corazones. Si damos un traspié, dejando que la murmuración, junto con la malignidad y el engaño, penetren en nuestra vida, debemos orar como lo hizo David: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (Sal. 19:14).

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