Oh Señor, muéstranos tu amor, y sálvanos [Salmo 85,7]

 

Lo que nos une en la Iglesia, el Nuevo Pueblo de Dios, no es el cumplimiento de la Ley sino el mismo Espíritu, quien habita en cada uno de nosotros como que somos un Cuerpo del cual Cristo es Cabeza [Efesios 2,13-15]. A este Pueblo de Dios está llamada toda la humanidad, pues es por medio de la fe que entramos a formar parte de él; y la fe no es algo impuesto desde fuera, sino una decisión personal donde aceptamos unir nuestra vida a Cristo, que nos llama para llevar a cabo con nosotros una Nueva y Eterna Alianza, en la que el Padre Dios se compromete a ser nuestro Padre y nosotros a ser sus hijos, por nuestra unión a su Hijo unigénito, hecho uno de nosotros, Cristo Jesús. El mayor tesoro que poseemos los creyentes en Cristo es tener a Dios por Padre, y atesoramos para el Reino en la medida en que nuestra vida se convierta en motivo de paz, de alegría, de esperanza, de seguridad, de apoyo, de socorro para nuestro prójimo. 

 

Dios quiso formar una nueva humanidad, unida en Cristo y reconciliada con el Padre. En Cristo nos reconciliamos con Dios, y se pone fin a toda hostilidad [Efesios 2,16-17]. Los cristianos somos hijos amados de Dios, y como tales recibimos una magnífica herencia. Podemos acercarnos al Padre por un mismo Espíritu; y podemos compartir con el pueblo santo los mismos derechos, y ser miembros de la familia de Dios. Somos un edificio levantado sobre los fundamentos que son los apóstoles y los profetas y crecemos para llegar a ser un templo en el cual Dios vive por medio de su Espíritu. [Efesios 2,18-22].

 

Vivamos nuestra unión a Cristo como un serio compromiso de manifestarnos desde Él como hijos de Dios. El hecho de conocer la herencia que hemos recibido en Cristo nos infunde esperanza y nos ayuda a permanecer cerca de Dios, creciendo en sabiduría y conocimiento. A través de Cristo y de la oración tenemos acceso al Padre, y la unidad con los demás fieles nos permite ser testigos ante el mundo de la vitalidad de la iglesia de Dios; y podemos confiar que, gracias a la sangre de Cristo, somos llevados al trono de Dios para recibir su herencia gloriosa [Efesios 2,13]. Somos hijos adoptivos, pero igualmente herederos de la plenitud de nuestro Padre y de su reino.

 

Escucharé lo que el Señor va a decir; pues va a hablar de paz a su pueblo, a los que le son fieles, para que no vuelvan a hacer locuras. En verdad, Dios está muy cerca, para salvar a los que le honran; su gloria vivirá en nuestra tierra. El amor y la verdad se darán cita, la paz y la justicia se besarán, la verdad brotará de la tierra y la justicia mirará desde el cielo. El Señor mismo traerá la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de él, y le preparará el camino [Salmo 85,8-13]

 

Protejamos nuestra Biodiversidad y el Medio Ambiente [Génesis 2,15]

Juan Alberto Llaguno Betancourt

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