Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.Romanos 5:6 y 8.

Él pagó por mí

Un predicador anunciaba el Evangelio en una ciudad de Canadá cuando un hombre ebrio entró en la sala y provocó desorden. Trataron de hacerlo salir, pero él consiguió liberarse e hirió al evangelista. La policía tuvo que intervenir, y un mes más tarde nuestro hombre se halló ante los tribunales. Se le impuso una multa, pero como no podía pagarla, tendría que pasar algunas semanas en la cárcel.

El predicador asistió al proceso. Cuando se levantó la sesión, pidió que le permitieran pagar la multa. El juez vaciló, pero no se lo pudo rehusar. Hizo volver al condenado y le dijo: -Usted está libre. Alguien pagó por usted: -¿Por mí? ¿Quién quisiera pagar por mí?-Aquel a quien usted hirió, respondió el juez.

Conmovido y con lágrimas en los ojos, el hombre se volvió hacia el creyente y le estrechó la mano con agradecimiento.

Este relato nos muestra cómo el Evangelio concilia la justicia y el amor. El predicador no impidió la acción de la justicia. El hombre reconocido como culpable debía pagar la multa. En cambio el predicador, por pura bondad, quiso pagar en su lugar. Ocurre lo mismo con el Evangelio. Todo pecado debe ser castigado. Dios no renuncia a su justicia, pero por amor dio a su Hijo para que cargara en nuestro lugar con el castigo de nuestras faltas. Así Jesucristo se hizo cargo de la deuda que habíamos contraído al ofender a Dios. Él pagó en nuestro lugar y somos libres si le aceptamos.

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