Él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota;
y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 

Juan 19:17-18.

Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.
Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí,
¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 

Mateo 27:45-46.

Jesús en el Gólgota

       Toda la humanidad fue representada en la cruz de nuestro Salvador, tanto las naciones distintas a Israel (gentiles), como los judíos; los hombres y mujeres a quienes él había venido a buscar y salvar le infligieron las peores afrentas. Él las experimentó con una sensibilidad muy superior a la de cualquier otro. Sin embargo, solo y frente a todos, dio prueba de una obediencia perfecta y así brilló con una dignidad sin par. Estaba allí para cumplir la voluntad de Dios, y nada lo hizo desistir en su determinación de ir hasta el final de su misión.

       Pero desde la hora sexta (mediodía para nosotros), el sol se ocultó en espesas tinieblas. Lo que ocurrió luego fue invisible a los ojos de los hombres. Jesús soportó la ira de Dios contra nuestros pecados; pagó nuestra deuda dando su vida en rescate por nuestros innumerables pecados. Él, el justo por excelencia, fue tratado como el peor de los pecadores, pues cargó con la iniquidad de todos los que creen en él. ¡No hubo nadie para ayudarle en esa lucha! Aun el cielo permaneció cerrado a su oración: ?Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado??. Acabada la expiación, entregó el espíritu y entró en la muerte para salir de ella victorioso tres días más tarde. ¡Gloria sea a nuestro Redentor!

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