EL OCULISTA 

Una pequeña niña viajaba en tren con su mamá.  Imprevistamente, la pequeña sintió un fuerte dolor en uno de sus ojos.  Una partícula de suciedad había entrado por la ventanilla, y se había alojado en el globo ocular.  La madre entonces intentó aliviar a su hijita, pero sin resultado.  Un pasajero, sentado bien cerca, alcanzó a ver el esfuerzo inútil de l madre, y ofreció su ayuda.  Pero la señora rechazo con desconfianza el ofrecimiento. 

Al día siguiente, la niña fue llevada al oculista, ya que su dolor persistía y había aumentado.  ¡Y cual no fue la sorpresa de la madre, al descubrir que el oculista era aquel desconocido pasajero que el día anterior había ofrecido su ayuda en el tren, y que ella había rechazado!

En el viaje de la vida, con frecuencia Dios nos ofrece su ayuda.  Y por indiferencia o suficiencia propia la rechazamos, pensando que nosotros podemos arreglar por cuenta propia.  Y así suele irnos.  Fracasamos, sufrimos o nos estancamos, cuando con el Señor podríamos gozar de una vida plena y exitosa.  Ante los problemas y dificultades de la vida:

“Pidan y Dios les dará, busquen, y encontrarán, llamen a la puerta, y se les abrirá.  Porque el que pide, recibe; y el que busca encuentra, y al que llama a la puerta, se le abre.  (Mt 7,7-8)

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