PERDONEMONOS A NOSOTROS MISMOS.

Autor desconocido

Nuestro perdón no será completo hasta que nos perdonemos a nosotros mismos. Aún al experimentar el perdón de Dios y de reconciliarnos con quienes nos han agraviado, a veces nos sigue faltando la paz. Esto puede ser por un espíritu no perdonador dirigido a nosotros mismos.

Dos hombres de la Biblia enfrentaron este problema intensamente. Uno es el discípulo Pedro, quien negó conocer a Cristo. Pedro debió haber recordado siempre el momento cuando el Señor pasó frente a él; acababa de decir por tercera vez que no conocía a Jesús.
El otro hombre es el apóstol Pablo, quien una vez se dedicó a erradicar el cristianismo.
Ambos hombres debieron de haber lamentado sus acciones, pero al saber que Dios había perdonado su pecado, no podían justificar el aferrarse a una amargura destructiva contra sí mismos.

Cuando nos castigamos a nosotros mismos recordando un pecado, se crea una nube de incertidumbre; nuestra propia falta de perdón destruye nuestra confianza en el perdón de Dios. Nos sentimos indignos no sólo del perdón, de las bendiciones, de las respuestas a la oración, y del amor del Padre celestial.

Imaginamos que nuestro pecado es demasiado grande para ser perdonado, pero nuestro Señor Jesucristo murió por todos los pecados que hemos cometido o que cometeremos.

Para liberarnos del rencor, tenemos que reconocer que lo tenemos. Luego nos arrepentiremos y confesamos a Dios que entendemos que la falta de perdón no está en armonía con Su Palabra y nos perdonaremos a nosotros mismos por fe, no sobre la base de los sentimientos, sino de las Escrituras.