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Si nuestro evangelio está aún encubierto,
entre los que se pierden está encubierto. 
2 Corintios 4:3.

En la soledad del universo

       El 26 de julio de 1971 tres astronautas empezaron su vuelo a la luna en la nave espacial Apolo 15. Por lo que se sabe, cuando Jaime Irwin y David Scott alunizaron, Alfredo Worden permaneció en el módulo que giró alrededor de la luna. Durante tres días estuvo solo? y reflexionó. ¿Qué pasaría si la nave espacial se accidentara y no regresara a la tierra? ¿Si cambiara de rumbo y se perdiera en la profundidad del universo? De repente comprendió lo que significa «estar perdido».

       Sí, ¡ésta era su situación! Nunca se había preocupado por los propósitos divinos para su vida. Sintió que a causa de sus pecados no tenía una relación con Dios. Así tendría que estar perdido por la eternidad. Hasta entonces, a menudo se había tranquilizado comparándose con otros y diciendo: Lo que todos hacen no puede estar tan equivocado. Pero en el solitario módulo tomó conciencia de que tenía que vérselas con Dios solo. Una vez, quizásí muy pronto, tendría que comparecer ante él. Como astronauta siempre debía mirar la muerte a los ojos. Así fue como Alfredo Worden terminó por encontrar al Salvador: Jesucristo. Jaime Irwin experimentó algo semejante en la luna.

       Nosotros también deberíamos retirarnos del engranaje del mundo y tomarnos el tiempo para reflexionar en nuestra vida y el eterno porvenir. Pertenecemos bien sea al grupo de los que son salvados porque creen en el Evangelio, o al grupo de los indiferentes que se pierden. No hay otra alternativa. 
 

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