Un Mensaje a la Conciencia


22 oct 07

de nuestro puño y letra
«QUIEN LO PIERDE, PIERDE UN TESORO»
por Carlos Rey

Cuentan que al Padre Pascual le estaban dando su banquete de despedida después de veinticinco años de trabajo en la parroquia que tenía a su cuidado.

A un político, miembro de la comunidad, lo invitaron a que pronunciara un breve discurso. Pero como el político tardaba en llegar, el buen sacerdote tomó la palabra él mismo para disimular el hecho de que su feligrés aún no había llegado.

—Mi primera impresión de la parroquia la tuve durante la primera confesión que me tocó escuchar —contó el párroco—. Pensé que me había enviado el obispo a un lugar terrible, ya que la primera persona que se confesó me dijo que se había robado un televisor, que les había robado dinero a sus padres, y que había robado también en la empresa donde trabajaba, además de tener relaciones sexuales con la esposa de su jefe. Por si eso fuera poco, dijo que en ocasiones se dedicaba al tráfico de drogas. Y por último, confesó que le había transmitido una enfermedad venérea a su propia hermana.

»Yo me quedé asombrado, asustadísimo… Pero con el paso del tiempo fui conociendo a más personas y vi que no eran todas así. Me di cuenta de que la parroquia estaba llena de gente responsable, con valores, comprometida con su fe. De ahí que los años más maravillosos de mi sacerdocio hayan sido estos últimos veinticinco.

En ese momento preciso llegó el político, y se le dio la palabra. Luego de pedir disculpas por haber llegado tarde, comenzó su discurso con estas palabras:

—Nunca olvidaré ese día, ya hace veinticinco años, en que llegó el Padre Pascual a nuestra parroquia. Tuve el honor de ser el primero que se confesó con él…

Más allá de aprender la lección de que la falta de puntualidad pudiera costarnos mucho, a todos los iberoamericanos nos convendría preguntarnos qué razones hay para ser puntuales, como se jactan de serlo otras culturas.

Una de las razones más válidas está encerrada en el conocido refrán que dice: «El tiempo es oro», ya sea, como dicen algunas variantes, de 12, 14, 18 ó hasta 24 quilates. De ahí esta otra variante que contempla las consecuencias de perder el tiempo uno mismo o hacérselo perder a los demás: «El tiempo es oro, y quien lo pierde, pierde un tesoro.» De modo que con ser puntuales, evitamos que se nos juzgue de ser culpables de desperdiciar tiempo valioso, sobre todo el tiempo ajeno.

Otra razón que podemos citar para ser puntuales es que así evitamos que se nos juzgue de creernos superiores a los demás. Se dice que en la China, cuanto más alta sea la posición que uno ocupe, más probable será que haga esperar a otra persona. Con razón que concluya al respecto el columnista Antonio Martín del diario La tribuna de Tegucigalpa: «¡La cultura de la puntualidad es un valor cívico de altos quilates, y hay que cultivarlo a toda costa entre los hondureños!» 1

Una razón más para ser puntuales es que así también evitamos que se nos juzgue de ser personas que no cumplen su palabra. Por eso el Maestro del libro de Eclesiastés, sin vueltas ni rodeos, nos exhorta a que cumplamos nuestros compromisos con los demás, comenzando con Dios mismo. Dice así: «Si le haces una promesa a Dios, no te tardes en cumplirla…. Recuerda que “vale más no prometer, que prometer y no cumplir”…. Tampoco te disculpes luego con el sacerdote, y digas que lo hiciste sin querer.» 2


1Antonio Martín, «La cultura de la puntualidad», La tribuna, 1 mayo 2007
2Ec 5:4,5,6 (TLA)

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