“Bienaventurados los muertos que de aquí adelante mueren en el Señor. Si, dice el Espíritu que descansarán de sus trabajos; pero sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13)”

Bienaventurados los muertos, pero no todos los muertos, sino solo “los que mueren en el Señor”.  Es asombroso el número de personas que mueren.  “Los arrebatas como con torrente de aguas” (Salmo 90:5)

Casi cien mil es el número de muertos que se da cada día.  La vida es como un río de seres humanos que desemboca cada día en la orilla del gran mar de la eternidad. ¿Son todos los muertos bienaventurados? ¡Ah, no!

“Bienaventurados son los que de aquí en adelante mueren en el Señor”. De tan enorme multitud que cada día se introduce en la eternidad, sólo una pequeña compañía tiene la fe salvadora en el Señor Jesús. “Estrecha es la senda …. y pocos son los que andan por ella”.

No todos los muertos son bienaventurados. No hay ninguna bendición para los que mueren sin Cristo; se introducen en una eternidad de perdición, no perdonados y en su impiedad. Podéis colocar su cuerpo en un ataúd espléndido; podéis grabar su nombre con caracteres de plata; podéis acompañar sus  funerales de un hermoso coro de lamentadores seguidos de solemne luto, podéis depositar suavemente su féretro en la tumba, podéis rodearla del más verde césped y cubrirlo de las más fragantes flores; podéis esculpir un blanco mármol y grabar en él un sentido epitafio a su memoria; con todo no deja de ser el funeral de un alma condenada. Incluso podéis escribir “bienaventurado” donde Dios ha escrito “maldito”“El que cree será salvo, más el que no creyere ya es condenado”.

Consideremos ahora lo que implican las palabras “en el Señor”.

La unión al Señor tuvo un principio. Todo aquél que ha sido bienaventurado en su muerte ha sido convertido.  Aunque la palabra os disguste es así.  Fueron despertados para experimentar su condición de pecadores delante de un Dios tres veces Santo, empezaron a llorar, a orar, a llorar sus pecados, “Bienaventurados lo que lloran” (S .Mateo 5:4).

Sus corazones fueron quebrantados, y fueron poco a poco acercándose al Señor su Dios. Se dieron cuenta de que estaban perdidos, impotentes, sin esperanza; vieron que en modo alguno podían ellos ser justos delante del santo Dios. Vinieron a volverse como niños.

El Señor Jesús se les acercó y se les reveló a sí mismo. “Yo soy el pan de vida”. “El que a mi viene no le echo fuera”. Creyeron y fueron felices regocijándose en el Señor Jesús, contando todas las cosas como perdida por ser hallados en Cristo . Se dieron entonces a sí mismos al Señor. Así fue su principio, así fueron unidos a Cristo.

Queridos lectores ¿habéis tenido vosotros también este principio? ¿Habéis pasado y experimentado vuestra conversión, el nuevo nacimiento, habéis sido incorporados y unidos a Cristo?

Llama a esa experiencia por el nombre que quieras, ¿pero es la tuya, tu propia experiencia?  ¿Tiene algún lugar en tu historia este momento de tu unión a Cristo?

Algunos dicen: ” ¡Y yo que sé!  Si en algún momento de vuestra vida hubieseis estado en peligro de ahogaros y hubieseis sido rescatados por alguna mano y vueltos de nuevo a la vida  ¿no lo recordaríais hasta el momento de vuestra muerte?.

Mucho más todavía  lo recordaríais si hubieseis sido salvados por Cristo de un peligro mucho peor. Si vosotros hubieseis sido ciegos y por medio de una operación complicadísima, pero coronada por el éxito, recuperaseis la vista, ¿acaso lo olvidaríais?.

Así, que si verdaderamente habéis sido traídos a Cristo, nunca más podréis olvidarlo. Si no es así, en vuestros pecados moriréis; todavía estáis en la terrible situación del hombre natural, del hombre o mujer que no ha nacido de nuevo, que no se ha convertido.

Donde ha ido Cristo, vosotros no podréis ir. “Si no os arrepintiereis todos pereceréis igualmente”. “Buscad a Dios mientras puede ser hallado”  Pedidle la bendición de que os dé un corazón quebrantado. Que El te bendiga. Amén.

Por Carlos Moreno López

Escríbale al hermano Carlos Moreno López en el siguiente e-mail: carmoren2002@yahoo.es