El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza. Romanos 15:13.

Esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado. 1 Pedro 1:13.

Toma y lee

En un sofocante día de verano del año 386, en África del Norte, el joven Agustín estaba sentado en el jardín de su amigo Alypius. Aunque era un brillante profesor de retórica, sentía que su vida inmoral lo conducía a la nada; su conciencia estaba atormentada.

En el jardín vecino un niño estaba cantando: «Toma y lee… toma y lee». Agustín tomó un rollo de pergamino que estaba en la mesa baja a su lado. Era una copia de la epístola del apóstol Pablo a los cristianos de Roma. Empezó a leer. Sus ojos se detuvieron en esta frase: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, si no vestíos del Señor Jesucristo” (Romanos 13:13-14).

La conclusión fue clara: debía abandonar su mala conducta y seguir a Cristo. Ese día este joven se convirtió y su vida cambió totalmente. Después, fue conocido por sus numerosos escritos bajo el nombre de «San Agustín». Las oraciones de su madre habían sido oídas.

Detrás del progreso de la ciencia y de la tecnología, nuestro siglo oculta una real desesperación: la juventud cuenta con una elevada tasa de suicidios y notables manifestaciones de violencia, signos de un profundo malestar. ¿La solución se halla acaso en los placeres, en el trabajo, o en algún ideal? No, la única esperanza para aquel que reconoce su ruina moral es Jesús, el Salvador que Dios nos dio.

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