Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida,a mí me resultó para muerte.Romanos 7:10.
Epístola a los Romanos

Vendido al pecado (Leer Romanos 7:13-23)

 

Estos versículos se han comparado con los vanos esfuerzos de un hombre atrapado en arenas movedizas. Cada movimiento que hace para liberarse lo hunde aún más. Al verse perdido, grita pidiendo socorro.

Moralmente, este drama ilustra la historia de muchos hijos de Dios durante el período que sigue a su conversión. El recién convertido sufre cada vez más una nueva derrota, se hunde más y más. Vuelve a hacer lo que aborrece, aunque desea tanto hacer el bien. El apóstol se pone en el lugar de tal creyente y nos describe su desesperación (si no fuera salvo, por un lado no tendría estas luchas, y por otro no encontraría su felicidad en la ley de Dios, v. 22).«¡Ay!», exclama este hombre. «En lugar de ir de progreso en progreso, me siento cada día más malo.

He descubierto sucesivamente que estaba “bajo pecado” (Romanos 3:9), que éste reinaba sobre mí (5:21), que me dominaba (6:14), que me tenía cautivo (7:23) y que “mora en mí” (7:17, 20), tal como una enfermedad insidiosa que hubiera tomado posesión de mis centros vitales. Cuerpo de muerte, ¿quién me liberará de él? Yo me reconozco incapaz, sin fuerzas; estoy dispuesto, pues, a recurrir a Otro y Jesús me toma de la mano».

Nosotros también necesitamos esta experiencia, si de verdad queremos vivir con Dios y el Señor Jesús. Eso no significa que esta lucha tenga que durar toda la vida, pues hay un remedio: Desde el momento en que no espero más nada de mí, puedo esperarlo todo de Cristo.

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