Esconde tu rostro de mis pecados,
y borra todas mis maldades.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí.
Salmo 51:9-10.

  
Al gran mal, gran remedio

       Dios, en su providencia, cuidó de proveer la Naturaleza con abundantes fuerzas reparadoras para hacer frente a los accidentes a que se exponen sus criaturas. De una herida abierta nace una nueva carne que termina por cerrar la llaga; a cada segundo el corazón envía a todo el cuerpo los elementos destinados a reconstituirlo. Innumerables aguas minerales surgen de la tierra, plantas medicinales crecen en todas las latitudes para alivio de diversas enfermedades. También hay en la sociedad serios desórdenes que la Ciencia y el genio humano son capaces de arreglar…

       Pero en el mundo existe un mal que ninguna fuerza natural puede curar. Ese mal se llama pecado. Si bien su origen no está en la Naturaleza, como una semilla que cae en un terreno propicio, él se desarrolla y pronto se multiplica con pasmosa velocidad. Ni en la Naturaleza ni en el individuo hay poder alguno capaz de acabar con él. La civilización, la instrucción, lo que se llama progreso, lejos de combatir ese mal no hacen más que refinarlo. Dios declara que "engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso" (Jeremías 17:9)

       ¿Cuál es el remedio? Dios dice en su Palabra: "Daré un corazón, y un espíritu nuevo dentro de ellos". Para eso es necesario "nacer de nuevo y recibir la nueva vida mediante la fe en la obra expiatoria de Jesucristo en la cruz.