La mina terrestre del orgullo

Una mina terrestre es un dispositivo hecho para mutilar o destruir a cualquiera que lo haga disparar. Es un peligro oculto. Cuando uno descubre una mina terrestre, ya es demasiado tarde. Esto es tan cierto en nuestra vida espiritual como en el mundo fìsico. Satanás pone minas terrestres en el camino del creyente; es importante que aprendamos cómo detectarlas para proteger nuestra relación con el Padre celestial.

De todas las minas terrestres, el orgullo es la más engañosa. No perdemos tiempo para negar que ponemos énfasis en nosotros mismos, especialmente porque el orgullo es generalmente una manera de ocultar nuestros sentimientos de incompetencia. Con frecuencia, la persona orgullosa trata de atraer suficiente atención para llenar asì su vacìo personal.

Al igual que otras minas terrestres, el orgullo es un serio problema que estorba nuestra relación con Dios. Proverbios 16:5 dice: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón”. Dios se reserva palabras duras para el orgullo, porque Él sabe que esta actitud es una piedra de tropiezo para los creyentes. No podemos servir a Dios si estamos sirviendo a nuestra propia necesidad de ser adulados. Cuando Dios es expulsado de nuestras vidas, cometemos torpes errores. La obra del Espìritu Santo es expulsada de nuestra vida, porque confiamos en nuestro propio juicio en vez de buscar el consejo del Señor.

Como hijos de Dios, somos sus siervos, y no hay lugar para el orgullo en nuestra vida. Si tenemos éxito, eso no es una razón para sentirnos importantes. Debemos agradecer a Dios por su gracia y sus bendiciones.

Un corazón orgulloso:

El orgullo es engañoso. La persona orgullosa es a menudo la última que se entera de lo que hay en su corazón. Nuestra propia importancia nos hace desear ser el número uno. En vez de procurar ser mejores personas, estamos resueltos a ser mejores que los demás.

Para llegar a tener esa posición sobre los demás, constantemente estaremos apuntando hacia nosotros mismos como los mejores, y buscando la alabanza y los halagos de los demás. Muchas veces decidimos estar alrededor de personas importantes y apreciadas, pero tendemos a ignorar a los menos admirados. Esto es lo opuesto a la manera como Jesús trataba a las personas. Él mostró compasión hacia la mujer adúltera, pero se refirió a los fariseos como sepulcros blanqueados.

Mientras buscamos la prominencia exteriormente, nuestro espìritu se vuelve rebelde interiormente. Nos negamos a obedecer a Dios porque creemos saber más que Él.

Para dominar nuestra desobediencia y poner a nuestro orgullo bajo el control de Dios, tenemos que reconocer las partes especìficas de nuestra vida que han sido afectadas. Al confesar esas áreas, damos el primer paso hacia el sometimiento porque volvemos a centrar nuestra atención en Dios. Debemos estar vigilantes contra una actitud de orgullo. Podemos eliminarla si recordamos lo que Dios ha hecho en nuestra vida, y de lo que Él nos salvó.

El orgullo nos llevará a compararnos con los demás. Encontraremos a alguien a quien podamos aventajar en logros, o en ropa, o en inteligencia, pero la persona con quien debemos compararnos es Jesucristo, y siempre encontraremos que no estamos a Su altura.

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