Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mis culpas. ¡Lávame de mi maldad! ¡Límpiame de mi pecado! Reconozco que he sido rebelde; mi pecado no se borra de mi mente (Salmo 51,1 – 3).
 
De lo que son capaces los poderosos para apropiarse de lo que no es suyo, y para evitar ser descubiertos en sus desórdenes y desequilibrios personales (2 Samuel 11,1 – 27). Ante los hombres parecerán justos, pero no ante Dios pues Él conoce hasta lo más profundo de nuestros corazones. Cuesta permanecer fieles a Dios especialmente cuando el corazón del hombre se encuentra inclinado hacia el mal desde su más tierna adolescencia. Por eso no podemos buscar nosotros mismos el peligro, y si el peligro sale a nuestro paso debemos centrarnos en Dios para que Él sea nuestra fortaleza, nuestra defensa, nuestra roca de salvación. Si cometemos algún error no tratemos de lavarlo a nuestro modo; no tratemos de justificarnos a costa de la destrucción de los inocentes, pues eso en lugar de manifestarnos como salvadores nos manifestaría como sanguinarios, desequilibrados por el poder e incapaces de enfrentar nuestra propia vida.
 
Contra ti he pecado, y solo contra ti, haciendo lo malo, lo que tú condenas. Por eso tu sentencia es justa; irreprochable tu juicio. En verdad, soy malo desde que nací; soy pecador desde el seno de mi madre. En verdad, tú amas al corazón sincero, y en lo íntimo me has dado sabiduría (Salmo 51,4 – 6).
 
Dios nos quiere a nosotros, quiere que entremos en Alianza de amor con Él. Antes que nada nosotros debemos ser los primeros en convertirnos y buscar la salvación que Dios nos ofrece. Si queremos que la Palabra de Dios llegue a los demás debemos tener la apertura suficiente al don de Dios en nosotros. Al entrar en comunión de vida con el Señor Él quiere hacernos signos de su amor para cuantos nos traten. Es verdad que somos pecadores, pues ante Dios ¿quién podría mantenerse en pie? Pero Dios jamás ha dejado de amarnos. Por librarnos del pecado y de la muerte nos envió a su propio Hijo que murió clavado en una cruz para que fuésemos recibidos como hijos en la casa del Padre; y mediante su gloriosa resurrección nos dio nueva vida para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó.

Purifícame con hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Lléname de gozo y alegría; alégrame de nuevo, aunque me has quebrantado. Aleja de tu vista mis pecados y borra todas mis maldades (Salmo 51,7 – 9).

Vivamos plenamente nuestra comunión de vida con Cristo para que ya no seamos signos de maldad ni de muerte, sino de amor, de gracia y de vida. No importa lo que hayamos sido en el pasado. Por muy pecadores que hayamos sido Dios siempre está dispuesto a perdonar a quien vuelva a Él arrepentido, no sólo a pedirle perdón sino con la disposición de iniciar un nuevo camino a impulsos del Espíritu Santo que Dios ha derramado en nuestros corazones. No cerremos nuestro corazón a este día de gracia que Dios nos concede. Esforcémonos por conocer al Señor, experimentemos su amor misericordioso en nosotros y permitamos que su vida, la que Él sembró en nosotros (Marcos 4,26 – 29) como una semilla de la nueva vida produzca abundancia de frutos de buenas obras. Por eso las esperanzas de los hombres no pueden verse truncadas por aquellos que esperan de la Iglesia un poco más de paz, de alegría, de seguridad para sus vidas. Seamos el signo de Cristo que sale al encuentro del hombre para perdonarlo, para tenderle la mano en sus necesidades y para guiarle por el camino del bien hasta encontrarse con Dios como Padre. Que Dios nos conceda luz para saber reconocernos pecadores y nos dé sabiduría para saber confiar nuestra vida a Aquel que es el único que nos puede mantener firmes en el bien: nuestro Dios y Padre. Tal como la parábola de la semilla de mostaza (Marcos 4,30 – 32) al principio quizás no reconozcamos su presencia en nuestro corazón, pero el Señor siempre está en nosotros y anhela que encontremos reposo en su presencia.
 
¡¡¡Señor, has plantado la semilla de la vida nueva en mi corazón, por tu Espíritu Santo concédeme reconocer tu reino en medio de todos mis semejantes, y la gracia de venir a Ti para encontrar el descanso que todos anhelamos!!!
Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre Dios te mire con amor y te conceda la paz.
Protejamos nuestra Biodiversidad y el Medio Ambiente
Juan Alberto Llaguno Betancourt
Lima – Perú – SurAmérica

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