Sea claro en su predicación

Primera parte por Alberto Samuel Valdés

Una de las ironías entre la situación de los predicadores y sus congregaciones, es que por un lado intentamos proclamar la verdad a nuestros oyentes, y por el otro a los feligreses les cuesta hablar sinceramente con nosotros. Al concluir el culto el pastor saluda a la gente, pero rara vez se escucha que alguien le diga: —Pastor, Dios lo ama y yo también. Sin embargo, debo decirle que ese fue uno de los sermones más aburridos y confusos que he escuchado en mi vida. En realidad no sé ni cómo usted mismo lo pudo soportar.

Al contrario, no importe la calidad o claridad de nuestra prédica, siempre hay unos pocos que dicen: —Muy buen mensaje, pastor.
Los más sinceros sencillamente nos dan la mano y no comentan al respecto. No obstante, después camino a sus casas tal vez se quejen de nosotros (algunos con más misericordia que otros), o quizás sientan confusión, frustración e insatisfacción.

Seamos sinceros: nos cuesta criticarnos a nosotros mismos. Es natural que tratemos de buscar lo más positivo en nuestra predicación y protegernos de verdades que tal vez nos duelan. Por lo tanto, es fácil acostumbrarnos a patrones que obstruyen la comunicación en vez de facilitarla. A la vez, en nuestro corazón sabemos que podemos predicar mejor.

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