Devocional Cristiano – Dulce oración de Ana

“Señor Todopoderoso, si te dignas mirar la desdicha de esta sierva tuya y, si en vez de olvidarme te acuerdas de mi y me concedes un hijo varón, yo te lo entregaré para toda su vida, y nunca se le cortará el cabello” I Samuel 1:11

Cada vez que Ana miraba el calendario se le llenaban los ojos de lágrimas, sobre todo cuando notaba que ya faltaba poco para un nuevo día de fiesta. -¿Por qué tendremos que celebrar tantas festividadesí- seguramente pensaba. -“Mi alma no tiene motivo para agasajar”- El esposo de Ana era un levita que cumplía con la costumbre de festejar cada festividad ancestral al pie de la letra, quizá por eso se mostraba todavía más dolida e incomprendida. -“Mi querido esposo Elcana, se le ve tan feliz cuando las fiestas están cerca, se le nota agradecido, creo que se siente bendecido por eso su satisfacción lo lleva a alabar con reconocimiento, pero yo en verdad, no tengo razón para estar satisfecha”- . La costumbre de ese pueblo era que cada hombre tenía que presentarse ante el Señor tres veces al año en el Santuario Central del Templo, eran fechas santas, días de alegría y gratitud, fiestas en honor al Señor.

“Tres veces al año harás fiesta en mi honor” Éxodo 23:14

“Nadie se presentará ante el Señor con las manos vacías. Cada uno llevará ofrendas, según lo haya bendecido el Señor tu Dios” Deuteronomio 16:16-17

-“Mis manos están vacías”- pensaba Ana, -“Mi alma no tiene dicha para agradecer”- Las caravanas de todos estos bendecidos venían repletas de ofrendas, todos jubilosos se preparaban con anticipación para traer al templo las primicias de correspondencia. -¡Como no dar gracias al Dios Todopoderoso, él ha sido bueno con nosotros!- Estas y otras frases parecidas se escuchaban entre toda esa multitud que llegaba a Silo para ofrecer sus sacrificios y ofrendas de paz. Pero entre tantas alabanzas y risas de gozo el profundo dolor de Ana desentonaba en esa congregación, su esterilidad era evidente, sus manos estaban vacías. El marido de Ana, conocía bien el dolor de su amada esposa, por eso a la hora de repartir las ofrendas que cada miembro de su familia pondría en el altar, le daba a Ana una porción mayor, una ofrenda especial: -“Nadie se burlará de mi Ana, nadie tiene por qué verla triste, sus manos no estarán vacías, le daré la mejor ofrenda que ninguna esposa pueda tener, todos verán cuánto amo a mi preciosa Ana, este año será diferente, mi dulce Ana no tendrá por qué estar triste, yo le daré la mejor ofrenda para el sacrificio- El dolor de Ana era el dolor de Elcana, su dulce esposa, hueso de sus huesos carne de su carne. Ana entró al Templo del Señor, otra vez este año de fiesta traía las manos llenas, eran las ofrendas que su esposo le había dado, pero su corazón seguía igual de vacío, su vientre seguía siendo estéril.

El sacerdote Elí ya estaba viejo, había delegado a sus hijos el trabajo de oficiar los sacrificios, se sentaba el anciano Elí en la puerta del Templo y desde allí observaba a cada uno de los fieles bendecidos trayendo sus ofrendas al Señor. De pronto se percató, en el altar estaba una mujer postrada en actitud de intenso dolor, parecía que estaba enferma, su cuerpo se sacudía, sus manos tapaban sus labios con fuerza, no alcanzaba a oír lo que decía, ni siquiera percibía un lamento, pero si era evidente que sufría. Siguió mirándola, estaba acostumbrado a ver a tanta gente venir a buscar refugio en el altar, no era raro que esta mujer estuviese allí, pero si había algo raro, no gritaba ni se quejaba, era tan común entre las plañideras que sus gritos lastimeros se oyeran entre la multitud, pero ella sólo lloraba en silencio. Pasaron horas y horas y esta mujer seguía en el lugar Santo, Elí temió que no fuera una mujer decente, -“Algo malo debe haber hecho”- Y sin pensarlo más se acercó a ella y la juzgó: -Mujer ¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Deja ya el vino!- Ana fue distraída de sus oraciones con las palabras acusadoras del sacerdote. -No, mi Señor, por favor no me tome por una mala mujer, he pasado tanto tiempo orando debido a mi angustia y aflicción, le he rogado a Dios que se acuerde de mi, he sentido que él se ha olvidado que existo, por eso he llorado desconsoladamente y le he rogado que mire mi desdicha- Elí no podía dejar mirar el rostro de Ana, su oración estaba cargada de sufrimiento, pero no dejaba de tener una dulce fe en medio de su dolencia. -Mi Señor Elí, le he prometido a Dios que si me concede un hijo varón, yo te lo entregaré para toda su vida- Elí no podía creer lo que estaba escuchando, no era necesario que lo entregase para toda la vida, el período normal de servicio de un levita era de 25 años solamente, no era necesario tanto? -Si mi Señor me da la gracia de tener un hijo se lo daré otra vez a él y nunca le cortaré el cabello- Ana siguió haciendo más votos al Señor. Elí se avergonzó por haber insultado a esta devota mujer: -Vete en paz- le dijo, -Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido. Cuando Ana se levantó del suelo, sucedió el milagro, su semblante en ese instante cambió, su rostro irradiaba de fe, sentía que sus manos, su corazón, su alma entera nunca más estarían vacías. Si, el Señor se acordó de Ana, y después de un año dio a luz un hijo y le puso Samuel, pues dijo: -“Al señor se lo pedí”-. El calendario anunciaba que era la fecha precisa para otra vez venir al templo trayendo las ofrendas de gratitud, esta vez Ana miró la fecha y la sombra de la vergüenza nunca más se asomó en su dulce rostro. Ana se volvió a encontrar con el anciano Elí, traía en sus manos un becerro de tres años, harina y un odre de vino, pero además al pequeño Samuel, recién destetado: -Mi Señor Elí, le juro que yo soy la mujer que estuvo aquí orando al Señor, éste es el niño que yo le pedí, y él me lo concedió, ahora se lo entrego, mientras viva estará dedicado a él- Elí cayó doblado de rodillas, la fe de esta mujer, su fidelidad y alegría eran un motivo para dar honra a Dios. Ana también se postró ante el Señor de la Vida y volvió a elevar una dulce oración, la fuente suprema de su alabanza, de la alegría de Ana no era el niño sino Dios quien respondió su oración:

-“Mi corazón se alegra en el Señor; en él radica mi poder, nadie es santo como el Señor; no hay roca como nuestro Dios. ¡No hay nadie como él!

Al pensar en la dulce oración de Ana siento que mi Padre me esta enseñando el modelo de oración que llega a su trono, la oración que él espera escuchar cada día de mis labios. Cuando medito en su Palabra estoy escuchando su sabiduría, me hace comprender sus propósitos, me aclara su plan. Pero él quiere que yo también hable, le de mis votos, le crea completamente, le pida y confíe. El poder de Ana, el poder de su fe, no eran su propiedad privada, este poder puede ser tuyo y mío, porque es el poder de Dios para hacer, para transformar, para devolver, para bendecir, para alegrar y para darme lo que tanto he anhelado. Mira tus manos, ¿están vacíasí El tiene el poder para llenarlas, haz tus votos, dale al Señor tu ofrenda de amor y él te quitará el oprobio, te dará el anhelo de tu corazón.

Te quiero mucho

Martha V. de Bardales