El que tiene sed, que venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.
 
Apocalipsis 22:17   
 
    El mal tiempo había sorprendido a tres montañistas. Había llovido durante horas. Los hombres se hallaban extenuados y uno de ellos estaba herido. Felizmente hallaron abrigo contra el viento y la lluvia en una cuenca rocosa. Llegó la noche y ninguno pudo dormir. A la mañana siguiente el tiempo había empeorado aún más. No podían pensar en ponerse en marcha. Ya estaba anocheciendo de nuevo cuando de repente oyeron voces en la lejanía: –¿Dónde están? ¡Contesten, los estamos buscando!

       Emocionados, los tres hombres dejaron su refugio, sin preocuparse por el viento y la lluvia que los azotaba. Un equipo de salvamento había subido desde el valle para buscarlos: –¡Aquí estamos!, respondieron, pero la tempestad ahogó sus gritos. Entonces empaparon con alcohol una manta, la encendieron y la agitaron como una antorcha. Era cuestión de vida o muerte. Luego oyeron la buena noticia: –¡Los vemos! ¡Aguanten! ¡Ya vamos! Y en poco tiempo los hombres fueron salvados.

       Por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, quien murió por seres pecadores, Dios quiere salvarnos y darnos la vida eterna. Nos llama a través del Evangelio. Pero para que podamos ser hallados y salvados, debemos responderle. Es necesario salir de la guarida de nuestra propia seguridad, de nuestro miedo, de nuestra indiferencia, de nuestra incredulidad, y reaccionar al llamado de Dios. La persona que permanece sentada en su autosatisfacción y no da una respuesta al Ser compasivo que lo busca, está perdida para siempre.

 



Santos Discípulos..

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