Señor, abre nuestro corazón

Señor, siempre diré en mi canto que tú eres bondadoso, constantemente contaré que tú eres fiel. Proclamaré que tu amor es eterno; que tu fidelidad es invariable, invariable como el mismo cielo. Oh Señor, todos los seres celestiales alaban tu fidelidad y tus maravillas. Ningún dios, nadie en el cielo puede compararse a ti, Señor (Salmo 89,1 – 2; 5 – 6).

 

 

Para Jesús el mal físico (enfermedad, muerte) no pertenece al proyecto inicial del Creador sino que es una adición debida a la maldad de las criaturas. En la Biblia el pecado no es solamente la culpa de un individuo consciente, sino es principalmente un estado de cosas, una estructura. Esta estructura no es sin embargo tiránica con respecto a los hombres. Estos pueden vencerla, pero para lograrlo no deben olvidar la casi identidad entre mal y pecado. En una palabra: no se puede combatir el pecado humano sin al mismo tiempo, luchar eficazmente contra el mal que asedia al hombre.

 

 

Señor Dios todopoderoso, todo el poder es tuyo y la verdad te rodea; no hay nadie igual a ti (Salmo 89,8).

 

Dispuesto a demostrar la fuerza salvadora del evangelio del reino de Dios, Jesús empieza por comunicar al paralítico la buena noticia de la reconciliación con Dios. Los escribas no están de acuerdo: solamente Dios podría comunicar este gozoso anuncio del perdón de los pecados. El evangelista no disiente de ellos, ni mucho menos. Según los hebreos perdonar los pecados no era una tarea propia del Mesías. Jesús por el contrario, se comporta de hecho como si estuviera en el lugar de Dios. En este caso se llama a sí mismo hijo del hombre, para evitar el concepto tradicionalmente vinculado a la expresión Mesías. Jesús confiere el perdón liberando al hombre del complejo de culpa y posibilitando su relación con Dios. Los letrados están en lo cierto: esto es algo que sólo Dios puede realizar. La multitud lo entiende así: todos empiezan a intuir sobrecogidos que Jesús es Dios. Como signo de que el perdón de los pecados es una realidad, Jesús cura al paralítico devolviéndole su capacidad de movimiento y autonomía.

 

 

 

Oh Señor, feliz el pueblo que sabe alabarte con alegría y camina alumbrado por tu luz, que en tu nombre se alegra todo el tiempo y se entusiasma por tu rectitud. En verdad tú eres su fuerza y hermosura; nuestro poder aumenta por tu buena voluntad. Nuestro escudo es el Señor. Nuestro Rey es el Santo de Israel (Salmo 89,15 – 18).

 

 

La curación del paralítico es una válida síntesis de la palabra predicada por Jesús. El reino de Dios se aproxima porque Dios ha decidido ofrecer a los hombres su perdón. Los hombres podrán ser salvados; pero deben estar atentos a no confiar el término salvación a la zona de lo corporal o de lo espiritual exclusivamente. Un evangelizador que pretendiera limitar el anuncio del evangelio de Jesucristo al perdón de los pecados, sin implicar en ello el problema de la liberación humana (corporal, social, política, sería un traidor a la palabra anunciada por Jesús. Al revés: toda tentativa de liberar a la humanidad de sus alienaciones, que no tenga en cuenta la estructura de pecado que envuelve la existencia y la historia de cada uno y de la sociedad, tiene el peligro de desembocar en un fracaso completo. El evangelio es la buena noticia de la liberación total del hombre.

 

 

¡¡¡Señor, por el poder tu Espíritu Santo abre nuestro corazón para ver más claramente la realidad. Cúranos de antiguos conceptos que limitan nuestro entendimiento acerca de tu plan de salvación!!!

 

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Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre

 

Dios te mire con amor y te conceda la paz.

 

Juan Alberto Llaguno Betancourt

 

Lima – Perú – SurAmérica