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Jesús y La Higuera Estéril

La Higuera Estéril

Jesús Maldice un árbol que no da fruto (Marcos 11:11-26)

Este acto de Jesús es insólito y se comprende inmediatamente que tiene un significado simbólico. No es el árbol lo que le interesa. Con el árbol, Jesús quiere expresar cuanto le importa el destino del pueblo elegido. Sobre el pueblo de Israel reposa una bendición divina especial. Bendecir una cosa significa darle un destino sagrado y desear que produzca efectos buenos.

Cuando Dios crea a los animales y al hombre, los bendice (Génesis 1:28); la Biblia explica que por este motivo reciben la capacidad de crecer y multiplicarse. El término contrario a «bendecir» es «maldecir», es decir, no desear ni la vida ni otros beneficios para aquello que se maldice.

El pueblo de Israel ha llevado consigo, de generación en generación, una bendición especial de Dios, que pasaba de padres a hijos. ¿Cual ha sido el resultado? Que el pueblo de Israel no ha dado fruto y ha perdido la fe de Abraham.

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Así sucede con el alma bendecida por Dios. En la Iglesia, la primera bendición es el bautismo, pero a esta bendición le debe corresponder la colaboración humana para que el bautismo no sea en vano.

No encontró más que follaje. Las hojas de la higuera son grandes, verdes. Por eso, se plantaba delante de las casas para gozar de su sombra. Pero las hojas sin fruto son símbolo de vanidad, de superficialidad, como puede suceder, con el tiempo, a los ideales, a la religión e incluso a la oración. Las costumbres exteriores, las manifestaciones, se mantienen más por el espíritu que las genera.

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En sus recuerdos de viaje, L. N. Tolstói cuenta de un oficial del ejército con quien viajo que, antes de acostarse, colgaba un icono en la pared y recitaba una oración. Un día, Tolstói comento este hecho diciendo: ¿Tu lo sigues haciendo?.

Al día siguiente, el oficial no lo hizo, ni lo hizo nunca más. Tolstói se pregunta, ¿es posible que uno pueda perder la fe por un pequeño comentario que se le haga?. Ciertamente no. Aquel hombre hacia tiempo que ya no creía, su oración era solo una costumbre externa. Una pequeña observación dirigida a él le hizo ver que ya no era necesaria.

Entonces, ¿Que hacer? De vez en cuando conviene verificar nuestras costumbres religiosas y renovar el espíritu. Los ejercicios espirituales sirven, precisamente, para esto.

No era tiempo de higos

La higuera da fruto dos veces al año. Los primeros no son muy sabrosos, los segundos, al final del verano, son los mejores. Parece extraño que el Señor busque higos en una estación en la que el árbol no los produce, pero este hecho sirve, evidentemente, para introducir la parábola que se sigue.

El trigo se recoge en su momento o nunca, mientras que los frutos se recogen cuando están maduros. Cada planta tiene el propio tiempo de maduración de su fruto: por ejemplo, todos los manzanos florecen en primavera, pero dan fruto en otoño.

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Sin embargo, el hombre no sabe cuando llegara Dios, no conoce ni el día ni la hora de su venida (Mateo 24:44). Por lo tanto, debemos estar siempre preparados. Algunos están ya maduros para el reino de Dios desde jóvenes, otros en edad adulta, otros en la vejez.

Un consejo: haced el bien como si debierais morir hoy mismo, el mañana o no existirá o será un nuevo regalo de Dios, con una nueva misión.

El naranjo se comporta precisamente así: mientras da fruto comienza a florecer de nuevo, como debe ser una vida buena.

Prepara el futuro, pero haz que tu presente ¡sea útil y fructífero!

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