La Biblia enseña claramente que todas las razas humanas provienen de Adán y Eva. Efectivamente, no hay ser humano que provenga de otro lugar.

Absolutamente toda la humanidad es descendiente directa de Adán, y posteriormente, de Noé. Por eso mismo, es un error garrafal pensar en términos de “razas” humanas. Existe una sola raza, la humana.

Los diferentes colores y demás características físicas que nos distinguen a unos de otros en la Biblia no son llamados “razas”, se llaman “naciones”.

Este concepto es el actual término “etnia”, que distingue a un pueblo que comparte ciertas características físicas y costumbres, lengua y tradiciones, aunque no pueda ser definido dentro de un límite geográfico bien definido.

La gran diversidad de rasgos físicos son simplemente la expresión de la variedad genética que Dios incluyó dentro de los géneros originalmente creados.

Cuando Dios envió el diluvio, todos los seres humanos murieron, a excepción de Noé y su familia, por lo que todos los que actualmente poblamos la Tierra descendemos de Noé. Nuestra línea podrá provenir de Sem, Cam o Jafet, pero es definitivo que Noé es nuestro antepasado, por lo que podemos considerar a todo ser humano nuestro pariente lejano o cercano.

Cada hombre que existe en este planeta (y aún los que viven en las estaciones espaciales) comparten genes con nosotros, y en algún momento de los 4000 años anteriores, sus antepasados y los nuestros fueron las mismas personas.

Es claro que hay distintos colores de piel, que se generalizan en blanco, negro y amarillo? pero las variaciones dentro de cada uno son casi infinitas. ¿Cómo se dieron?

Hay tres factores principales que pudieron haber causado las distinciones mayores.

Uno de ellos es la herencia y la relación con el ambiente. Las leyes de la herencia filtran ciertos genes de las generaciones sucesivas, produciendo retoños con características ligeramente diferentes y menor variabilidad genética.

Hemos oído hablar de los genes dominantes y los recesivos. Estos últimos se van perdiendo poco a poco, y cada vez es menos probable que los rasgos que ellos controlan se manifiesten.

Las preferencias culturales son otro factor, expresándose en gustos (al seleccionar a la pareja) y desagrados (los prejuicios). La crianza cultural de una persona determina en gran manera el tipo de persona que uno cree que es bello, y eso tiene mucho que ver con quién es elegido como pareja.

Si lo han notado, las parejas tienden a tener rasgos similares. Por lo general escogemos a un esposo o esposa que se parezca a nosotros mismos.

Los humanos también tienen prejuicios, que han sido causantes de guerras, genocidios, segregación forzada y aislamiento voluntario. Adolfo Hitler tenía una hostilidad irracional hacia los judíos y una marcada preferencia por la supuesta raza aria (que no existió en realidad).

Hitler fue un ferviente creyente en que solamente deberían sobrevivir los más aptos (según su propio criterio), en este caso, la gente blanca, de ojos azules, rubia y alta. El era de cabello oscuro y de baja estatura. Inclusive en su pasado hubo “sangre judía” pero eso no le impidió fomentar la predominancia de los arios y la destrucción de los judíos.

Su programa para eliminarlos fue el detestable resultado de creer en las teorías de Darwin. Y hay muchos otros pueblos que no se mezclan “racialmente” con sus vecinos, lo cual los aísla genéticamente y ha generado la separación geográfica de pueblos con diferentes aspectos físicos.

Las poblaciones pequeñas y asiladas tienden a casarse entre sí, y ese manejo repetitivo de los mismos genes elimina toda la diversidad que había en un principio en ese lugar.

Esto es lo que sucede con los pobladores de islas o de valles apartados.

Es a través de estos tres mecanismos que con el transcurso del tiempo obtenemos características genéticas únicas en ciertos lugares. Y si entendemos esto, podemos darnos cuenta de que los genes que Adán y Eva tenían fueron tan ricos que contuvieron todos los colores de piel, de ojos, de cabello y demás rasgos que ahora existen.

De hecho, conforme se va estudiando más profundamente el código genético humano, los científicos se han hallado con dos sorpresas:

la primera es que la diferencia entre cualesquier par de seres humanos (rasgos físicos) comprende tan sólo el 0.2%, del cual sólo el 6% está relacionado con lo que se pueden considerar ?características racialesí (esto es 0.012% del total).

La segunda es que comienzan a deducir que todos los seres humanos descienden de un antepasado común debido a la evidencia presentada por el cromosoma Y.

Esto apunta a que el relato de Génesis acerca de la creación es verdadero.

Cuando Dios creó al hombre, lo creó de tal manera que tuviera una riqueza genética extraordinaria que pudiera legar a sus descendientes.

Pero además de eso, los genes de Adán y Eva no solamente eran muy ricos en información distinta para ofrecer toda una gama de posibilidades a sus hijos y generaciones sucesivas, sino que también eran perfectos, es decir, en ellos no había deterioro ni mutaciones.

Ha sido como consecuencia de la desobediencia del hombre que la herencia genética ha ido decayendo y reduciéndose.Noé todavía debe haber heredado un rico abastecimiento de genes, que transmitió a cada uno de sus hijos.

Estos tres hombres, a su vez, combinaron su herencia con la de sus esposas (que debieron tener un potencial genético tan amplio como el de los varones), y he allí el origen de toda la gran diversidad de colores y formas que actualmente tenemos los seres humanos.

No es difícil para mí creer esto, pues he visto dentro de mi propia familia la expresión de una multitud de rasgos diferentes que provienen de las mismas dos personas: mis abuelos maternos. Mi abuelo era alto, rubio, de ojos azules.

Mi abuela es alta, también, pero morena, de cabello y ojos oscuros. Tuvieron catorce hijos: nueve varones y cinco mujeres. Entre ellos, hay un gigante de 2.05 metros, y un “chaparro” de 1.75. Hay una morena bajita de ojos verdes, y una blanca alta de cabello negro y ojos casi negros.

De hecho, las cinco mujeres son totalmente diferentes entre sí. Todas tienen distinto color de cabello que va desde el rubio hasta el negro. Hay ojos cafés (desde un tono casi miel hasta prácticamente negro), verdes, grises.

Entre los hombres los hay de rostro afilado y de cara redonda, de nariz recta, o larga o chata.

Entre ellos hay un leve aire de familia, pero uno no se da cuenta al primer vistazo de que son hermanos, especialmente si los que se están comparando son los más disímiles entre sí. Y ni me pregunten de la siguiente generación, a la cual pertenecemos mis 50 primos y yo.

¡Y qué tal la generación de nuestros hijos! Mis dos hijas son bastante diferentes entre sí, también: La mayor es de complexión muy delgada, blanca de cabello oscuro.

La menor es de complexión más robusta, y morenita con cabello color miel. Una de seguro va a ser muy alta, la otra tal vez no rebase 1.60 metros. ¡Qué sin fin de posibilidades hay en cada pareja al juntarse sus genes!

Así que no importa cómo nos veamos en el exterior, somos iguales en el interior:

todos criaturas especiales de Dios, hermanos de todos los demás seres humanos. “Si el mundo entendiera esto, cuántas guerras se evitarían” pero la evolución enseña que unos son más aptos, más bellos, más inteligentes y por tanto más merecedores de lo bueno que otros.

Con esto se perpetúa el odio irracional hacia aquellos cuyo aspecto difiere del propio.

La contribución de Darwin ha sido en detrimento de la paz y armonía entre la humanidad, ya que provee un razonamiento convincente para justificar el racismo.

¡Qué lastima que la mayoría de la gente prefiera creerle a él que a Dios!.

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