El dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos,para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo.2 Corintios 4:4.

 

No hay peor ciego que el que no quiere ver

 

«Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos». La experiencia humana comprueba esta muy conocida sentencia.

La curación de un ciego de nacimiento fue una prueba indiscutible de que Jesús era “de Dios” (Juan 9:33), que era el Mesías prometido, según las palabras del profeta Isaías: “Te pondré… por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos” (42:6-7). Los rabinos, escribas y fariseos lo sabían bien. Sin embargo, cuando el mendigo ciego volvió sano del estanque de Siloé, rehusaron creer. Le interrogaron largamente a él y a sus padres, buscaron poner en tela de juicio su buena fe, lo injuriaron y lo echaron de la sinagoga. Jesús lo encontró fuera y se reveló a él como el Hijo de Dios. El hombre pudo ver con sus ojos y con el corazón a aquel que lo sanó; entonces lo adoró.

Los verdaderos ciegos son los que están en las tinieblas morales. A éstos Jesús les dice: “Porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Juan 9:41). Y también: “¡Fariseo ciego!” (Mateo 23:26).

Ningún milagro convence a aquel que ha decidido rechazar a Jesús. El incrédulo niega lo evidente. No puede creer, porque como dice el versículo del encabezamiento, sus ojos son cegados y su corazón endurecido. Pero el que abre su corazón al amor del Señor Jesús será definitivamente transformado