Un Mensaje a la Conciencia

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3 ene 07

UN PEQUEÑO LADRÓN DE SIETE AÑOS
por el Hermano Pablo

La policía de Miami, Florida, estaba desconcertada. Se había producido, en un tranquilo vecindario, una serie de robos, y no se podía descubrir al ladrón. El valor de las cosas robadas ascendía ya a miles de dólares, y el misterio continuaba. Por fin, tras una severa vigilancia y el rastreo de pistas cada vez más seguras, aprehendieron al astuto ladrón.

Pero no lo llevaron a la cárcel ni lo entregaron al juez para que lo enjuicira. Lo entregaron más bien a su abuela para que le diera unas cuantas palmadas y lo vigilara mejor, porque se trataba de un niño de siete años. ¿Quién lo hubiera pensado?

«Es un chico extremadamente listo —comentó el detective Felipe Cowart—. La táctica que empleaba era siempre la misma. Llamaba a las puertas de las casas, y luego corría rápidamente para entrar por una ventana trasera. Así robó radios, relojes, pequeños objetos, monedas y joyas que ascendían a un monto de 400 dólares y más. El dinero que obtenía con la venta de esos objetos lo gastaba en dulces, cine y helados.»

Aquí tenemos una prueba más de que las malas inclinaciones están latentes en todo ser humano. He ahí un niño que a los siete años desarrolla una pasmosa habilidad para delinquir. No tenía cómplices; no tenía consejeros o directores; actuaba siempre solo, y jamás dijo a nadie de dónde obtenía dinero. Tenía el cuerpo de un niño de siete años, pero la mente de un delincuente adulto. Cuando se vio descubierto por la policía, rompió a llorar y pidió que lo llevaran a donde su abuela.

Lo cierto es que la naturaleza humana está corrompida de raíz. «Desde el cielo el S eñor contempla a los mortales, para ver si hay alguien que sea sensato y busque a Dios —dice el salmista David—. Pero todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Salmos 14:2,3).

La historia del niño de Miami debe hacernos reflexionar. No todos los niños tienen una propensión tan marcada hacia el delito. Pero aun en el corazón de la personalidad más pacífica y buena palpita el germen del mal. El estigma del pecado original lo llevamos todos.

¿Cuál es la solución? Es la sangre de Jesucristo, vertida en el monte Calvario como el precio de nuestra redención. Si creemos en Cristo y le entregamos nuestras necesidades y nuestros problemas, recibiremos de Él una nueva naturaleza, justa y limpia.

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