«LO QUE SE DA NO SE QUITA»
por Carlos Rey

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¡No era justo! A otras jóvenes Dios las había hecho tan atractivas que jamás les había cruzado por la mente la posibilidad de quedarse solteras. Lo único que las preocupaba era tener que escoger entre la multitud de pretendientes interesados en proponerles matrimonio. En cambio, a ella Dios no le había dado atractivo alguno. Pero ¿qué ganaba con culpar a Dios y a los santos, cuando eran los únicos amigos verdaderos que tenía? ¿Acaso no era Santa Rita de Cassia la abogada de lo imposible? Tal vez si le pedía a Santa Rita que le concediera el milagro de encontrar novio, la santa viuda se apiadaría de ella.

Cuenta la leyenda que Santa Rita le consiguió novio en menos tiempo de lo que la joven esperaba, pero aun antes de que ella se acostumbrara a su compañía, el novio la rechazó y rompió su compromiso matrimonial. Ante eso la joven recurrió de nuevo a la santa milagrosa y le dijo: «¡Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita!». Lamentablemente, no se le concedió ese nuevo favor, y la pobre jamás llegó a casarse. A juicio propio, se quedó soltera; a juicio de la sociedad machista de su tiempo, solterona. 1

Si bien es lamentable que para la joven de esta leyenda no le sirviera de nada reclamarle a Santa Rita la restitución de lo que le había dado, es deplorable que le tocara afrontar el oprobio de la sociedad por el solo hecho de haberse quedado soltera. ¿Qué culpa tenía ella? A Dios gracias que Él, a diferencia de los hombres, jamás nos culpa de lo que nosotros no podemos cambiar. Nuestro Creador nos acepta tal cual somos, así como Él mismo nos hizo, y nos considera más que atractivos. Pero también nos considera responsables de nuestra conducta, y ha determinado no violar nunca nuestra voluntad. Si hay algo que Dios nos ha dado y que jamás nos ha de quitar es el libre albedrío, porque de lo contrario le serviríamos y le manifestaríamos amor por obligación y no de corazón. Y si lo que se hace a la fuerza no nos satisface a nosotros, que somos las criaturas, es porque tampoco satisface a Aquel a cuya imagen y semejanza fuimos creados.

Así como la joven de la leyenda, nosotros también culpamos a Dios de las acciones de nuestros semejantes, cuando Él no está haciendo más que respetar la voluntad humana. Quien rechazó a la joven no fue Dios sino el novio. De igual modo habrá hoy quienes nos rechacen, pero nunca nos rechazará Dios. Él nos acepta con todas nuestras imperfecciones cuando nos acercamos y le pedimos que nos transforme desde adentro. Acerquémonos, pues, agradecidos, y digámosle sin reclamos: «¡Santo Dios, Santa Trinidad, lo que tú das dura una eternidad!» 2
1     Gregorio Doval, Del hecho al dicho (Madrid: Ediciones del Prado, 1995), p. 53.
2     1Jn 5:13-15; Heb 4:15-16

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