Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio.Proverbios 18:13.

Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar.Santiago 1:19-20.

 

Escuchar a los demás
En 1864, poco antes de la abolición de la esclavitud y después de una entrevista con el presidente Abraham Lincoln, se escribió: «Sujeto a presiones de toda clase de reivindicaciones contrarias, rodeado de traidores, de los que querían a toda costa la liberación de los esclavos y de los conservadores no menos convencidos (de no liberarlos), Lincoln los escuchaba a todos, midiendo las palabras de cada uno».

Escuchar atentamente a una persona es una señal concreta de respeto hacia la misma. Es una cualidad rara en nuestro mundo donde, como se ha dicho, nadie escucha a nadie. Pero, ¿a quién debemos escuchar? En primer lugar y ante todo a Dios. Él nos habla por medio de la Biblia, su Palabra escrita. Escuchar a Dios produce fe y la enriquece al darnos a conocer su amor. Pero como somos exhortados no sólo a amar a Dios sino también a nuestro prójimo. Tomar el tiempo para escuchar a nuestros semejantes manifiesta cortesía y respeto de nuestra parte, profundiza nuestras recíprocas relaciones y, ante todo, constituye la auténtica prueba de nuestra humildad y amor cristiano.

Sí, debemos rehusar prestar oído firme y constantemente a todo lo que es falso, injusto, inamistoso e impuro. En cambio debemos escuchar atentamente la instrucción, el consejo, la reprensión y corrección, así como la opinión de los demás, sus preocupaciones, problemas y dificultades. Aprendamos a escucharnos unos a otros.

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