Todos me desampararon… Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas.2 Timoteo 4:16-17.

Aunque ande en valle de sombra de muerte,no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.Salmo 23:4.

 

La soledad, un camino hacia Dios

 

La soledad del anciano en el atardecer de su vida, la soledad del joven en su habitación de estudiante, la soledad debida al duelo, a la enfermedad… puede alcanzarnos un día u otro. A menudo es un sufrimiento causado por la separación, por sentirnos abandonados, pero a veces también es el sufrimiento de estar frente a uno mismo sin máscara ni protección.

Por otra parte, podemos estar rodeados de colegas o de amigos y al mismo tiempo sentir esa frustración; porque esa necesidad de comunicarse, de amar y ser amado no siempre está satisfecha.

La soledad física puede ser como un desierto en nuestra vida, pero también puede ser un camino hacia Dios. Jean-Paul Kauffmann, secuestrado y mantenido cautivo en el Líbano entre los años 1985 y 1988, escribió: «¿Cómo se manifiesta Diosí ¡En el silencio, a través del aislamiento, la soledad y el renunciamiento! Por supuesto, no añoro la época en que estuve prisionero. Pero debemos constatar que la vida de un hombre libre a menudo lleva a la distracción y dispersión de la personalidad. Entonces se pierde esa proximidad con Dios».

A veces es Dios quien nos lleva aparte para que estemos un momento a solas con él; de este modo tiene toda nuestra atención. No esquivemos esas citas que él desea tener con nosotros, lejos del torbellino de las ocupaciones. ¿Tendremos miedo de estar en su compañía?