La felicidad de la edad avanzada

       Bienaventurado quien ve poco, no oye mucho y aprovecha estas circunstancias para escuchar en la tranquilidad lo que Dios tiene que decirle, sin que se deje distraer por su entorno.

       Bienaventurado quien puede aceptar la distancia que lo separa de las siguientes generaciones. Creció en otros tiempos, estuvo confrontado con otras maneras de vivir, pero puede transmitir el mensaje y proclamar que Dios nunca cambia y es eterno. Es el Dios de los padres y el Dios de los hijos, es el mismo en todas las circunstancias de la vida.

       Bienaventurado quien sólo puede llevar las cargas de los demás en oración… y así lo hace.

       Bienaventurado quien puede dejar su lugar y su influencia a sus sucesores, sin por eso manifestar malhumor y descontento.

       Bienaventurado quien, en su debilidad, hace la experiencia de que la gracia de Dios en todo le basta.

       Bienaventurado el anciano que sin dudas ni pesar gusta de la paz de Cristo. Puede dar testimonio a un mundo materialista de que en un tiempo en que muchas cosas cambian, ha conservado lo único que nunca se altera: la certeza de la existencia del amor de Dios y de su salvación eterna.

       Al hablar de parte de Dios, el profeta Isaías escribió estas palabras alentadoras y tranquilizadoras: "Hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré" (Isaías: 46:4).



Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares,
hasta que anuncie tu poder a la posteridad,
y tu potencia a todos los que han de venir.
Salmo 71:18.

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