Cuando la fe tambalea

"Pero luego fue a la montaña y se abrazó a los pies del hombre de
Dios.  Guiezi se acercó con el propósito de apartarla, pero el
hombre de Dios intervino:
-¡Déjala! Esta muy angustiada, y el Señor me ha ocultado lo que
pasa; no me ha dicho nada"-  II Reyes 4:27

La fe de la sunamita esta siendo probada, su pequeño hijo, el
milagro más hermoso que él le concedió yace en sus rodillas.

-¿Pero, porqué tuvo que pasar?-

Sus ojos ya perdieron el brillo de la fe, otra vez la sombra de la
duda ha perturbado su visión.
Sin vida el pequeño reposa en sus muslos, ella no pudo hacer nada
por salvarlo, pero si sólo hace un momento jugaba en el campo, ahora
todavía con hojas enredadas en sus rizos, con el sudor frío que
corre por su frente, pero sin el color rosado que embellecía aún más
sus mejillas.  Ya pasaron horas desde que regresó del campo, le
dolía su cabecita, su padre lo trajo, se lo dio a ella, lo puso en
sus piernas y ya no tenía vida.  Han pasado horas de esto y la madre
sigue en el  mismo estado, sigue mirando al niño sin vida, como
esperando que despierte, como velando su sueño,  cualquiera que los
viera a la distancia creería que son un hermoso  cuadro maternal.

-"El profeta es responsable, yo no le dije que quería este niño,
pero él me lo anunció sin que yo lo exigiera"-

Pero mi pequeña sunamita ¿no recuerdasí Esta criatura fue la prueba
incuestionable de la gracia divina, ¿por qué cuestionas la Palabra
de su siervo?

-El se equivocó, esta criatura no era para mí ¡por eso ahora me la
arrebatado el Señor!-

Pobre madre, su fe tambalea, su circunstancia es más grande que su
fe.

-Yo le hice su cuarto, puse unos lindos muebles, cuidé de Eliseo
(era la primera vez que no anteponía santo al nombre del profeta),
preparaba su comida, lavaba sus ropas, tendía su cama? ¡la cama!

¿Qué tiene la cama, que vas hacer, dónde vasí, el niño, ¿dónde lo
llevasí Espera sunamita estas desesperada lo entiendo, pero no hagas
locuras por favor.  Me duele tu dolor, tampoco entiendo el actuar de
Dios, sólo sé que todo se arreglará, por favor no pierdas la fe?

-¡La cama del profeta, ella será la fuente de la resurrección!-

¿La cama? No sabes lo que haces, estas aturdida por el dolor, esto
no le devolverá la vida a tu hijito, ¡espera no corras, el cuarto
del profeta está arriba, no podrás cargar al niño hasta allá!

La sunamita no me hace caso, corre hacia el segundo piso, el niño
muerto no le pesa, es como si una fuerza maternal la fortaleciera,
se mete en el dormitorio, acuesta al niño en la cama del profeta y?

-¿Dónde vas ahora?, ¿porque has acostado a tu hijo en esa cama?,
¿has cerrado la puerta del dormitorio y lo has dejado allí, a dónde
vasí- 

No oye nada, ha llamado a su esposo, ha solicitado un burro y un
siervo, no quiere dar explicaciones, corre en busca del profeta.

-¡Anda vamos! No te detengas hasta que te lo diga-

La sunamita y su criado están subiendo el Monte Carmelo, allá en la
cima vive el profeta, parece ir más presurosa que el propio asno.

-¡Mira! Allí viene la sunamita, corre a recibirla y pregúntale como
esta ella, su esposo y su niño-

Eliseo ha divisado la comitiva a lo lejos y Guiezi salió a
recibirlos, este siervo sale contento de repente les trae uno de sus
ricos platos favoritos, intento detenerla cuando llegó a ellos,
abrió su boca para preguntarles por su salud, pero ella
sencillamente lo ha ignorado, siguió corriendo hacia su objetivo. 
Guiezi no alcanza a comprender su apuro, corre detrás de ella y
sigue preguntando:  -¿Cómo están todos por Sunen?- 

-Todos están bien-

Respondió casi sin mirar al siervo, ya casi está frente a frente a
Eliseo, lo mira y de un solo impulso cae tumbada en los pies del
profeta, sus brazos aprehenden los fundamentos del Santo.  Estaba
determinada a comunicar su mensaje directamente al profeta, él fue
quien la bendijo, él tiene que ayudarme ahora que ya no tengo fe.

Guiezi miraba toda esta escena con extrañeza, se quedó de una pieza
ante el cambio de la noble mujer:

-¿Qué hacesí ¡Deja al profeta!  Mi Señor, no sé lo que le pasa, ella
no me hizo caso, no pude detenerla-

Eliseo no podía ver los ojos de la mujer, estaba tirada con su
rostro tocando el suelo, pero imaginaba que otra vez esos ojos
habían perdido la fe, expresaban ausencia de confianza.

-¡Déjala Guiezi! Esta muy angustiada, su fe tambalea-

Tumbada en el suelo, sin fe ni esperanza, todo comenzó cuando quiso
hacer algo bueno, ella ya se había resignado a ser estéril, su
alegría sería ser útil con lo que tenía, lo poco o mucho que poseía
sería su capital, invertiría todo con tal de no pensar en lo que
tanto soñó.

