Un Mensaje a la Conciencia

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3 feb 07

CATÁLOGO DE MALAS PALABRAS
por el Hermano Pablo

El jefe de la oficina telefónica de Palermo, Italia, había cumplido años. Todas las telefonistas de su división le prepararon un regalo. Se trataba de un «Libro de Oro» regiamente encuadernado en cuero rojo de Rusia. Cuando el jefe abrió el libro, pensó encontrar poesías de Gabriel D. Annunzio o la Divina Comedia de Dante.

Pero no era nada de eso. El libro regalado por las telefonistas era una colección arreglada, en cuidadoso orden alfabético, de nada menos que 2.804 malas palabras que abonados iracundos dirigen a las pobres telefonistas cuando les dan un número equivocado.

El libro era todo un documento de mal gusto: el mal hablar, el mal pensar y el mal sentir desgraciadamente tan propio de la gente de este mundo.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Qué es lo que hace que la gente se enoje y profiera improperios y obscenidadesí La respuesta la encontramos en las palabras de Jesucristo: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Pero para que la boca humana pronuncie desafueros, el corazón tiene que estar sucio primero. Y aquí llegamos, sin hacer juego de palabras, al corazón del problema.

El sabio Salomón dijo: «Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida» (Proverbios 4:23). Si en el corazón albergamos odio, resentimiento, impaciencia y antipatía, no es extraño que nuestro lenguaje siga por el mismo camino. Por más que disimulemos y por más que intentemos ponerles freno a las palabras, a la menor provocación manifestamos por la boca lo que somos en el corazón.

Para que comprendamos perfectamente la gravedad de las consecuencias de esta tendencia, Cristo nos advirtió «que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado» (Mateo 12:36). De modo que si queremos un lenguaje limpio, equilibrado y justo, debemos empezar por limpiar y purificar el corazón, fuente de la vida. ¿Y cómo logramos esto? Acudiendo a la única fuente de vida a nuestro alcance, fuente de limpieza moral y espiritual: la sangre que Jesucristo derramó por nosotros.

Si creemos en Cristo y le damos la debida honra como Señor y Salvador, aceptándolo como Maestro y confiándole a Él la dirección de nuestra vida, limpiaremos y purificaremos todo nuestro ser interior y toda nuestra conducta exterior.

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