Cada uno es tentado,cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.
Entonces la concupiscencia,después que ha concebido, da a luz el pecado.Santiago 1:14-15.

 

 

Un último balance

El último balance de nuestra vida contendrá la suma final de todos nuestros actos, sean buenos o sean malos. ¿Comparará Dios el valor de unos y otrosí Algunos piensan así y acusan a Dios de no ser justo.

¡Ante todo determinemos que nunca es el acusado quien define las reglas de su juicio! El legislador es Dios mismo y él es también el gran juez. Él “solo es el dador de la ley” (Santiago 4:12). De ahí la importancia de conocer y respetar sus leyes morales. Él dictó esas reglas y las hallamos en las Sagradas Escrituras. Al leerlas, cada uno constata que es incapaz de respetar todas las leyes divinas. Sin excepción, todos, pues, somos encerrados bajo la misma condenación.

Quizás usted diga: -No he matado a nadie, nunca he engañado a mi cónyuge, soy una persona honesta. Además, ¿puede asegurar que ha cumplido aunque sea sólo con el primer y gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”? (Mateo 22:37). ¡Cuidado! Dios conoce nuestro corazón. El odio, la ira, la codicia, etc. es pecado.

Para no ser condenado, es necesario que todo el pecado de mi vida sea borrado. Sólo hay una solución: arrepentirme ante Dios y aceptar a Jesús como Salvador. Él llevó todo el peso de mi culpabilidad en la cruz. Entonces todo mi pasado desaparece y soy hecho perfecto para siempre (Hebreos 10:14). Dios, el supremo juez, es quien lo declara.