En el hermoso texto de Juan 2,13 – 22 se ve la actitud de Jesús por el templo, tal como debe ser considerado: la casa de Dios. No deja de sorprendernos ver a Jesús enfurecido, sacando a los mercaderes del Templo a latigazos. Tenía que defender algo sagrado: la casa de su Padre. Es lógico que se enfade por una situación como esa. ¿Qué haríamos nosotros si entrásemos en la casa de nuestros padres y aquello se hubiera convertido en un mercado persa? ¿Qué clase de hijos seríamos si no hiciéramos nada? Lo más probable es que siguiéramos el ejemplo de Cristo. Jesús amaba a su Padre infinitamente y no podía consentir aquel abuso; el amor apasionado le impulsaba a actuar de aquel modo: Me consume el celo por tu casa; en mí han recaído las ofensas de los que te insultan (Salmo 69,9). Luego, refiriéndose a su muerte y resurrección gloriosa, Jesús nos dice: Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo (Juan 2,19). Con esto nos hace ver que la presencia de Dios entre los hombres ya no estará simbolizada por un lugar material, sino en la persona  de Jesús (Juan 1,51; 4,21 – 24; Apocalipsis 21,22).

Somos templos hechos a la imagen de Dios y modelados por su propio Espíritu, y por tan insondable honor debemos esforzarnos por no dejar que jamás el pecado deshonre nuestros templos, mancillando el esplendor de la presencia del Espíritu y desfigurando la semejanza de Cristo en nosotros.
¿Acaso no saben ustedes que son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios vive en ustedesí Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo son ustedes mismos (1 Corintios 3,16 – 17). Hoy sigue habiendo mercaderes en el Templo; hay muchos hombres y mujeres cuyos templos están siendo profanados con todo tipo de abusos morales y físicos. Este panorama debería quemarnos las entrañas y suscitar en nosotros una pasión por lo que es sagrado: cada ser humano.

¡Cuántos atropellos a su dignidad! Cada aborto, cada violación, cada acto de esclavitud es una verdadera profanación. Como cristianos debemos salir en defensa de todos esos hermanos nuestros que sufren, pues en ellos está Cristo sufriendo también.

 

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza; nuestra ayuda en momentos de angustia. Por eso no tendremos miedo, aunque se deshaga la tierra, aunque se hundan los montes en el fondo del mar, aunque ruja el mar y se agiten sus olas, aunque tiemblen los montes a causa de su furia. Un río alegra con sus brazos la ciudad de Dios, la más santa de las ciudades del Altísimo. Dios está en medio de ella, y la sostendrá; Dios la ayudará al comenzar el día (Salmo 46,1 – 5).

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