En el huerto de Getsemaní, mientras Jesús oraba tan intensamente que su sudor caía hasta la tierra como grandes gotas de sangre, los discípulos dormían. Jesús vino a ellos y les preguntó: ¿Por qué dormísí (Lucas 22:46). ¡Qué dolor debía sentir el Maestro! Con ternura les advirtió: Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

       Apenas dijo estas palabras, se le acercó una tropa armada conducida por Judas, uno de los discípulos. El traidor entregó a su Maestro con un beso, señal convenida con los que le buscaban. Entonces Jesús preguntó: Amigo, ¿a qué vienesí (Mateo 26:50). Semejantes palabras habrían conmovido el corazón de Judas, si éste no hubiese sido tan duro como una roca.

       Luego llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote para condenarlo. En él no se halló ningún delito; sin embargo, esto no impidió que uno de los alguaciles le diera una bofetada. Y Jesús le dijo: ¿Por qué me golpeasí (Juan 18:23).

       Pero la pregunta más dolorosa fue la que Jesús pronunció en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46). Con estas palabras Jesús expresaba su extremo dolor al ver interrumpida, por primera vez, su comunión con Dios. La respuesta se halla en el Salmo 22:3: Pero tú eres santo, carácter que fue sobremanera realzado cuando Jesús, el santo Hijo de Dios, cargó con nuestros pecados

Ahora que te conozco permaneceré en ti siempre y tu en mi.