“Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí”
(Hebreos 10:7).

Philip Dickerson, un predicador ya bastante de edad, que murió el 22 de octubre de 1882, habló poco antes de su muerte: “Hace setenta años atrás el Señor me convocó para servirlo sin yo tener una personalidad o carácter. Él me revistió de poder y me dio personalidad y carácter y, por Su gracia, yo los he mantenido hasta el día de hoy.” (Charles Haddon Spurgeon)

Cuando Dios nos llama, nos adorna y nos concede las cualidades necesarias para hacer su obra. Si no sabemos predicar su Palabra, Él nos da poder y elocuencia. Si no sabemos orar, nos enseña a estar en íntima relación con Él.
Si nuestra vida espiritual es flaca e insípida, Él a hace arder y brillar abundantemente.

Él nos moldea según su voluntad y pasamos a tener un nuevo sentido de vida. El mundo, que nos atraía, ahora no tiene más ninguna importancia. Todo se hace nuevo y nuestros objetivos son diferentes. El amor del Señor llena nuestros corazones de regocijo y no hay nada que nos dé más placer que estar delante del altar del Señor para que nos dirija por las sendas de la dicha.

Andar en la presencia del Señor y atender a Su llamado para estar en Sus filas es algo indescriptible. Es una bendición que permanece para siempre. El predicador de nuestra historia podía, setenta años después, se alegraba con todo cuanto Dios había hecho en su vida despues de decir: “Sí, Señor, usame como quieras”. Lo mismo acontece con todos aquéllos que abren el corazón para Cristo, aceptando la dirección de. Espírito Santo de Dios.

¿Quiere ser verdaderamente feliz? Al oír un “Venga, Yo te escogí”, no vacile, conteste simplemente: “Sí, Señor”.

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