-Señor, ya me había resignado, tú me mentiste, ¿Acaso yo te lo pedí?
Si yo lo único que hice fue cuidarte, por qué me pagas con tanto
sufrimiento.  ¡Yo te rogué que no me engañaras!

Ella no estaba dispuesta a aceptar la pérdida de alguien que le
había sido negado por tanto tiempo, este bebé había abierto las
puertas a una fe especial al Creador de la vida, por qué ahora tenía
que comprobar su nueva fe, por qué tenía que tantear si era creyente
o no, ¿es esto una prueba? ¿Tiene que ser tan cruel?
Es tan difícil entender en la prueba, es tan duro tener fe cuando
todo es tan sombrío.

Eliseo no sintió remordimiento, sólo una ligera incomprensión, Dios
le había ocultado su propósito en ella, no le había dicho nada sobre
la prueba que la haría tambalear, seguramente que si lo sabía la
hubiese instruido, pero ahora debía hacer algo por ayudarla.

-"Guiezi toma mi vara y corre a la casa de Sunen, cuando llegues
coloca mi bastón sobre la cara del niño y?"-

Ella se paró inmediatamente, había escuchado la indicación de
Eliseo, pero no la convencía esta orden.

-¡No mi Señor! Le juro que no lo dejaré en paz si no viene conmigo. 
¡Ud. Tiene que venir conmigo!-

Guiezi nunca la convenció, le insistiría a Eliseo para que él mismo
vaya a Sunen.  Y así fue, el profeta no entraría esta vez a este
pueblo a descansar, hoy tenía una tarea, qué difícil labor
restituirle la fe.
Eliseo llegó a casa y Guiezi ya se le había adelantado, ya le había
hecho todo lo que profeta le indicó hasta que la mujer los
interrumpió, pero todo fue inútil, nada sucedió.  El niño seguía
muerto.

Eliseo entró al cuarto, cerró la puerta y oró (I Reyes 17:19-21)
Hace unos años atrás algo parecido le había sucedido a su Maestro
Elías, la viuda que perdió a su hijo también le rogó a Elías que la
auxiliara, Eliseo recordaba bien la escena, Elías se acostó sobre el
hijo de aquella viuda, entonces no lo pensó más, subió a la cama y
se tendió sobre el niño boca a boca, ojos a ojos y manos a manos,
hasta que el cuerpo del pequeño entró en calor.
Eliseo se levantó y se puso a caminar de un lado a otro del cuarto
volvió a tenderse sobre el niño y así sucesivamente por siete veces,
el pequeño respiró, el niño estornudó y milagrosamente abrió los
ojos ¡estaba vivo!.

La sunamita esta otra vez postrada, ha cogido los pies del profeta,
su rostro yace en tierra esperando, pero ahora escucha la voz del
hijo de sus entrañas, ha estornudado, ahora la llama, se levanta, su
fe ya no está tambaleando, sus ojos ya no están llenos de
incredulidad, la fe ha fortalecido su vida, ya no dudará más, la
prueba ha terminado.

¿Cuántas veces ha tambaleado tu fe? ¿Cuántas veces has renegado del
Señor?

"Mi pueblo está resuelto a renegar de mi nombre; por eso, aunque me
invoquen, no los exaltaré"  Oseas 11:7

Cuando todo parecía que estaba bien, cuando creíste que nadie te
haría llorar otra vez, cuando el recuerdo de esa vieja amargura casi
se había evaporado, otra vez el gigante aparece, te deja sin habla,
te roba dignidad, quiere hacerte dudar, ha venido a robarte la fe.

¡Ya estoy harto de esta vida! Por eso doy rienda suelta a mi queja;
desahogo la amargura de mi alma.  Le he dicho a Dios: No me
condenes.  Dime que es lo que tienes contra mí.  ¿Te parece bien el
oprimirme y despreciar la obra de tus manos mientras te muestras
complaciente ante los planes del malvado?
¿Son tus ojos los de un simple mortal? ¡Ves las cosas como las vemos
nosotrosí ¡Tú bien sabes que no soy culpable, y que de tus manos no
tengo escapatoria! Job 10

No mis amados hermanos, Dios no está enfadado contigo, él no es
complaciente con los malvados, la visión del Todopoderoso no es
como  del hombre, él no es tu adversario, no ha planeado tu castigo,
no quiere que pierdas la fe.
La bella sunamita tardó en comprender que Dios no era el ladrón de
su felicidad, pero cuando extendió sus manos al Creador, esa débil
fe le devolvió la esperanza.

"Pero si le entregas tu corazón y hacia él extiendes las manos, si
te apartas del pecado que has cometido y en tu morada no das cabida
al mal, entonces podrás llevar la frente en alto y mantenerte firme
y libre de temor.
Ciertamente olvidarás tus pesares, o los recordarás como el agua que
pasó.  Tu vida será más radiante que el sol del mediodía, y la
oscuridad será como el amanecer.  Vivirás tranquilo, porque hay
esperanza; estarás protegido y dormirás confiado"  Job 11:13-18

Si tu fe tambalea, extiende tus manos al cielo, él levantará tu
frente, olvidarás tus pesares y otra vez vivirás tranquilo y sin
temor del mal.

Dios te bendiga

Martha V. de Bardales 

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